"Macbeth" en el Bellas Artes

por Erick Zermeño Morales
Revista Pro-Opera

 

Después de casi 20 años de no ver esta obra en nuestro máximo coliseo lírico, tuvimos el gusto de volverla apreciar para conmemorar los 100 años del fallecimiento de su compositor en la prima del 6 de septiembre.

En el protagónico estuvo el barítono veracruzano Genaro Sulvarán quien cantó por primera vez este rol con seguridad y aplomo, aunque con una evidente carencia de comprensión de la complejidad del personaje, tanto vocal como histriónicamente.

Sulvarán abordó el rol sin ninguna aportación ni creatividad, con una lectura simple de la partitura, ya que jamás transmitió los sentimientos de ambición, maldad o terror, los cuales no pueden faltar en esta parte, lo que hizo que se convirtiera en monótona.

Sin embargo, resaltó su estudio del estilo y el esfuerzo para enfrentar las incomodidades de la puesta en escena, las cuales no impidieron que el público le entregara un cálido aplauso tanto en cada una de sus arias como al final de la función.

Como Lady Macbeth debutó la soprano estadounidense Janice Baird, de quien se leyó en el programa de mano fue alumna de Birgit Nilsson y Astrid Varnay, que no hizo más que poner en duda las capacidades pedagógicas de tan grandes artistas con un desempeño muy por debajo de los estándares de cualquier teatro en los que ha cantado.

Con una voz dispareja en los tres registros y con notorios problemas en la coloratura -aspectos básicos para esta parte- Baird encarnó a una Lady Macbeth gris sin imprimir en la música ni en el escenario el misterio y la abyección de su personaje, sumado a sus problemas de dicción constantes y falta de estilo verdiano.

Como Banco estuvo el bajo ruso Mikhail Sviétlov Krútikov con un instrumento apropiado para la parte pero con un desconocimiento de la música y la línea vocal necesaria que los hacían destemplarse en numerosos pasajes, como en su aria tan dramática como en sus intervenciones con Macbeth.

Sin duda, lo mejor de la noche fue la participación como Macduff del tenor mexicano Rolando Villazón quien fue el único del reparto que mostró coherencia con el texto e intenciones que interpretaba. Durante su aria "Ah, la paterna mano" fue capaz de ofrecer un canto verdiano con amplio legato y frases memorables, pero sobre todo con una carga dramática que provocó una ovación de varios minutos, ya que el público reconoció en seguida la presencia de un gran artista.

La orquesta fue responsabilidad de José Areán con letárgicos tempi que hicieron que la partitura cayera en una profunda monotonía como sucedía en el plano visual. Sin matices ni fuerza, la obra languideció inevitablemente como la luz a la cual se refiere la protagonista en el aria del segundo acto.

El coro, a cargo de Luis Fernando Luna, tuvo serios problemas con las entradas musicales causados por la disposición de la agrupación a los costados del escenario que provocaron también un volumen muy bajo que no permitió escuchar adecuadamente su desempeño que desembocó en una interpretación dispareja y distraída.

En la producción de Sergio Vela imperó el aspecto visual y la música pasó a segundo término. Algunas de sus propuestas fueron interesantes, como el situar a las brujas suspendidas a lo alto del escenario, pero al mismo tiempo abusó de este recurso, lo cual diluyó la innovación para convertirla en un trivial acto acrobático.

La fusión de los actos primero y segundo, así como el tercero con el cuarto, fue una decisión arbitraria que no tomó en cuenta el desgaste vocal y físico que representa para los intérpretes. La pretendida "continuidad dramática", es una idea poco fundamentada y una imposición que atenta contra el interés del público. Pareció ser que Vela consideró que Verdi no tenía la capacidad de construir adecuadamente una ópera de cuatro actos y que dichas pausas no obedecían a razones justificadas.

La creatividad no está reñida con el concepto unificador de las artes representado por la ópera, pero la falta de balance entre los elementos condujo a una puesta en escena estática carente de sentimientos y emociones. A pesar de los recursos con los que se contó, esta carencia originó que la puesta se asemejara más a una ópera-concierto o a un oratorio.

Con conceptos inspirados en puestas en escena minimalistas como las de Robert Wilson, se hizo énfasis en el simbolismo plástico de la escenografía y la composición del "trazo" escénico. Más que ser un parteaguas en las producciones en nuestro país, como es pretensión común de muchos realizadores, este Macbeth fue otra de tantas puestas mediocres que revelan un gasto innecesario y carente de toda visión artística cabal.