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Pese a que debutó en Berlín
con sólo 19 años incorporando la Margarita de Fausto,
de Gounod, y se formó en Europa, especializándose en los repertorios
italiano y francés, su apogeo coincidió con su retorno a los Estados
Unidos, donde había nacido y donde se convirtió en la primera gran diva
de la ópera norteamericana. Parece ser que algunas imprecisiones
disminuían el nivel de calidad de su canto, pero su hechizo escénico
unido a su belleza y a una figura estupenda, le granjearon un ejército de
fanáticos admiradores que la convirtieron en uno de los primeros ídolos
del Metropolitan Opera House. En los últimos años de su carrera se
especializó en los papeles de soprano spinto, entre los cuales se le
recuerda una espléndida Leonora en La forza del
destino, de Verdi. Se retiró en 1922, cuando se encontraba en
la cumbre y no volvió a cantar nunca en público, lo que sin duda
contribuyó al aura legendaria que rodea su carrera. Ya en la madurez de
su vida escribió una interesante autobiografía: Such sweet compulsion
(1938). |