Intérpretes que han hecho historia

Baldasarre Ferri (1610 - 1680)
Nacido en Bolonia, ciudad que produjo numerosos cantantes de su tipo, Ferri fue el primero de los grandes castrati del siglo XVII. Las crónicas testimonian su poderoso registro de soprano y la pureza y amplitud de su voz. Mimado por los públicos de Florencia y Venecia, residió luego largo tiempo en Varsovia, trabajando sucesivamente para tres reyes polacos. En 1645 fue contratado como cantor de corte en Viena, donde permaneció veinte años. Acabada su carrera se retiró a Perugia,a disfrutar de la inmensa fortuna que había acumulado.

 

Francesca Cuzzoni (1698 - 1779)
Aunque tuvo que competir durante toda su carrera con la fama de los castrati, favoritos de todos los públicos, consiguió ser la primera cantante que obtuvo una reputación internacional. Debutó en Parma, su ciudad natal, a los 18 años y pronto fue invitada a actuar en Venecia, Viena y en diversas ciudades-estado de Alemania. En 1723 protagonizó en Londres el Ottone de Haendel, y su triunfo la convirtió en una de las favoritas del compositor. De allí arrancó su legendaria rivalidad con Faustina Bordoni, con quien llegó a pelearse en escena, el 6 de junio de 1727, en una memorable trifulca que inspiró varias escenas de The Beggar’s Opera. El hecho de que fuera mujer que hacia de mujer suscitó a su alrededor el morbo de un público muy amplio y le hizo ganar mucho dinero. Pero lo despilfarró alegremente y acabó su vida en la más extremada pobreza, en el asilo de indigentes de Bolonia.

 

Carlo Broschi, Farinelli (1705 - 1782)
El más célebre de los castrati de un siglo pródigo en ellos. Farinelli gozó de alterno e indiscutible prestigio tanto en Venecia como en Nápoles, las dos grandes capitales operísticas de la centuria. Debutó en esta última a los quince años, y a partir de ahí interpretó los mejores papeles de soprano en ópera seria, no sólo en su patria sino en Londres, Viena y Madrid. Precisamente en la capital de España, se convirtió en el favorito de Felipe V, a quien llegó a resultarle imprescindible que el soprano le cantase por las noches para poder conciliar el sueño. Permaneció en Madrid más de veinte años y luego continuó su carrera triunfal en diversas ciudades. Su carácter afable y equilibrado, cosa extraña en el mundo de los divos, le granjeó casi tantas amistades y admiradores como sus portentosas condiciones vocales. En los últimos años, aunque había adquirido gran fortuna, enseñaba canto a quienes consideraba que lo merecían.

 

Giovanni Carestini, Cusanino (1705 - 1760)
Admirado como espléndido soprano, desde su debut en Roma a la temprana edad de 16 años incorporando la Griselda de Buononcini, Cusanino cambió su registro a medida que maduraba hasta convertirse en uno de los más extraordinarios contraltos del siglo XVIII. Después de una larga temporada en Londres obtuvo también importantes éxitos en diversas ciudades italianas, en Berlín, y finalmente en San Petersburgo, donde los zares le retuvieron hasta pasados sus cincuenta años de edad. Finalmente consiguió retirarse, en 1758, a su pueblo natal de Monte Filotrano, en las cercanías de Ancona, pero no pudo disfrutar mucho de su descanso, pues murió dos años después.

 

Faustina Bordoni (1700 - 1781)
Nativa de Venecia, se presentó por primera vez en su ciudad en 1716, con la Ariodante de Pollarolo, con un éxito tal que la llevó de inmediato a otras ciudades italianas. En la década siguiente tuvo sus grandes triunfos londinenses en compañía de Haendel y compitiendo no sólo con su máxima rival, Francesca Cuzzoni, sino con los populares castrati, a quienes solía batir en su propio terreno, la ópera seria (éstos nunca fueron demasiado solicitados para la ópera bufa, que por su propia naturaleza era marcadamente realista). En plena fama se retiró a su Venecia natal, donde casó con el compositor hamburgués Johann-Adolf Hace. Ambos morirían octogenarios en la ciudad de los canales.

 

Antonio Bernacchi (1685 - 1756)
También boloñés y también castrado, Bernacchi se diferencia de Ferri en que su extraordinario registro vocal era el de contralto. Desde su debut, en 1706, fue muy aplaudida no sólo su capacidad vocal sino su extraordinaria ductilidad como actor. Haendel tenía un aprecio especial por las condiciones de Bernacchi: se lo llevó consigo a Londres, en 1717, y le confío el papel protagonista de su Rinaldo. Hacia 1730 se retiró de la escena, pero no abandonó la vida musical, ya que se especializó en el descubrimiento y la maduración de nuevas voces.

 

Gaetano Majorano, Caffarelli (1710 - 1783)
Tomó su apodo de su admirado protector Dominico Caffarelli, quien le facilitó los estudios de canto con Nicol Porpora, acaso el más célebre maestro vocal de la primera mitad del XVIII. Desde sus inicios en Roma, a los catorce años, la facilidad que demostró para sostener interminablemente las notas agudas y las proezas que realizaba con trinos y otras florituras le granjearon una desmedida admiración. Pero su carácter era bronco y belicoso, y su vida estuvo salpicada de conflictos, duelos e incluso cárceles. No obstante, mantuvo a buen recaudo su fortuna, lo que le permitió comprar un título ducal y disfrutar de un retiro largo y fastuoso.

 

Gaetano Guadagni (1725 - 1792)
Natural de la pequeña ciudad de Lodi, en las cercanías de Milán, Guadagni fue uno de los castrati más versátiles del siglo de oro de estas voces. Debutó en Parma, a los 22 años, exhibiendo un magnífico registro de contralto,pero poco después comenzó a cantar papeles de soprano, y esa ductilidad le convirtió rápidamente en uno de los cantantes más solicitados. La cumbre de su carrera fue el papel de Orfeo en el Orfeo ed Euridice, de Gluck, que estrenó en 1762 y siguió representando muchos años, haciéndose célebre su despojada ejecución de la famosa aria "Che farò senza Euridice". Es fama que el limpio dramatismo de sus interpretaciones era capaz de hacer llorar incluso a los músicos de la orquesta. tuvo una carrera muy larga y cantó hasta pasados los sesenta años de su edad.

 

Gasparo Pacchierotti (1740 - 1821)
Aunque no era veneciano de origen, estudió canto y debutó en la ciudad de los canales, donde fue muy apreciado desde el comienzo de su carrera su extraordinario registro de soprano. Sus éxitos en Londres, sonde se convirtió en el mimado de la ciudad, le dieron proyección continental, y a partir de 1770 fue reclamado por los principales coliseos líricos de Europa. considerado uno de los últimos grandes castrati clásicos, se retiró en 1790, pero hizo una excepción -a finales de siglo- para cantar ante Napoleón, que había solicitado especialmente poder disfrutar el placer de escucharle.

 

Gertrud Schmeling Mara (1749 - 1833)
Llamada, por lo general, simplemente Mara, que en realidad era el apellido de su marido italiano, esta excelente soprano fue la primera cantante alemana de proyección realmente internacional. Debutó muy joven en Dresde y, ya en 1771, Federico II la contrató como estrella fija de la ópera de Berlín. Hacia finales de esa época tuvo grandes éxitos también en París y Viena, y en 1787 se convirtió en una de las favoritas del público de Londres por su interpretación de la Cleopatra del Giulio Cesare de Gluck. Durante sus largas estancias en Alemania cantó también en algunos singspiel, pero se dedicó mayoritariamente a la ópera seria. Hacia el fin de su carrera aceptó una invitación para cantar en Rusia, donde tuvo tanto éxito que se radicó definitivamente en ese país, como cantante de la corte primero y como solicitada maestra de canto en sus últimos años.

 

Ann Storace (1766 - 1817)
Fue la más importante soprano inglesa de la segunda mitad del siglo XVIII, aunque tenía asdendencia italiana por parte de padre, y en Italia estudió canto y comenzó su carrera, apenas salida de la pubertad. Con su hermano Stephen, que también era cantante y compositor, Ann (llamada alternativamente con el nombre de Nancy, aunque se trataba de la misma persona) viajó a Viena después de sus primeros éxitos italianos. Mozart quedó encantado con su aspecto de pispireta, su talento cómico y su excepcional registro de soubrette, hasta el punto de que creó para ella el papel de Susana en Las Bodas de Fígaro. Aunque destacó sobre todo en los papeles cómicos, tanto en Viena como posteriormente en Londres, trabajón un amplio repertorio, sobresaliendo en las operetas populares inglesas, que en buena medida compuso para ella su hermano. Retirado del canto, pero no del mundillo teatral, Stehphen Storace se convirtió en el autor más popular del género ligero inglés -la ballad opera- de entre siglos, cuyos intérpretes favoritos fueron precisamente su hermana Ann (o Nancy) y el tenor Michael Kelly.

 

Michael Kelly (1762 - 1826)
Tenor irlandés de temperamento vivaz, que no sólo está considerado como una de las mejores voces que produjo su país, sino uno de los primeros casos de excelente actor en el mundo de la lírica. Inició tempranamente su carrera -en Dublín, en 1779- con un gran éxito en el papel del Conde en La buona figliuola, de Piccinni. Completó su formación en Nápoles, y después de triunfar en diversas ciudades italianas se presentó en Viena, donde su talento como cantante y actor entusiasmó a Mozart, quien le confío los papeles de Basilio y Curcio para el estreno de Las Bodas de Fígaro, en 1786. Hacia finales del siglo XVIII se convirtió en empresario y director de una compañía de ópera, de la cual era también tenor principal. Compuso incluso algunas óperas, basadas más que nada en recopilaciones de temas populares, como fue el caso de The Bard of Erin, con la que se retiró de los escenarios en 1811. Poco antes de morir publicó sus memorias bajo el título de Reminiscenses, dos deliciosos volúmenes imprescindibles para reconstruir el variopinto mundo de la ópera -compositores, intérpretes e incluso público- en el pasaje del siglo XVIII al XIX.

 

Angelica Catalani (1780 - 1849)
Fue acaso la más importante prima donna de los años finiseculares del siglo XVIII y comienzos del XIX y, sin duda, la mejor pagada de su época. Su carrera comenzó tempranamente, en 1797, y desde el principio recibió elogios por la amplitud de su registro y el pode´rio de sus recursos vocales, que la convirtieron en una de las primeras sopranos que desplazaron a los castrati de su protagonismo en el mundo de la ópera. Tuvo una carrera verdaderamente internacional, ya que a sus primeros triunfos en Venecia, Roma y Náoples sumó pronto los años de gloria que disfrutó en Londres, en diversas ciudades-estado alemanas y en Viena. Mientras duró su carrera -algo más de veinte años-, fue la protagonista femenina de las óperas italianas de Mozart: la Susana de Las Bodas de Fígaro estuvo entre sus grandes creaciones. Aún joven, en 1819, se retiró de la escena y durante varios decenios dirigió y animó una escuela de canto en Florencia. Murió en París, cercana a los setenta años, de cólera.

 

Manuel García (1775 - 1832)
El sevillano García, que fue uno de los tenores más interesantes de su generación, comenzó su carrera como tonadillero, en Cádiz, pero ya en 1800 se presentó en Madrid como figura lírica en el teatro de los Caños de Peral. Además de su propia carrera y ajetreada vida, hay que decir que García encabezó una dinastía de cantantes de ópera: su mujer era soprano y los tres hijos de ambis también fueron cantantes (Manuel García II, Pauline Vardot-García y, sobre todo, María Malibrán). Otra singularidad de la carrera de García es su faceta de empresario: fue el primero que organizó una gira de ópera por los Estados Unidos, territorio a la sazón virgen en el género. En 1825 presentó la primera temporada de ópera de Nueva York, con la asistencia entre el público de Lorenzo da Ponte, el libretista deMozart, que llevaba años viviendo en Norteamérica y era profesor de italiano en la universidad de Columbia. En sus memorias, que publicó antes de morir, cuenta sabrosas anécdotas de sus aventuras tranatlánticas, incluyendo la fortuna que ganó en 1827-1828 durante su prolongada gira por México, y que perdió a manos de unos salteadores de caminos en la carretera de Veracruz. Instalado en París en sus últimos años, se dedicó a impartir clases de canto y a escribir varios libros sobre su arte que fueron muy populares entre los cantantes del siglo XIX, y que en ocasiones aún se consultan hoy.

 

Giovanni Battista Velluti (1780 - 1861)
Fue, sin dudda, el último de los grandes castrati, ya que comenzó su carrera a finales del que fuera el siglo de oro de ellos. En los primeros decenios del XIX, el público comenzó a cansarse del sonido artificial de los castrati y de su poca verosimilitud dramática, y los pocos cantantes de esta cuerda que aún quedaban tuvieron que recluirse literalmente en Italia, el único país donde todavía se los apreciaba. De hecho, el propio Velluti cantó durante una temporada en Londres, pero la crítica y el público lo consideraron estrafalario y tuvo que regresr a Italia, donde en 1814 obtuvo un gran éxito con su interpretación de Palmyra in Aureliano, de Rossini. Entre sus admiradores contó nada menos que con Stendhal -que escribió acerca del esfecto que su canto ejercía sobre el público- y Napoleón Bonaparte, quien lo oyó en Venecia y quedó fascinado con su actuación. En esta ciudad precisamente se estableció Velluti después de su retiro, y vivió en ella más de cuearenta años, considerado como una reliquia decadente del aristocrático siglo XVIII.

 

Emma Calve (1858 - 1942)
Soprano francesa que debutó tardíamente (Bruselas 1882) encarnando la Margarita del Fausto de Gounod. Acaso la mejor discípula de la célebre Mathilde Marchesi, sus éxitos en Londres y París no la hicieron abandonar a su maestra hasta que ya era una verdadera diva. Se la considera una de las mayores sopranos dramáticas de la historia del repertorio francés, y tal vez el más legendario de sus trabajos fue la encarnación que hizo de la Carmen de Bizet: a diferencia de otras intérpretes, que la vestían de joyas, ella la representaba como una auténtica gitana, con un sencillo vestido negro y un viejo chal. Parece ser que sus virtudes como actriz no eran inferiores a su excepcional bagaje vocal.

 

Lilli Lehmann (1848 - 1929)
Debutó muy joven en Praga, en 1865, y pocos años más tarde se convirtió en una de las favoritas de Wagner (parece haber sido una Isolda inolvdable). Considerada una de las grandes sopranos del siglo XIX, a partir de sus treinta y cinco años se dedicó a difundir la ópera wagneriana en los Estados Unidos, donde parecen haber sido memorables sus interpretaciones en la Metropilitan Opera House de Nueva York, incorporando, además de Isolda, a la Brunilda y la Siglinda de El anillo del nibelungo, a la Elisabeth de Tannhäuser, la Elsa de Lohengrin y la Kundry de Parsifal. De gran temperamento y vitalidad, después de retirarse continuó ofreciendo recitales hasta pasados sus setenta años. En su actividad pedagógica contó con ilustres discípulas com Geraldine Farrar y Olive Fremsted.

 

Jenny Lind (1820 - 1887)
Había nacido en Estocolmo y esa circunstancia, unido a su prodigioso fraseo, le ganaron el apodo de "el ruiseñor sueco". Debutó a los 18 años incoporando el papel de Agatha en Der Freischütz, de Von Weber. Acabó de consagrarse con su magistral interpretación de Norma, de Bellini (Berlín 1844), luego de lo cual fue reclamada por todos los teatros importantes de Alemania, Austria y Escandinavia. Otro de los papeles más solicitados de su repertorio era el de Alice, la protagonista femenina de Robert le Diable, de Meyerbeer. Cuando ya había triunfado en toda Europa y se le consideraba la soprano más famosa de su generación, realizó una triunfal gira por los Estados Unidos, organizada exclusivamente para ella por el "gran Barnum". Se retiró pronto de los escenarios, apenas cumplidos los treinta años, pero durante más de una década más siguió ofreciendo conciertos de cámara. Hacia el final de su vida se dedicó a la enseñanza en el Royal College de Londres.

 

Jean de Reszke (1850 - 1925)
El caso del tenor polaco De Reszke es realmente singular, ya que comenzó cantando -y triunfando- como barítono, en las que fueron dos grandes creaciones suyas: el protagonista del Don Giovanni, de Mozart, y el Valentine del Fausto, de Gounod. Pero su hermano, el igualmente célebre bajo Edouard De Reszke, afrimaba que Jean era en verdad tenor, y en esta cuerda cantó a partir de su madurez, pasando a encarnar, por ejemplo, el papel protagonista del Fausto. Para la última época de su carrera logró aún algo más extraordinario, al reconvertirse una vez más en heldentenor y triunfar en las más comprometidos papeles wagnerianos, como fueron sus interpretaciones de Lohengrin, Tristán y Sigfrido. A comienzos del siglo XX se retiró a Niza, donde contó con la veneración de numerosos discípulos.

 

Amalie Materna (1844 - 1918)
Nacida en St. Georgen (Austria), esta excepcional cantante comenzó su carrera como soubrette, interpretando como éxito numerosos papeles de opereta vienesa. Pero poco después la descubrió Richard Wagner, quien se encargó personalmente de reeducar su voz en la línea que le interesaba, ya que estaba convencido de que su amplitud y potencia eran excepcionales. Así, Materna fue la encargada de estrenar elpersonaje de Brunilda en 1876, y también fue la primera Kundry del Parsifal (Bayreuth, 1882), convirtiéndose en la soprano wagneriana por excelencia. su Brunilda entusiasmó también a los públicos de Londres y Nueva York, que tomándola como modelo reconocieron el canon de la soprano wagneriana: una voz amplia, grande y potente, cuya total amplitud no debía impedir la estremecedora belleza vocal. Pese a que se dedicó a la enseñanza durante más de veinte años, tuvo pocas sucesoras.

 

Víctor Maurel (1848 - 1923)
Nacido en Marsella pero formado en París, donde debutó en 1868, fue acaso el más grande barítono francés del siglo XIX. Verdi pensaba en él -que efectivamente lo estrenó- cuando escribió el Iargo de su Otello, en 1877, y también para él escribió su última ópera, Falstaff, que Maurel estrenó con gran éxito en la Scala de Milán, en 1893. Simultáneamente -en su tiempo, las grandes voces solían permitirselo-, fue también un exitoso barítono wagneriano, incorporando el Telramund de Lohengrin, el Wolfram de Tannhäuser, y el protagonista de El holandés errante. En su madurez fijó su residencia en nueva York, donde transcurrieron los últimos años de su carrera escénica y donde, a partir de 1899, comenzó a formar un nutrido grupo de discípulos.

 

Lillian Nordica (1857 - 1914)
Pese al apellido latino que adoptó como seudónimo, esta cantante había nacido en Framington, estado de Maine, EUA, y su verdadero nombre era Lilian Norton. Considerada la primera gran diva norteamericana por la internacionalidad de su carrera, fue también con seguridad la primera que se consagró como soprano wagneriana, incorporando nada menos que en el propio templo de Bayreuth la Elsa de Lohengrin, la protagonista de Tristán e Isolda y la Brunilda de la tetralogía. Durante una gira mundial con la que pensaba concluir su carrera, naufragó mientras navegaba por el Pacífico; fue rescatada, pero no se recuperó del incidente y murió poco después de unas extrañas fiebres en Java. En Framington, su pueblo natal, hay un museo dedicado a la vida y la carrera de la Nórdica.

 

Adolphe Nourrit (1802 - 1839)
El primero, cronológicamente, de la serie de grandes tenores franceses del siglo XIX, parece no haber tenido una voz de gran potencia y amplitud, pero compensaba esto con la excepcional belleza de su timbre y sus grandes condiciones escénicas. Aunque triunfó también en Italia, se lo recuerda principalmente por su dedicación al repertorio de la grand opéra francesa, especialmente de las obras de Halévy, Meyerbeer y Auber, además de las óperas francesas de Rossini. Logró sus matores triunfos com primera figura de la Opera de París incorporando papeles com Eleazar en La juive, Arnold en Guillermo Tell o el protagonista de Robert le Diable. Aquejado de fuertes depresiones pese a encontrarse en la cima del éxito, se suicidó durante una visita a Nápoles, en 1839.

 

Ludwig Schnorr Von Carolsfeld (1836 - 1865)
Uno de los primeros y también más perfectos heldentenores, unía a la potencia y amplitud de su voz una extraordinaria capacidad escénica. Fue el más célebre intérprete del papel protagonista de Lohengrin, que paseó por todos los teatros importantes de Alemania y Austria. Su mujer, Malvina, era una excelente soprano wagneriana y juntos estrenaron en Munich el Tristán e Isolda, en 1865. Wagner adoraba a esta pareja e invirtió muchos afanes en su perfeccionamiento. Por desgracia, Ludwig murió repentinamente poco después del esreno de Tristán, lo que fue el origen de una de las tantas superticciones del mundo de la ópera, en la que este papel adquirió la desagradable reputación de "asesino de tenores". Von Carolsfeld no tuvo un sucesor de su talla en por lo menos treinta años; Malvina, por su parte, fue enredándose con espiritistas y otros personajes de esa laya, en un intento de aclarar la repentina e inexplicable muerte de su marido, hasta acabar completamente desequilibrada.

 

Wilhelmine Schroeder-Devrient (1804 - 1860)
Gran soprano del repertorio alemán, fue una de las inspiraciones decisivas del joven Wagner, tal como él lo relata en su autobiografía: parece que presenciar su interpretación de Leonora en el Fidelio de Beethoven le mostró por primera vez las posibilidades de reunión del teatro y la música que desembocarían en su teoría del "arte total". Wagner pensaba en ella al escribir el papel de Senta en El holandés errante y el de Venus en Tannhäuser. Schroeder-Devrient había debutado muy joven incorporando la Pamina de La flauta mágica de Mozart, en 1821, y se retiró un cuarto de siglo más tarde con una representación de Ifigenia en Aulide, de Gluck, que parece que constituyó una verdadera apoteosis. Además de excepcional cantante, Wilhelmine ha pasado a la historia por un motivo bien distinto: se le atribuye la autoría de Memorias de una cantante alemana, ilustre clásico de la pornografía decimonónica, que habría escrito durante sus años de retiro.

 

Marietta Alboni (1826-1894)

Nacida en Cittá di Castello, desde pequeña asombró por la amplitud de registro de su voz, y aunque su tesitura fue durante su vida profesional de contralto, es fama que podía cantar sin dificultades papeles de barítono como en Don Carlos de Ernani. Aunque la mayor parte de su carrera estuvo presidida por su colaboración con Verdi, llegó a trabajar también con los grandes del belcantismo, ya que fue una insuperable Arsaces en la Semiramide y una magnífica Angelina en La Cenerentola, ambas de Rossini, y en 1850 protagonizó uno de sus mayores triunfos cuando la inauguración del Teatro Real de Madrid, incorporando la Leonor de Guzmán de La Favorita, de Donizetti. Rica y famosa, se retiró a sus propiedades de la Ville d’Avray, cerca de París, donde murió a la edad de 68 años.

 

Domenico Donzelli (1790-1873)

Fue uno de los principales representantes del belcantismo y simultáneamente uno de los mejores intérpretes de la Grand Opera francesa: en ambos frentes, dada la época en la que se desarrolló la madurez de su carrera, se le considera el principal precursor. Admirado sin reservas tanto por Bellini como por Rossini, dos de sus grandes creaciones fueron el Otello del segundo y el Pollone de la Norma del primero. Poseía una voz de tenor amplia, en el sentido en el que se entiende en la actualidad, lo que explica su éxito al coincidir su carrera con la verosimilitud dramática que buscaba el público de la nueva ópera, en contra de la artificialidad de los castrati. Donzelli fue por tanto el primer gran tenor dramático de la edad romántica de la ópera.

 

Gaetano Fraschini (1816-1887)

Durante su prolongada carrera –debutó antes de los 20 años y no se retiró hasta los 57-, Fraschini fue uno de los tenores favoritos de Verdi, no sólo por su voz (que era excelente, pero desde luego no una de las mayores del siglo XIX), sino sobre todo por sus virtudes que el compositor apreciaba sobremanera: la presencia escénica, la nobleza del porte y la finísima dicción, que lo convertían en el tenor romántico por excelencia. En los períodos inicial y medio de Verdi, aparece con frecuencia el personaje del noble tenor forzado a hacer el mal por las circunstancias adversas (en Alzira o Ernani, ambas de 1844, pero también en Il corsaro, de 1848), papeles que Fraschini representaba a la perfección y que Verdi escribió específicamente para él. Después de su retiro vivió todavía unos quince años, en Nápoles, rodeado del respeto y la consideración de sus discípulos.

 

Giulia Grisi (1811-1869)

Hermana menor de la también cantante Giudita y prima de la bailarina Carlota, fue la más famosa representante de la familia Grisi, en la que abundaron los músicos. Figuró entre las favoritas de los grandes compositores del bel canto, ya que fue la creadora de las protagonistas femeninas de Norma y de I Puritani de Bellini, y del Don Pasquale de Donizetti.

 

Luigi Lablanche (1794-1868)

Aunque tanto su padre como su madre eran franceses, Lablanche nació y se formó en Nápoles, donde debutó a la temprana edad de 18 años y enseguida destacó como un gran bajo, lo que le valió importantes contratos en la Opera de Palermo y en la Scala de Milán. Estrenó, entre otros muy significativos, los papeles de Ricardo en I Puritani, de Bellini, y de Don Pasquale en la obra homónima de Donizetti, sobresaliendo en aquellos que le permitían exhibir toda su incomparable gama de basso buffo, como fue el caso de las incontables oportunidades en las que encarnó al Don Bartolo de El barbero de Sevilla. En determinados períodos de su carrera actuó también como bajo o barítono en producciones de la Grand Opera Francesa. Como ocurre con casi todos los cantantes de su tesitura, su carrera fue muy larga y no se retiró hasta poco antes de su muerte. En esos últimos años vivió en Londres, donde fue maestro de canto de la reina Victoria.

 

María Malibrán (1808-1836)

Hija del legendario tenor español Manuel García, encarna (junto con su padre y, en todos los aspectos relacionados con el divismo, mucho más que él) la representación de la ópera española del siglo XIX. Educada desde muy pequeña para la lírica, García la llevó a Italia, donde recibió lecciones de Panseron y de Hérold, conociendo un éxito rayano en el delirio desde su mismo debut en Londres, en 1825, cuando con tan sólo 17 años incorporó la Rosina de El barbero de Sevilla. A partir de allí y hasta su prematura muerte, la vida de la Malibrán fue una continua sucesión de éxitos, escándalos, viajes y decisiones repentinas. Casada en la adolescencia con el banquero francés Malibrán, se divorció de él durante una gira por Estados Unidos y luego de algunas tumultuosas relaciones sentimentales se casó por segunda vez con el violinista belga De Bériot. Considerada una intérprete insuperable de Rossini y Mozart, la culminación de su carrera fue no obstante su interpretación de la Norma de Bellini. Murió trágicamente, al mismo ritmo trepidante en el que había vivido, a causa de las heridas recibidas al caer de su cabalgadura durante una carrera al galope.

 

Nellie Melba (1861-1931)

Nacida en Melbourne, Australia, esta excepcional soprano de coloratura estudió canto en París con la célebre Mathilde Marchesi y debutó en Bruselas con gran éxito, incorporando la Gilda del Rigoletto, de Verdi. Otros papeles que colaboraron a cimentar su fama fueron la Violetta de La Traviata, del propio Verdi, la protagonista de Lucia de Lammermoor, de Donizetti, y la Julieta de Roméo et Juliette, de Massenet. En su madurez cambió a soprano dramática, obteniendo grandes triunfos con la Elsa de Lohengrin de Wagner, y dentro de la ópera verdiana con la Desdémona de Otello y la protagonista de Aida. El famoso chef francés Auguste Escoffier, que fue uno de sus más rendidos admiradores, creó para ella numerosos platos y postres como la conocidísima copa Melba; cuando la diva comenzó a tener problemas con su línea, inventó asimismo las tostadas Melba, para ayudar a mantener su dieta. Luego de una larga y triunfal carrera en Europa y los Estados Unidos, la cantante regresó a su Australia natal, donde escribió y publicó su autobiografía: Melodies and Memoirs (1925).

 

Giuditta Pasta (1798-1865)

Diva legendaria de la primera mitad del siglo XIX, aparte de poseer una voz excepcional, de gran intensidad dramática, sus cualidades interpretativas la convirtieron rápidamente en la mejor actriz del teatro lírico italiano; era bellísima, es fácil comprender que se la considerase casi como a una diosa. Debutó en Brescia en 1815, y más tarde cosechó grandes éxitos en Londres y en París. Fue una de las sopranos de Bellini, y Donizetti escribió para ella el papel de Adina en L’elisir d’Amore y el de la protagonista de Anna Bolena. Otro de sus triunfos clamorosos fue su presentación en la corte rusa, en la que deslumbró al zar. A mediados de su vida se retiró a su villa de Blevio, en las cercanías del lago di Como, donde moriría a los 67 años de edad.

 

Giovanni Battista Rubini (1794-1854)

Uno de los principales tenores del período belcantista, Bellini trabajó en estrecha colaboración con él, escribiendo en cierto sentido a su medida los papeles masculinos protagónicos de Il pirata, La sonnambula e I Puritani. Donizetti también le dedicó un papel, el protagonista de Anna Bolena, y pensaba que la reunión de Rubini con Giuditta Pasta, que consiguió para el estreno de esta ópera, era prácticamente el ideal al que podía aspirar cualquier compositor. Ya en el declive de su carrera fue llamado por el zar de Rusia como profesor de la música de la corte de San Petersburgo, donde permaneció varios años. Pasó sus últimos años en Italia, adonde regresó tras su retiro, en muy buena posición económica.

 

Henriette Sontag (1806-1854)

Nacida en Koblenza, Alemania, poseía una amplia tesitura vocal que le permitía cantar en registro de soprano y de mezzo. Era muy bella y estaba casada con el conde Rossi, embajador de Cerdeña en Londres, Holanda, Alemania y Rusia. Sus enemigos decían que su belleza y las influencias de su marido no eran ajenas al éxito de su carrera.

 

Enrico Caruso (1873-1921)

Sin duda por su extraordinaria capacidad vocal, pero también por su carisma, como intérprete dramático, por su éxito sin precedentes en la gran caja de resonancia de los Estados Unidos, y por haber sido el primero de los grandes tenores que frecuentó la nueva tecnología fonográfica, Caruso se ha convertido indudablemente, en el arquetipo del tenor para los públicos mayoritarios. A esto habría que agregar que era bajo y gordo, nacido en los bajos fondos napolitanos y se había hecho a sí mismo, lo que constituía y sigue constituyendo el cóctel favorito de los norteamericanos para fabricar sus héroes. Sólo faltaba agregar su trágica y repentina muerte, cuando aún no había cumplido los cincuenta años, para que los ingredientes al completo de la leyenda estuviesen servidos.

Con sólo 21 años debutó en su Nápoles natal, en el papel protagonista de L’amico Fritz, de Pietro Mascagni. Luego de triunfar en toda Europa, llegó al Metropolitan Opera House de Nueva York en 1910, encarnando el Dick Johnson de La fanciulla del West, de Puccini y obtuvo un éxito arrollador. La evolución de Caruso fue notable pero en varios sentidos: comenzó siendo un actor mediocre pero con una voz clara, potente y fascinadora; una operación en las cuerdas vocales para extirparle unos nódulos oscureció su voz, al tiempo que crecía asombrosamente su talento interpretativo. Esto explica la amplitud de su repertorio, que le permitió incorporar personajes cómicos como el Nemorino de L’elisir d’amore, de Donizetti, pasando luego a otros menos aptos para tenor ligero como el Maurizio de Adriana Lecovreur, de Cilèa, hasta culminar interpretaciones mucho más graves y conmovedoras como la del protagonista de La juive, de Halévy y, sobre todo, su famosísima interpretación del Canio de I Pagliacci, de Leoncavallo, considerada en su tiempo definitiva e insuperable. Una súbita neumonía bronquial lo mató en pocos días, a los 48 años y en pleno apogeo de su fama, de modo que ningún público llegó a oírlo decaer vocalmente.

 

Adelina Patti (1843-1919)
Aunque española de nacimiento, vivió fuera de su país desde la infancia y fue educada en Nueva York, donde debutó con apenas 16 años, comenzando de este modo una triunfal carrera que la llevaría por los principales escenarios de América y Europa. Pese a que era soprano ligera, se especializó en papeles verdianos muy comprometidos como el de la Leonora de Il trovatore. A partir de 1886 de radicó en Gran Bretaña, donde unos cuantos años más tarde, cuando ya había cumplido los sesenta, realizó la grabación fonográfica de las arias "Pur di cesti" de Lotti y "Voi che sapete" de Cherubini. Es el más antiguo testimonio grabado que existe de una primera figura de la ópera. Murió en Craig-y-Nos, Gales, cercana a los ochenta años.

 

Teresa Stolz (1834-1902)

Gran soprano checa que triunfó en Italia, primero en Bolonia y luego en la Scala de Milán, donde fue amante de Angelo Mariani, el director de orquesta favorito de Verdi, para quien cantó el papel protagonista de Aida cuando ésta subió por primera vez al escenario de la Scala luego de su estreno en El Cairo.

 

Francesco Tamagno (1850-1905)
Nacido en Turín, estudió canto en su ciudad y debutó allí mismo protagonizando el Poliuto, de Donizetti, pero poco tiempo después se radicó prácticamente en la Scala de Milán, donde se hizo famosa su extraordinaria presencia escénica y la capacidad de su amplia voz para llenar la sala. Intérprete proverbial del Otello verdiano, sobresalió también en papeles como el Juan de Le prohète, de Meyerbeer, y en general en los papeles de tenor de la Grand Opéra francesa.

 

Pauline Viardot (1821-1910)

Mezzosoprano francesa de ascendencia española, fue la hija parisina del gran Manuel García y la hermana de la legendaria María Malibrán. Interpretó la Desdémona del hoy olvidado Otello de Rossini, y la Fidès de Le prophète, de Meyerbeer, y aunque su voz era pequeña, entusiasmaba a los públicos por su extraordinaria belleza. Uno de sus mayores éxitos fue el papel protagonista de Orfeo et Euridice, de Gluck, en el famoso reestreno en París de la ópera reformada. Personalidad seductora y variopinta –pintaba, componía, escribía poemas-, casó muy joven con el empresario de ópera Louis Viardot, y poco después de su retiro se convirtió en la amante del escritor ruso Ivan Turguéniev.

 

Feodor Stepanovich Akimenko (Kharkov, 1876 – París, 1945)
Cantante de éxito en la corte imperial de San Petersburgo, fue también profesor de su coro. Sus mayores triunfos escénicos en la Europa occidental los obtuvo en Francia, país donde vivió entre 1903 y 1906, y en donde fijó definitivamente su residencia tras la revolución bolchevique. Discípulo de Balakirev, fue también un importante compositor que dejó una extensa producción pianística y la ópera La Reina de los Alpes.

 

Julián Gayarre (Roncal, Navarra, 1844 – Madrid, 1890)
Fue descubierto por casualidad por M. Moya, director del Orfeón pamplonés, ya que trabajaba como carretero en su pueblo natal. Se convirtió en protegido de Hilarión Eslava, con quien pulió en Madrid sus asombrosas condiciones naturales, perfeccionando su técnica vocal como discípulo de Lamperti en Milán. Considerado uno de los mejores cantantes de todos los tiempos, debutó en el Real de Madrid en 1877 como protagonista masculino de La Favorita de Donizetti, a partir de lo cual su concurso fue disputado por los principales coliseos del mundo. Llegó a cantar algo más de medio centenar de óperas y su breve pero fulgurante carrera finalizó en diciembre de 1889 cuando se sintió indispuesto durante una representación de Los Pescadores de Perlas, de Bizet. Murió días después, sin reponerse de una dolencia de origen desconocido.