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San Carlo de Nápoles - La Fenice de Venecia - Covent Garden
Haymarket Royal Theatre - Wiener Staatsoper - Festpielhaus de Bayreuth
Alla Scala de Milan - Opera de París - Bolshoi de Moscú
Colón de Buenos Aires - Opera Amazonas - Metropolitan

 

Teatro San Carlo de Nápolesarriba
sancarlo.jpg (33907 bytes)El fervor operístico desatado entre la población del reino, a partir de la aparición de los compositores e intérpretes que configuraron la llamada "escuela napolitana", no contó durante las primeras décadas del fenómeno con un escenario verdaderamente digno de él. Tanto el teatro de San Bartolomeo, como el del Palacio Real, el dei Fiorentini, el della Pace o el Nuovo fueron salas destinadas en principio a otros fines, acondicionadas con mayor o menor fortuna para la emergencia. Esta situación varió radicalmente a partir de la inauguración, en 1737, del teatro de San Carlo construido por orden de Carlos de Borbón.

La primera ópera que subió a escena en él fue Aquiles en Sciro, de Metastasio y Sarri, y a partir de entonces la sala se convirtió en el verdadero centro de actividades y de la proyección universal de la ópera napolitana. Muy dañada por el incendio que padeció en 1816, la reconstrucción del arquitecto Niccolini la dejó con el sobrio aspecto que presenta en la actualidad.

 

Teatro La Fenice de Veneciaarriba
laFenice.jpg (26630 bytes)Fue el último de los ocho grandes teatros de ópera que se abrieron en la ciudad de Venecia durante la segunda mitad del siglo XVIII, pero ahora que coliseos tan gloriosos como el de San Cassiano o el dei Santi Giovanni e Paolo han desaparecido, la Fenice aún ofrece funciones con regularidad, aunque su breve temporada operística lo ha descolgado de los primeros puestos en el ranking de los teatros líricos (actualmente, su actividad central es el festival internacional de música contemporánea, que se realiza cada año en su sala).

Construido entre los años 1790 y 1792, sobre planos de Giannantonio Selva, su primera y lujosa temporada fue la de 1793. Tras su elegante y severa fachada neoclásica se oculta una sala de audición ricamente adornada con estucos, tallas doradas y pinturas, que entre su patio de plateas y sus cinco pisos de palcos y galerías puede albergar a 1500 espectadores. El apogeo de La Fenice coincidió con el que se considera el siglo de oro de la ópera –el XIX-, sobre todo durante la larga administración de ese mítico personaje de la lírica que fue Alessandro Lanari, cuando menudearon en su escenario los estrenos de Rossini, Donizzetti, Bellini y Verdi.

Precisamente Verdi probó en carne propia las características del exigente e imprevisible público de La Fenice: el 11 de marzo de 1851 vivió una de sus noches más gloriosas durante el estreno de Rigoletto y casi exactamente dos años después, el 6 de marzo de 1853, sufrió allí el peor fracaso de su vida cuando el público abucheó interminablemente el estreno de La Traviata. Hasta mediados de este siglo La Fenice siguió siendo uno de los principales teatros líricos del mundo, como prueba el estreno en su sala de The Rake' Progress (Las Andanzas del Libertino), de Igor Stravinski, el 11 de septiembre de 1951 y bajo la dirección del autor. Y aún hoy, actuar en ella es un honor difícilmente comparable para cualquier intérprete, y asistir a una representación una experiencia inolvidable para el visitante de a pie.

 

Covent Gardenarriba
covent1.jpg (26671 bytes)La plaza que dio nombre al barrio, y por extensión al teatro, albergó el antiguo mercado de flores y hortalizas del viejo Londres de la restauración, cuyas naves fueron restauradas totalmente en la época victoriana. En las inmediaciones de la plaza se alza St. Paul’s Church (la iglesia de San Pablo) "el galpón más hermoso de Inglaterra", según definición de su propio arquitecto, Iñigo Jones, quien la construyó en 1633 por encargo del tacaño duque de Bredford. Muy ceca se encuentra Drury Lane Royal Theatre (cuya última reconstrucción data de 1822), y su rival de toda la vida, el Covent Garden, hoy conocido también como el Royal Opera House.

El Covent fue inaugurado en 1732, bajo la dirección de John Rich, y en él se estrenaron seis óperas de Haendel y varios de sus oratorios. Aniquilado hasta sus cimientos por el incendio de 1856, dos años más tarde renació de sus cenizas con el elegante diseño arquitectónico que puede presenciarse en la actualidad. Es sede de la Royal Opera Company y del Royal Ballet (fundados en 1946 y 1956 respectivamente), instituciones señeras de la música británica y que han alcanzado renombre mundial.

 

Haymarket Royal Theatrearriba
 

En 1720 se produjo la sonada inauguración en Londres de una nueva sala teatral a la que se llamó Little Theatre in the Hay Market, denominación por la cual se lo conoció hasta que cambió su nombre por el definitivo Haymarket Royal Theatre. Una compañía de ópera presentó allí en 1732, una temporada de "óperas inglesas a la manera italiana", en la que se incluyó el oratorio de Haendel Acis and Galatea en una versión que retocaba la original de 1718, y que se presentó como "serenata en tres actos".

 

Wiener Staatsoperarriba
staats2.gif (26225 bytes)El primitivo coliseo que albergó la ópera de Viena fue el Hofburgtheater –llamado simplemente Burgtheater a partir de 1918-, fundado por la emperatriz María Teresa en 1741 y elevado a la categoría de teatro nacional bajo el gobierno de su sucesor José II en 1776, su período de mayor esplendor coincidió con los años en que fue dirigido por la mítica figura del mundo musical vienés del siglo XIX, el gran Schreyvoger (1814-1832). En 1945 sufrió graves daños causados por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, pero ya entonces había cedido su lugar como matriz de la lírica vienesa a la Staatsoper, erigida por August von Siccardsburg y Edward van der Müll sobre el antiguo teatro de la ópera de la corte, son artificiosas pero eficaces formas historicistas que evocaban la arquitectura del renacimiento.

Moritz von Schwindt creó los frescos de la galería central (en la fachada principal, con escenas de La flauta mágica de Mozart") y los que reproducen escenas de distintas óperas en el interior de la sala. Los imponentes grupos de Pegaso, en la cornisa principal, así como las estatuas alegóricas de bronce de la galería, son obra de Ernst Hähnel.

Como buen y orgulloso habitante de la "capital de la música", el vienés medio es capaz de hacer una cola durante una noche entera para conseguir una entrada a la ópera. Conviene que los visitantes tengan sus reservas hechas desde su país de origen, aunque si se ha descuidado este aspecto también se puede confiar en los increíbles recursos de los porteros de los grandes hoteles. La noche del baile de la Opera –toda una efemérides institucional, durante la cual los notables de la ciudad bailan valses bajo la cúpula de la grandiosa sala-, tiene su correspondencia en las calles, con una manifestación de protesta que ya ha alcanzado la bendición de la tradición.

 

Festpielhaus de Bayreutharriba
 

Aficionados de todo el mundo peregrinan una vez al año para asistir al festival que, desde 1876, se realiza a la mayor gloria y memoria de Richard Wagner. No existe ningún otro compositor en el mundo que tenga una sala –y mucho menos de estas dimensiones- dedicada exclusivamente a su producción: desde su inauguración, y en 122 años que han transcurrido desde entonces no ha sonado en ella una sola nota que no sea de Wagner. Para comprender el mensaje casi religioso que propone Bayreuth, hay que recordar los puntos esenciales de la propuesta wagneriana de la Gesamtkunswerk, la combinación de poesía dramática con música, y la realización de ambas en un espacio escénico que para el compositor configuraba la forma suprema del arte. En su madurez Wagner comprendió que para esa nueva forma de expresión, que difería radicalmente de la ópera –a la que los espíritus refinados no tomaban en serio en comparación con manifestaciones como la pintura o la poesía- necesitaba también un nuevo ámbito, un lugar que no estuviese contaminado por el género, como ocurría con los teatros líricos hasta entonces existentes. De modo que con la ayuda de dos arquitectos (el gran Goffried Semper, autor también del Hoftheater de Dresde, y Karl Bundt), y con el inapreciable apoyo económico de Luis II, diseñó el "teatro ideal", que debía estar ubicado además en una ciudad intermedia cuyo nombre se asociase para siempre a él, para lo cual eligió Bayreuth (que significa "roturado por Baviera") en la zona boscosa entre el Fitchelgebirge y la Suiza francona.

El interior del teatro, con un aforo de 1800 plazas, está pensado para modificar las costumbres hasta entonces importantes en el mundo de la ópera: no existen facilidades, sino antes bine dificultades, para el desplazamiento de los espectadores, condenados a no moverse de su sitio una vez lo han ocupado. A diferencia del tradicional teatro a la italiana, con un patio de plateas como mero espectador de la privilegiada acción social que se desarrollaba en los palcos, Bayreuth es todo él un patio de butacas extendido en abanico y que no tiene pasillos; los accesos son laterales, y una vez ubicado en su sitio el espectador no puede literalmente moverse. A más abundamiento, los asientos son deliberadamente rígidos y duros para evitar la somnolencia. Hay que decir que, pese a su rigor, este tipo de diseño hizo escuela: en la actualidad se lo conoce como "continental" y existe en muchas salas de Europa y América. La única concesión que Wagner hizo a su esquema es la existencia de un palco central, por otra parte muy sencillo, pensado para alojar a su real patrono, Luis II de Baviera.

 

Teatro Alla Scala de Milanarriba
Scalla1.jpg (30002 bytes)Situado en la Piazza della Scala de la capital lombarda, su nombre es sinónimo de ópera y se le considera el primer coliseo del mundo. Ocupa el solar en el que primitivamente estaba la iglesia de Santa María alla Scala, y fue erigido entre los años 1775 y 1778 según los planos del arquitecto Giuseppe Piermarini (1734-1808), inaugurándose en el último año citado con el estreno de la ópera Europa riconosciuta, de Salieri.

Su elegante fachada está coronada por un tímpano que representa el carro de Apolo y no ha sufrido modificaciones desde su construcción, a diferencia de lo ocurrido con su interior, en el que la policromía dieciochesca original de la decoración fue sustituida en 1830 por una ornamentación dorada de estilo neoclásico.

Destinada a sustituir el antiguo teatro ducal, destruido por un incendio, la Scala se caracterizó desde sus primeros años por su afán de mantenerse en cabeza de los teatros líricos, adoptando para ello las continuas reformas que traía el progreso: así, fue el primer teatro del mundo que tuvo iluminación eléctrica, en 1883; un cuarto de siglo más tarde, en 1907, hubo de hacer ingentes obras para constuir el gran foso para la orquesta, que también fue en ese momento el más amplio y cómodo que existía; sucesivas ampliaciones de aforo, por otra parte, lo han llevado a las 3200 localidades de que dispone en la actualidad. Mucho más que su teatro, la Scala fue el centro público de las actividades del Risorgimento, y aún después de la independencia y unificación mantuvo la primacía entre todos los teatros líricos italianos hasta el punto de que la mayor parte de los estrenos del siglo de oro de la ópera se realizaron en ella. También en su ámbito se ha configurado la actividad musical de las mayores editoras musicales, como es el caso de Ricordi y Sonzogno.

Dirigida durante los años 20 por el genial Arturo Toscanini –tal vez el director de orquesta más célebre de este siglo-, la Scala sufrió graves daños durante los bombardeos aéreos de 1943, pero su espíritu resurgió briosamente ni bien concluida la segunda guerra mundial, y que fue el primer monumento público italiano que se reconstruyó tras la contienda.

 

Opera de Parísarriba
Paris.jpg (33868 bytes)Aunque en la Opera de París en la actualidad sólo se representan funciones de ballet (la mayor parte de los espectáculos, incluyendo las óperas propiamente dichas, han sido trasladados al complejo de construcciones de la nueva Opera Popular de la Bastilla), éste y no otro edificio es el venerable heredero de más de tres siglos de tradición lírica francesa. Todo comenzó por la ordenanza real de 1669, que permitió a los empresarios Perrin y Cambert el privilegio de explotar una Academia de Música, en la sala del Jeu de Paume de la Bouteille (emplazada en los números 42 y 44 de la actual calle de Mazarino).

Lully mediante, la ópera se trasladó en 1673 a la sala del Palais-Royal, donde permaneció 90 años hasta que este fue destruido por un incendio, como le sucedería a sus dos siguientes sedes, la Sala de las Tullerías, devastada en 1770 y la reconstruida Sala del Palais Royal (erigida en el mismo sitio y con capacidad para 3000 espectadores), arrasada por un nuevo incendio en 1781.

En los ochenta años que siguieron a este infausto suceso, la ópera peregrinó por siversas salas (Menus-Plaisirs, Puerta de Saint-Martin, Favart, Montansier, Théâtre des Arts y Le Peletier) antes de encontrar su definitivo alojamiento en el edificio que la alberga en la actualidad. Este fue construido por el arquitecto Charles Garnier, venciendo en innumerables dificultades, entre los años 1861 y 1874, sobre una enorme superficie de 11237 m2, de la que sólo el escenario y sus dependencias se llevan 1200 m2 (todo el edificio de la Comédie-Française podría estar en él).

La sala fue inaugurada en 1876 con la hoy desconocida ópera Jeanne d’Arc, de un tal Auguste Mermet. El edificio sigue impresionando en la actualidad por su monumentalismo, su espléndida escalera de acceso y la suntuosa decoración sobrecargada de dorados y candelabros.

Dentro de un estilo radicalmente distinto, la "grandeur" de la institución ha sido continuada por su heredera, la Opera Popular de la Bastille, obra del arquitecto canadiense Charles Ott. Es un edificio de hormigón y cristal cuyas distintas plantas parecen suspendidas en el aire, que en un terreno relativamente pequeño, gracias a la extraordinaria funcionalidad de su diseño, dispone de una superficie útil de 150000 m2; esta característica ha hecho que el ingenio popular lo bautizase con el apodo de "el rinoceronte en el bidet".

Con un aforo de 2700 localidades, esta nueva ópera, la más moderna del mundo, cuenta con un escenario principal móvil, así como con otros cinco escenarios secundarios y un foso para la orquesta, igualmente móvil. Pero de momento no ha podido cumplir con la función que su nombre indica y que no era otra que el acercamiento de los espectáculos líricos a públicos mayoritarios: con un presupuesto de construcción que superó los 40000 millones de pesetas y unos costos de mantenimiento igualmente espectaculares, los precios de las entradas siguen por fuerza reservados a bolsillos pudientes, y hay ocasiones en las que la sala no alberga a más de quinientos o seiscientos espectadores.

 

Teatro Bolshoi de Moscúarriba
Bolshoi.jpg (40705 bytes)Instalado en el número 7 de la plaza Sverdiova, frente a unos amplios jardines y a una fuente con surtidores, el edificio del Bolshoi, con su famosa fachada neoclásica coronada por la escultura de una carroza, es una referencia obligada para todo visitante de Moscú. La prehistoria del más célebre de los teatros rusos se remonta a marzo de 1776, cuando la emperatriz Catalina II otorgó al príncipe Piotr Urúsov el privilegio de administrar "todas las representaciones teatrales en Moscú". Su primera compañía, formada por sólo trece personas (todos ellos siervos del príncipe, que eran a la vez cantantes líricos y actores de las representaciones dramáticas) se instaló en una casa particular propiedad del conde Vorontsov, que estaba situada en la calle Zámenka.

Cuatro años más tarde, en 1780, el teatro inauguró su primera sala propia, un espléndido edificio que se encontraba en la calle Petrovka (a causa de lo cual empezó a llamárselo Teatro Petrovski), donde permaneció durante un cuarto de siglo de memorables actividades líricas, hata que en 1805. El repertorio de aquélla época poco tenía que ver con el que devendría clásico de la sala desde la segunda mitad del siglo XIX hasta actualidad. Por entonces, por ejemplo, uno de los mayores éxitos de la casa fue la ópera cómica de Mijaí Sokolovski, El brujo del molinero, tramposo y casamentero, o espectáculos que incluían danzas folclóricas como El cuadro campestre o La fiesta aldeana.

Hubo de esperar a la recuperación del imperio, tras las guerras napoleónicas, para que se inaugurase la nueva y fastuosa sala del Bolshoi, construida por el arquitecto Osip Beauvais sobre diseño de Andréi Mijailov, cuyas dimensiones sólo eran inferiores a las de la Scala de Milán. Por entonces se había incorporado a la compañía estable el coreógrafo y bailarín Adam Glushkovski, precursor de las grandes figuras de la danza del siglo XX, que fue quien puso los cimientos del ballet clásico ruso. Un nuevo incendio –esa plaga bíblica de los teatros de los siglos XVII al XIX- se abatió sobre él en 1853: la sala ardió durante una semana y no quedó de ella más que unos calcinados muros y restos de la fachada.

Entretanto, se había producido el estreno de Una vida por el zar (1842) y de Russian y Lyumila (1846), las dos grandes óperas de Mijail Glinkam, y a continuación los de Esmeralda y Rusalka, ambas de Alexander Dargomyski, que abrieron el camino hacia la consolidación de un repertorio nacional que alcanzaría años más tarde su culminación con las cimas de Boris Godunov, El Príncipe Igor, El Gallo de oro o Evgeni Oneguin. En 1856, no obstante, el teatro había sido ya reconstruído enteramente con el aspecto externo, la lujosa decoración interior y el aforo de 2300 localidades que ha conservado hasta la actualidad. Aunque en Moscú hay teatros con más capacidad, la solera y grandeza del Bolshoi no se mide por cifras, sino por la riqueza de su historia y su prestigio incomparable.

 

Teatro Colón de Buenos Airesarriba
colon.jpg (33592 bytes)Hasta la inauguración de la Opera de Sidney fue el teatro lírico más grande e importante del hemisferio sur, el tercero del mundo en superficie –sólo superado por las Operas de París y Viena- y el segundo en capacidad de espectadores. Tanta desmesura y grandilocuencia para una sala alejada de los grandes centros mundiales de la ópera sólo se justifica por la verdadera pasión que los abundantes emigrantes italianos y sus descendientes tenían por el género, y por el fasto y boato que en general rodeó todos los proyectos de aquéllas décadas de prosperidad argentina (las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX), que transformaron en apenas dos generaciones la "gran aldea" en una capital de primer orden.

Estaba previsto inaugurarlo para las conmemoraciones del cuarto centenario del descubrimiento de América como un homenaje de la comunidad italiana a la "tierra de promisión" que les había acogido, pero la muerte del arquitecto Tamburini, que había iniciado las obras, complicó los planes. Le sucedió el ingeniero Vittorio Meano, quien modificó radicalmente la obra y se propuso unir en ellas "el renacimiento italiano, la buena distribución y solidez de la arquitectura alemana, y la gracia, variedad y bizarría de la arquitectura francesa". La trágica muerte de Meano, asesinado por su mayordomo paralizó por segunda vez el proyecto, y el teatro no se inauguró hasta 1908, sobre planos definitivos del arquitecto francés Jules Dormal.

En sus 90 años de existencia el Colón no dejo nunca de estar en la primera fila de los teatros líricos del mundo y de formar parte del itinerario obligado de las grandes estrellas de la ópera. Además de sus suntuosos salones blancos y dorados, sus aristocráticos palcos y su gran escenario con un complejo aparato para todo tipo de montajes, merecen también una visita sus dependencias anexas (talleres, salas de ensayo, escuela de danza, etc.), entre las que sobresale un completo e importante Museo de la Opera.

 

Teatro de la Opera  Amazonas (Manaos)arriba
amazonas.jpg (30981 bytes)La ciudad fantasma de Manaos era una aldea ubicada en la confluencia de los tres grandes ríos que vuelcan su caudal en el Amazonas hasta que Charles Goodyear descubrió la vulcanización del caucho en 1844, y años más tarde Dunlop inventó la rueda neumática, lo que produjo una explosión comercial sin precedentes ni comparación con la de ningún otro producto: el precio del caucho subió como por ensalmo y la producción pasó en pocas décadas de 156 a 21000 toneladas anuales. Brasil era el vendedor del 88% del caucho que se consumía en el mundo, y casi todo él salía de Manaos o pasaba por ahí. En un fulgurante proceso que no tiene igual en la historia, Manaos se convirtió en una de las ciudades más suntuosas del mundo, una joya de la arquitectura y de riquezas de todo tipo con palacios con habitaciones de sobra que nadie ocupaba, pianos de cola que nadie tocaba y gigantescas arañas de cristalería que nada tenían que envidiar a las de Versalles.

El centro y símbolo de esa opulencia fue el Teatro de la Opera, en cuya construcción se invirtió la fabulosa suma de diez millones de dólares y en el que un verdadero ejército de albañiles y artesanos de todo tipo trabajó para dejarlo acabado entre 1881 y 1896. Por las vastas aguas del Amazonas, que en la confluencia de los ríos Negro y Solimoes tiene un ancho de ocho kilómetros, subieron penosamente los lujosísimos materiales importados de Europa: hierro forjado de Glasgow para las columnas, mármoles y porcelanas italianas, 66000 azulejos franceses, cristalería y arañas de Bohemia, telones tejidos por los tapiceros de Bruselas y decenas de artistas de renombre que pintaron las decoraciones al fresco de los suntuosos y gigantescos salones interiores. Frente a la entrada principal, en el foyer que semejaba un templo griego, se instaló una enorme fuente de la que en los días de representación manaba sin cesar champagne francés.

Cuando las plantaciones asiáticas de caucho, controladas por los ingleses, comenzaron a hacer bajar los precios en picado, justo antes de la Primera Guerra Mundial, Manaos despertó de su sueño y en poco más de diez años volvió a ser una ciudad perdida en el corazón de la selva más vasta del planeta y la mayor parte de sus palacios fueron lentamente carcomidos por la usura del trópico. Pero la Opera, varias veces restaurada –incluyendo su espectacular cúpula de azulejos amarillos y verdes-, sigue allí y se la puede visitar, como testimonio viviente de uno de los suelos más faraónicos que haya tenido el hombre.

 

Metropolitan Opera House de Nueva Yorkarriba
met1.jpg (24848 bytes)Entre Amsterdam y Broadway se levantan los edificios que integran el complejo artístico-musical más moderno y tecnificado del mundo: el célebre Lincoln Center, que alberga las sedes de la Filarmónica de Nueva York, del Nueva York City Ballet, de la New York City Opera y del Metropolitan Opera House. Fundado en 1883, el Metropolitan permaneció más de ochenta años en su viejo y glorioso edificio, hasta que en 1966 fue trasladado a las instalaciones actuales conocidas como Nueva Opera Metropolitana. La imponente fábrica tiene 140 metros de fondo, 54 metros de ancho (77 en escenario, incluyendo los foros) y 31,5 metros de alto, y goza de una acústica comparable a la de la Scala de Milán (tradicionalmente considerada la sala más perfecta del mundo a este respecto).

Su fachada es una imponente arcada de 29 metros de altura integrada por cinco arcos de 9 metros de luz entre pilares. El lujoso interior forrado en diversas variedades de madera africana, tiene un aforo estimado en 3880 espectadores y su escenario principal (pues hay otros para ensayos y preparación de recambio de decorados y utilería) mide 34 por 30 m. En su embocadura, de 18 metros de luz, se encuentran los murales de Marc Chagall, El triunfo de la música y Las fuentes de la música, y en distintos rincones de la sala hay esculturas de Maillol, bustos de Caruso y de Verdi, un retrato de Gluck y la estatua que recuerda a Giulio Gatti-Casazzi, el hombre que más tiempo estuvo al frente del Metropolitan y que lo dirigió durante uno de sus períodos más gloriosos, entre 1908 y 1935. La Nueva Opera Metropolitana es obra del arquitecto Wallace K. Harrison.