Historia de la Opera

Parte 5: "El siglo XX"

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La ópera en el cambio de siglo - Nuevos países en los márgenes de Europa - Fín del drama musical y retorno a la ópera - El camino hacia el presente - El teatro musical no conoce fronteras

 

La ópera en el cambio de siglo
La cuestión era soslayar a Wagner o, desde luego, pasar por encima de él. En París, la tragedia lírica se consolidó como la forma aceptada de teatro musical, adornado con arias melifluas, ricos decorados y el inevitable ballet. La autoridad en el bel canto deliciosamente escrito fue el parisino Charles Gounod (1818-1893), cuyas óperas eran amables, hondamente sentidas y mozartianas en cuanto a la técnica de conjunto. Su Fausto transfiere libremente la obra de Goethe al escenario romántico francés, rompe el drama filosófico en tableaux acertadamente operísticos, sitúa a Margarita en una posición central con su coloratura, crea agradables números y da rienda suelta al sentimiento lírico. Varios compositores franceses tomaron como modelo a Gounod, incluido el joven Georges Bizet (1838-1875) en su temprana ópera de ambiente exótico Les Pècheurs de perles, que fue una respuesta melodiosa y opulenta a la moda de los países remotos en la gran ópera. La tragedia lírica adquirió complejidad musical y psicológica en las muchas obras escritas para la escena por Jules Massenet (1842-1912), una de las cuales, Werther (basada en Las desventuras del joven Werther de Goethe) empezó en 1891 a desempeñar el papel de un Freischütz francés. Con un encanto sensual en su sonido, es una ópera llena de variados elementos estilísticos; pese a ser totalmente lírica, bordea el nuevo estilo naturalista, al igual que Manon (1884). La gran ópera y el exotismo triunfan en Samson et Dalila (1877) de Camille Saint-Saëns (1835-1921), que dominaba diversos estilos pero era básicamente un clasicista. Esta obra de proporciones ajustadas se concentra en tres personajes principales, grandes coros y un decorativo ballet. El segundo acto anticipa la estructura dramática del segundo acto de Parsifal, resultando una escena seductora en la que un titiritero demoníaco mueve las cuerdas tras las bambalinas.

 

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Diseño de decorados de Emile Bertin para una representación de Carmen de Bizet en la Opéra-comique, 1875
(Bibliothèque de l'Opéra, París)

El realismo se agudizó en naturalismo. Fue Carmen de Bizet la que señaló el cambio hacia el arte veraz en 1875, una señal que tuvo eco por todas partes y fue saludado entusiásticamente por Nietzsche; en atención al realismo, es una ópera cómica con diálogos hablados (Ernest Guiraud escribió una versión totalmente musical), situando sus cuatro actos en el mundo cotidiano de las jóvenes trabajadoras de una fábrica de cigarrillos, gitanos, contrabandistas, toreros y soldados y narrando la amarga historia de un cabo que lo deja todo al enamorarse locamente de una joven gitana y a la postre da muerte a su inconstante amada. La partitura, que tiene cierta afinidad con la música callejera, tiene una forma expresiva esencial, lacónica en sus melodías, que les da un cierto sabor español, y en sus danzas y conjuntos. Para deleite de los antiwagnerianos, Carmen se convirtió pronto en una de las óperas más frecuentemente representadas del siglo.

Ahora había algún estímulo para desarrollar la ópera italiana más allá de Verdi. Pietro Mascagni (1858-1945) convirtió un breve relato siciliano en un "melodramma" vívido y conmovedor, situado entre los campesinos del sur y titulado Cavalleria rusticana (1890), ópera en un acto con una acción muy consensuada. Pronto se convirtió en una costumbre el representar la ardorosa pieza de Mascagni antes de la breve ópera de dos actos Pagliacci (1892), una tragedia situada en una compañía de cómicos ambulantes, escrita y compuesta por Ruggiero Leoncavallo (1858-1919). El viejo truco de una representación dentro de una representación se muestra efectivo; el celoso Canio es un papel excepcional para los tenores, la acción está brutalmente concentrada y las formas del bel canto resplandecen dentro del drama naturalista. Este nuevo estilo, rigurosamente veraz, fue conocido en Italia como verismo. Se propagó como un incendio. La ópera italiana encaró el nuevo siglo con cierta confianza.

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Diseño del cartel del estreno de Tosca de Puccini, Roma 1900
(Civica Raccolta delle Stampe Achille Bertarelli, Milán)

Es cuestión discutida si Giacomo Puccini (1858-1924), nacido en Lucca, escribió óperas que van más allá del verismo; en cualquier caso, las últimas partituras, al igual que la sucesión de obras en un acto Il trittico (1918) y el cuento de hadas simbolista Turandot (1926) que, con carácter póstumo, fue puesto en escena por vez primera por Toscanini, nos muestran a Puccini explotando los avances modernos en el drama y la armonía. Había estudiado a Verdi y a Wagner y su ingenio había sacado provecho de ello. Manon Lescaut es una tragedia de pasión, ricamente orquestada, de sentimiento concentrado sin dejar por ello de presentar oportunidades al bel canto a pesar de la complejidad psicológica. La Bohème (1896) condensa una historia agridulce del barrio de los artistas en París en cuatro breves y contrastantes escenas; aprovechando el estilo intimista de La Traviata, es atmosférica, la partitura es aún más delicada, plena de sentimiento y de bel canto y tiene unos personajes con los que la audiencia puede identificarse. El esquema italiano de tres personajes principales (soprano, tenor, barítono) es la base de Tosca (1900), que aporta la severidad y la fuerza del verismo a una obra escénica de carácter histórico. Las voces rinden homenaje al estilo de canto dramático italiano, mientras la orquesta, modelada inteligentemente sobre la de Wagner, liga los motivos sinfónicamente y revela los pensamientos secretos de los protagonistas. En Madame Butterfly el lejano oriente, que estaba en boga en la época de Puccini, está tratado con un gran refinamiento individual. En 1810 puso en escena en Nueva York La fanciulla del West, una historia de crimen enlazado con el sentimiento de los días de los buscadores de oro y los bandidos. El Nuevo Mundo saltaba al escenario operístico con una viva luz romántica.

En los países de habla alemana la única ópera verista que entró en el repertorio fue Tiefland (1903) de Eugen d'Albert (1864-1932), nacido en Glasgow pero alemán por elección; pianista afamado, escribió veinte óperas de diversos tipos, desde la comedia hasta obras románticas de grandes dimensiones y simbolismo mágico. El esquema de los tres personajes es aplicado a una historia ambientada en los Pirineos en la que se muestra la cuestionable moralidad de las gentes de las tierras bajas y la pureza de las gentes de las montañas.

 

Nuevos países en los márgenes de Europaarriba
La conciencia nacional se desarrolló durante el siglo XIX. Las gentes se sentían cada vez más orgullosas de sus propias lenguas, culturas e historias. El nacionalismo romántico se rebeló contra la supremacía de la ópera italiana, francesa y alemana. La gente buscó la independencia incluso en el teatro musical. En Bohemia, que pertenecía aún al Imperio Austro-húngaro, Bedrich Smetana (1824-1884) y Antonin Dvorák (1841-1904) incorporaron a los campesinos a la ópera nacional, con sus danzas, sus canciones y sus vestidos; Smetana, particularmente, en La novia vendida (1866) y Dvorák en Rusalka (1901). Una línea recta conduce desde Dvorák a Leos Janácek (1854-1928) y su ópera acerca de la vida popular en Moravia, Jenufa (1904), su música para Katia Kabanova (1921) de Ostrovsky, su saga de animales en el bosque La zorrita raposilla (1924) y la opresiva versión de La casa de los muertos de Dostoiesvsky (1930). El estilo de Janácek no es fácilmente clasificable. Era un moravo impetuoso que siguió sus propios derroteros.

El imperio zarista de Rusia había tenido la ocasión de contemplar a las compañías centroeuropeas de gira. A pesar de cierta resistencia, Mijail Glinka (1804-1857) introdujo temas rusos y melodías rusas en los escenarios de sus óperas Una vida por el Zar (1836) y Russlan y Ludmila (1842). Las obras escénicas de Piotr Tchaikovsky (1840-1893) combinaban un elegante estilo francés con "música de cochero" doméstica, como algunas gentes la llamaban con desaprobación. Eugene Onegin, compuesta en 1879 y basada en la novela en verso de Pushkin, retrataba una versión rusa de un byroniano hastío del mundo y mostraba un rasgo esencial del teatro musical ruso: la expresión épica y ampulosa, fragmentada en múltiples escenas. En Pique Dame (1890) Tchaikovsky puso en juego una ambientación vigorosamente efectiva al servicio de una historia romántica de terror.

La antipatía hacia la armonía centroeuropea y hacia sus formas teatrales y musicales inspiraron a Modest Mussorgsky (1839-1881) para crear un lenguaje musical ruso libre de inhibiciones y compromisos y unas obras escénicas que tienen una condición distanciada y épica muy lejana del modelo centroeuropeo. De manera específica, Mussorgsky calificó a Boris Godunov (1874), que relata la vida de un zar, de "drama musical popular"; Kovanshchina (1886), situada en la edad media rusa, despliega su enigmática historia de pasión amordazada a escala épica. Esta tendencia narrativa siguió siendo un rasgo del teatro musical ruso en las óperas de amplio aliento de Sergei Prokofiev (1891-1953), como Guerra y Paz (1944) y a veces también en las óperas de Dimitri Shostakovich (1906-1975), que alternan la sátira con un mordaz realismo.

Hay un caso especial que incide en varios estilos manteniéndose fundamentalmente dentro de la tradición francesa. Representada, póstumamente, por primera vez en París en 1881, Les contes d'Hoffmann, es la única ópera de Jacques Offenbach, nacido en Colonia (1819-1880), quien, tras su sensacional éxito en la "ópera bouffe" satírica se puso a escribir su única obra escénica seria, en torno al personaje del poeta romántico E.T.A. Hoffmann. Les contes d'Hoffmann, con su texto en francés y su sentimiento e ingenio franceses omnipresentes, sigue siendo un enigma. Cualquiera que sea la versión póstuma que se elija, la última obra de Offenbach para la escena es un compendio de las ideas románticas.

La contribución inglesa al repertorio internacional llegó relativamente tarde. Desde los tiempos de Haendel hasta finales del siglo XIX la escena operística estuvo dominada por la ópera italiana; la ópera en inglés se desarrolló sólo a rachas en las óperas, popurríes y adaptaciones de Henry Bishop (1786-1855), en las óperas de Michael William Balfe (1808-1870) y George Alexsander McFarren, cuyo El Rey Carlos II (1849) es el primer ejemplo de nacionalismo romántico inglés. La ópera inglesa fracasó ampliamente porque la aristocracia permaneció fiel a la ópera italiana y las clases medias aún consideraban inmoral el teatro. Todo esto cambió con la fundación en 1875 de la D'Oyly Carte Opera Company, que puso en escena las óperas cómicas que escribieron al alimón el dramaturgo W.S. Gilbert (1836-1911) y el compositor Arthur Sullivan (1842-1900). Desde 1871 (Trial by Jury) hasta 1889 (The Gondoliers) las clases medias acudieron en tropel a ver estas óperas, de las que The Mikado (1885) e Iolanthe (1882) demostraron estar entre las más perdurables. La sátira mordaz y el ingenio verbal de Gilbert se manifiestan sobre todo en las canciones de argot y se complementan de forma ideal con el sentimentalismo de Sullivan.

La ópera seria británica de principios del siglo XX estuvo profundamente influida por Wagner, como puede apreciarse en el ejemplo más original, The Wreckers (1906) de Ethel Smythe. El nacionalismo y la reacción contra Wagner pueden detectarse en las óperas de Ralph Vaugham Williams (1872-1958) y Gustav Holst (1874-1934), pero no fue sino hasta después de la segunda guerra mundial cuando los compositores británicos adquirieron reputación internacional en el campo de la ópera.

 

Fin del drama musical y retorno a la óperaarriba
La emotividad de Wagner, su técnica del leitmotif y su esplendor orquestal tuvieron un gran peso en el teatro musical, al menos en los países de habla alemana. El muniqués Richard Strauss (1864-1949) halló un camino de regreso a la ópera que eludía a Wagner y al mismo tiempo le sobrepasaba. Strauss era un hombre de mundo educado al estilo clásico, el indiscutido compositor musical magistral de quince obras para la escena y, pese a ser director de orquesta, un avezado hombre de teatro. Los wagnerianos esperaban como algo natural la calidad literaria de los textos a los que se iba a poner música; en las óperas en un acto Salomé (1905) y Elektra (1909) Strauss utilizó textos de Oscar Wilde y Hugo von Hofmannsthal respectivamente. En ellas abordó las preocupaciones psicológicas del cambio de siglo en el sonido de una orquesta enorme que expresa los más recónditos sentimientos de los protagonistas y alcanza la frontera de la atonalidad en la complejidad de su armonía e instrumentación. Salomé y Elektra fueron señales que sacudieron el ánimo de Schoenberg, Berg y la generación siguiente. En cuanto realista irónico, Strauss sintió que estaba dotado para la ópera cómica. El escritor vienés Hofmannsthal le proporcionó un libreto situado en la Viena rococó: Der Rosenkavalier, representada por primera vez en Dresde en 1911, presenta unos personajes con profundos contrastes y contiene la idea subyacente de la mutabilidad de la vida, que habría de convertirse en el pensamiento central de las obras que Richard Strauss escribió para la escena. La música está salpicada de valses vieneses, que aparecen anacrónicamente en los tres actos. Hay partes vocales, para deleite de los cantantes, aunque la vocalización ha de ser muy precisa. La armonía se aleja de las fronteras de la atonalidad para producir un sonido voluptuoso pero funcional. La ópera tradicional reapareció en una apariencia mutada.

Strauss y Hofmannsthal iban retrasados respecto a su tiempo en cuanto a estética y educación histórica. Ariadne auf Naxos (versión final de 1916) es una ingeniosa combinación de las formas barrocas opuestas opera seria y opera buffa, moviéndose entre un misticismo mortal y la commedia dell´arte, personajes de la mitología clásica y reminiscencias de Molière; presenta un sutil artificio frente a la escenografía barroca, con una orquesta de treinta y siete ejecutantes y un papel de difícil coloratura. Strauss no fue el único abogado de la ópera cómica como defensa frente al drama musical; lo fueron también d´Albert (Die Abreise, 1898) y el italo-alemán Ermanno Wolf-Ferrari (1876-1948), cuyas partituras en estilo buffo revivieron artificialmente la Venecia de Goldoni. Strauss siguió escribiendo comedias musicales hasta una edad avanzada: la autobiográfica Intermezzo (1924), la meliflua Arabella (1933), que se sitúa en Viena; Die schwigsame Frau (1935), y una pieza dialogada, Capriccio (1942) que aborda la rivalidad entre las palabras y la música. Strauss consideraba Die Frau ohne Schaten una obra mayor; es una ópera de misterios, con decorados orientales, un cuento de hadas profundamente simbólico, sobre un libreto de Hofmannsthal. Los temas clásicos sutilmente alterados reaparecen en Die agyptische Helena (1928), Daphne (1938) y Die Liebe der Danae (1944 y 1952). Cuando Strauss murió en Garmisch en (1949) se tuvo por desaparecido el último compositor de ópera alemán de fama mundial.

Hans Pfitzner (1869-1949) pasó toda su vida a la sombra de Strauss; era un romántico tardío que alcanzó cierto relieve por su leyenda musical Palestrina (1917), que es una exposición de su propia estética.

 

El camino hacia el presentearriba
La necesidad de aceptar a Wagner y al mismo tiempo superarle fue sentida por muchos. Apropiándose la armonía de Wagner, Claude Debussy (1862-1918) transfirió la tragedia lírica típicamente parisina al teatro estático del simbolismo en su ópera en cinco actos Pelléas et Mélisande (1902), basada en la obra teatral de Maurice Maeterlinck. El escenario refleja simplemente los procesos mentales y el drama tiene lugar en el interior de los personajes, envueltos en una música amable, permanentemente fluida, constituida por pequeños motivos; su sustancia fundamental es el colorido impresionista. El colorismo de Debussy influenció al húngaro Béla Bartók (1881-1945) y su temprana ópera en un acto El castillo de Barba Azul (1918). También en el área general del impresionismo hay una versión de Barba Azul a cargo de Paul Dukas (1865-1935): Ariane et Barbe-Bleu (1907) está cargada de dificultades vocales y tiene una orquestación deslumbrante. El ex-oficial naval Nicolai Rimsky Korsakov (1844-1908), que fue el maestro de Stravinsky, escribió operas basadas en cuentos populares rusos que tienen cierta afinidad con el impresionismo.

El cromatismo de Tristan contribuyó a aflorar una crisis en el lenguaje armónico. Las relaciones funcionales entre las diferentes escalas se debilitaron y finalmente se abandonaron totalmente a la atonalidad. Con un lenguaje sin trabas que es característico del expresionismo, el compositor vienés Arnold Schoenberg (1874-1951) escribió dos obras en un acto de gran hondura psicológica, Die glückliche Hand (1924) y Erwartung (1928); ambos son monodramas que descansan en un personaje central. La enorme orquesta, mucho mayor que la de Strauss, emplea osados dinamismos y simbolismo instrumental para expresar la vida interior de los personajes. La disposición estructural de las doce notas cromáticas de la escala en diversas modalidades, liberadas de toda clave relacional (conocida como dodecafonía o música de doce notas) aportó el fundamento para la ópera en tres actos de Schoenberg Moses und Aron (1954 y 1957). Se trata de una pieza épica que Schoenberg dejó en forma fragmentaria y siempre pensó que era irrepresentable. Se basa en una sola línea de doce notas y trata un tema del Antiguo testamento, utilizando partes habladas a modo de coros y culmina en una escena de danza en torno al becerro de oro.

El discípulo vienés de Schoenberg, Alban Berg (1885-1935), nunca perdió de vista las potencialidades del teatro, a diferencia de su maestro. Bajo la impresión de la primera guerra mundial compuso Wozzeck, representada por primera vez en Berlín en 1925, una ópera basada en la obra teatral de denuncia de Georg Büchner acerca de un infeliz oprimido empujado a un acto de desesperación. Esta "ópera literaria" narra el sufrimiento de un triste soldado en escenas breves, densas, llenas de vigor expresionista. La música, que es sonora, extraordinariamente sensitiva y directamente conmovedora, es ampliamente atonal pero tiene centros armónicos subyacentes; sólo la Passacaglia responde al sistema de las doce notas. La ópera póstuma de Berg, Lulu (1937), basada en obras teatrales de Frank Wedekind, sigue las reglas dodecafónicas. Incorpora formas tradicionales como el canon, la coral y el airoso, así como el ragtime y un vals inglés. La variedad de estilos expresivos eleva la entonación de las palabras y hace el texto comprensible.

Junto con la técnica serial desarrollada por Anton Weber, las aportaciones de Schoenberg y Berg ejercieron una amplia influencia en la música del siglo XX. Karl V (1934), una crónica de Ernst Krenek (1900-1991), se construye sobre el principio dodecafónico, a diferencia de su Jonny spielt auf, una ópera que incluye jazz y escenas de la vida contemporánea, lo que se consideró sorprendente en 1927. Tras comenzar como serialista, el renano Bernd Alois Zimmermann (1918-1970) creó en Die soldaten (1965) una ópera pluralística. Había algunos oponentes del dodecafonismo que se aferraron a las formas teatrales tradicionales. El compositor muniqués Carl Orff escribió exclusivamente para el teatro y su cantata escénica Carmina Burana (1937) tiene una textura elemental en sus melodías y ritmos que han dado la vuelta al mundo; sus óperas cortas Der Mond (1939) y Die Kluge (1943) eran como cuentos de hadas, con la aspiración de ser un "pequeño teatro universal" en su exquisita simplicidad, en tanto que sus tragedias griegas, ya fuera siguiendo a Hölderlin, como en Antigonae (1949) y Oedipus der Tyrann (1959), o el original griego de Esquilo en Prometheus (1968), presenta la "ópera literaria" en una fase abstracta, con textos recitados estáticamente sobre ritmos percutidos, sonidos de una orquesta no convencional y armonía de base tonal.

Luigi Dallapiccola (1904-1975) fue el primer compositor italiano en utilizar la técnica dodecafónica en una ópera, Il prigionero (Florencia, 1950) -pero de una manera que se la podía alienar con el estilo melódico tradicional. Tanto en las obras de Dallapiccola como de Luigi Nono (1924-1990), los temas políticos en particular, la lucha contra el fascismo, ocupan un lugar central. En el caso de Luciano Berio (n. En 1925), uno de los temas centrales es la naturaleza del propio teatro: Opera (Santa Fe, 1970, el título debe entenderse en el sentido de "Obras") entreteje diferentes aproximaciones dramáticas al tema de la muerte, mientras que Un re in ascolto (1984) adapta la figura del Próspero de La tempestad de Shakespeare a la de un empresario moribundo. Dejando aparte las obras en sí mismas, la principal contribución de Italia a la ópera del siglo XX ha sido el trabajo de los productores y los escenógrafos como Luchino Visconti, Franco Zefirelli, Giorgio Strehler y Luca Ronconi.

El mundo de habla inglesa ha producido una desconcertante variedad de formas músico-dramáticas. La comedia musical o el "musical" es una creación angloamericana. Sus orígenes hay que buscarlos directamente en las actividades empresariales de un gerente teatral de Londres en la década de 1890, George Edwardes. El nuevo tipo de diversión, combinaba la farsa, el melodrama, el sentimentalismo, los números de canción y baile, los coros y los finales estrepitosos. El énfasis en las melodías pegadizas que sobreviven a los espectáculos en que aparecían originalmente continuó en el musical americano, sobre todo en la obra de Jerome Kern, Richard Rodgers, Lorenz Hart, Oscar Hammerstein II y Cole Porter. Todos ellos han dejado una impresión indeleble en numerosos compositores británicos más allá de los ejemplos destacados de Noël Coward y Andrew Lloyd Webber. El fenómeno de la "comedia musical" es sintomático de la gran brecha que se ha abierto entre la música "seria" y la que se concibe como pura diversión. Sin embargo, algunas obras se sitúan con éxito a caballo de esta división: la "ópera popular" de Gershwin Porgy and Bess (Nueva York, 1935), impregnada de la tradición afroamericana y West Side Story (Nueva York, 1957) de Leonard Bernstein, que con su tono elevado y su trágico final trasciende el género del musical.

En relación con el repertorio más serio, Benjamin Britten (1913-1976) destacó pronto como el más grande compositor de óperas británico desde Purcell. Su Peter Grimes (1945) representa un prometedor comienzo en la historia de la ópera británica, que conducirá a la aparición de muchos compositores cuyo comospolitismo y complejidad les distinguirá de sus predecesores. El Grimes de Britten, que fue saludado inmediatamente como una obra maestra, fue seguido de la ópera cómica Albert Herring (1947) y de la tenebrosa ópera de cámara The Turn of the Screw (1954).Su originalidad se despliega en la invención de nuevas formas como la ópera de niños y la ópera de iglesia, que puede asimilarse a los misterios medievales (Noyes Fludde, 1958). A causa de su versatilidad, Britten llevó a la música inglesa a un modernismo templado, todavía tonal y a veces ecléctico. Este camino fue seguido por diversos compositores, destacando Sir Michael Tippet (n. En 1905), que ya era un compositor de ópera experimentado cuando la primera de sus cinco óperas de madurez, The Midsummer Marriage, se representó en 1955. La afirmación "Quisiera conocer mi sombra y mi luz, así estaré completo por fin" (del oratorio A Child of our Time, 1935) resume la preocupación básica de las óperas de Tippett, cuyos libretos, escritos por el propio Tippett, le deben mucho a las ideas de Jung y a la poesía de T.S. Eliot.

 

El teatro musical no conoce fronterasarriba
Finalizada la segunda guerra mundial las cosas tenían un aspecto particularmente sombrío para la ópera: los teatros habían quedado destruidos, las compañías dispersas, todo era improvisado, había escasez de los elementos esenciales. Componer óperas parecía una pérdida de tiempo. Durante algún tiempo la gente se las arregló con óperas de cámara que resultaban baratas, como The Rape of Lucrecia (1946), con préstamos del terso clasicismo de Stravinsky, el estilo neobarroco de Hindemith o las óperas cortas de "Les Six" del París de los años veinte. La técnica dodecafónica se asentó firmemente, particularmente en la música instrumental; Wolfgang Fortner (1907-1978) la utilizó eficazmente como base de su tragedia lírica Bluthochzeit (1957). Se produjo una tendencia gradual a romper con el dodecafonismo y la técnica serial o, alternativamente, a relajar sus normas estrictas. En Los diablos de Loudon (Hamburgo, 1969) el compositor polaco Krzysztof Penderecki, nacido en 1933, desarrolló un nuevo tipo de estilo declamatorio de gran colorido, con efectos sorprendentes producidos por sonidos-ruidos o ruidos-sonidos. Los compositores han tratado cada vez más de explotar los avances tecnológicos en la grabación de discos, cintas magnetofónicas, electrónica, micrófonos, televisión y sonidos artificialmente distorsionados. La tecnología de los nuevos tiempos ha irrumpido violentamente en la ópera, modificando las ideas acerca de la producción y ofreciendo portentosas posibilidades en la línea de un "teatro total" de todos los medios.

Nacido en 1926, Hans Werner Henze procedía de la escuela de Fortner; presentaba tres características distintivas difíciles de conciliar: el libre uso de la técnica dodecafónica, una suavidad de sonido que tenía un punto de esteticismo y un intenso compromiso político. Su versión de Manon Lescaut, Boulevard Solitude (1952) dio testimonio de una nueva sensualidad; Der Prinz von Homburg (1960, basada en Kleist) presentó la "ópera literaria" con un nuevo aspecto; Elegie für junge Liebende (1961) fue una idea feliz para una ópera de cámara, y la comedia Der junge Lord (1965) llevó a la escena un toque de opera buffa en los diálogos chispeantes y los ingeniosos conjuntos. Henze es un paladín de la "ópera literaria" basada en textos poéticos ambiciosos. Cuando reduce la escala de la orquesta produce cautivadoras combinaciones de sonido y subraya la importancia central de la acción.

En Gran Bretaña surgió en los años sesenta un grupo de compositores cuya música muestra un gran conocimiento de la música de vanguardia postweberniana. El New Music Manchester Group, formado por estudiantes del Royal Manchester College of Music, incluidos los compositores Sir Peter Maxwell Davies y Sir Harrison Birtwistle, nacidos ambos en 1934, y Alexsander Goehr (n. 1932). Taverner (1972), de Davies está basado en la vida de dicho compositor inglés del siglo XV y combina los idiomas musicales de este período con un lenguaje musical vanguardista. Las obras teatrales y las óperas de cámara de Davies, que contienen sobreimpresiones sorprendentes, formalismos caprichosos y alusiones paródicas, tienden a borrar los contornos de la distinción entre el teatro y sala de conciertos. La estilización, la ritualización y la reinvención de las formas dramáticas caracterizan las óperas de Birtwistle, por ejemplo la primera, Punch and Judy (1968) y la "pastoral dramática" Down by the Greenwood Side, en que elementos tomados de la mascarada alternan con la Ballad of the Cruel Mother. Las jóvenes generaciones de compositores se han alejado de la técnica dodecafónica y de la vanguardia. Uno de ellos es John Tavener (n. 1944), cuya tercera ópera, St. Mary of Egypt (Aldeburgh, 1992), refleja la influencia de la iglesia ortodoxa rusa, de la que es miembro; y Stephen Oliver (1950-1992), un prolífico compositor de diez óperas largas y dieciocho óperas en un acto. The Duchess of Malfi (Oxford, 1971), de Oliver, revela un agudo sentido de la caracterización del ritmo dramático y gran afición por la voz humana. Esta y otras obras posteriores revelan que es un maestro de "ópera literaria": no sólo ha escrito la mayoría de sus libretos sino que los ha obtenido también de escritores tan diversos como Webster, Kafka, Chejov, Yates, Dickens y Fielding.

Un compositor que ha empezado a destacar en Alemania en las últimas décadas y que ha logrado un gran renombre internacional es Aribert Reimann, nacido en Berlín en 1936. Sus óperas Ein Trumspiel (1965,basada en Strindberg) y Melusine (1971) le sitúan en la vanguardia, con un toque de neo-romanticismo. King Lear fue acogido en Munich como un acto de teatro musical total. Otro compositor que ha tenido una rápida ascensión es Wolfgang Rihm, nacido en Karlsuhe en 1952, cuya muy expresiva ópera Jacob Lenz (1979) se centra en la problemática figura de un escritor. Rihm rompe en ella con todos los tabúes modernistas y da una nueva fuerza individual a las formas tradicionales. Después de Die Hamletmaschine, Die Eroberung Mexicos se representó por primera vez en Hamburgo en 1992.

El pluralismo estilístico es el faro que ilumina el presente; los elementos que previamente parecían irreconciliables se adoptan con carácter experimental y se les desarrolla: la técnica dodecafónica y el sonido de percusión, las viejas formas y los más modernos artilugios técnicos, la ópera de bel canto y el más austero estilo declamatorio, el minimalismo (Philip Glass, John Adams) y las posibilidades casi ilimitadas del equipamiento teatral cuando se le da rienda suelta. La idea del "teatro total" se encuentra por todas partes, abarcando los medios electrónicos, el drama y el ballet, el cine y la música concreta, la revista y el teatro ambulante. Una característica permanente es el nivel literario que se exige a los libretos. La "ópera literaria" ha mantenido su posición en medio de las muchas tendencias diferentes.

Durante algún tiempo pareció haber un abismo infranqueable entre el teatro musical moderno y el público conservador que va a la ópera. Esta tensión va desapareciendo gradualmente. En los teatros de ópera, en los festivales y en los estudios, el teatro musical de nuestros días se está poniendo al alcance de una audiencia que tiene un interés constante por las últimas manifestaciones. Asimismo, la audiencia de la ópera tradicional se ha visto incrementada de manera sensible.

¿Cuál es el futuro de la ópera? No hay una respuesta satisfactoria o convincente. Quizás nos hallamos en un estado de confusa diversidad estilística. La historia de la ópera ha encontrado clarificaciones y soluciones una y otra vez a lo largo del tiempo. Una cosa es cierta: el teatro musical no está acabado; no es todavía un museo ni un arte elitista en una torre de marfil.arriba