"Rigoletto" en Houston

por Luis Gutiérrez

 

Director musical: Patrick Summers
Director de escena: Frank Corsaro
Escenografía: Michael Yeargan
Vestuario: Peter J. Hall
Iluminación: Paul Pyant

Il Duca di Mantova: Roberto Aronica
Borsa: Scott Scully
Rigoletto: Chen-Ye Yuan
Contessa: Ceprano Kristin Reiersen
Marullo: Aarón Judisch
Conte Ceprano: Joshua Winograde
Conte Monterone: George Cordes
Sparafucile: Raymond Aceto
Gilda: Laura Claycomb
Giovanna: Angela Niederloh
Un paje: Marie Lenormand
Un guardia: Gustavo Hernandez
Maddalena: Stephanie Novacek

Me persigue últimamente una maldición con "Rigoletto", pues he asistido a dos funciones que prometían un gran cantante en el personaje principal y solo he logrado dos cancelaciones seguidas por dos sustituciones lamentables. La primera sucedió el pasado marzo cuando Mark Delavan fue substituido por Gaétan Laperriére en la New York City Opera y la segunda el pasado 2 de noviembre en Houston cuando Dmitri Hvorostovsky se reportó enfermo y fue substituido por el barítono chino Chen-Ye Yuan.

Había leído críticas poco favorables sobre la actuación del barítono siberiano como Rigoletto, pero estoy seguro que el señor tiene una bella y potente voz, cualidad de la que el señor Yuan carece. Su voz no es ni potente ni bella. La belleza es algo subjetivo, pero no la potencia vocal, que se evidenció durante "Cortigiani, vil razza danata", cuando el director redujo ostensiblemente el volumen de la orquesta después de tres compases, con el objeto de no "tapar" la voz del señor Yuan. Sin embargo, su interpretación vocal no fue lo peor. Su actuación puede calificarse como
lamentable pues aparentemente sus modelos de actuación son Bela Lugosi y Mike Myers, el de "Austin powers", en el mejor de los casos, o Pavarotti, en el peor.

Lo positivo de la función fue la actuación de la soprano tejana Laura Claycomb, quien interpretó bellamente el papel de Gilda tanto vocal como histriónicamente. Durante "Caro nome" mostró un claro dominio de los pasajes de coloratura intrincada y en los duetos su musicalidad.

El Duque de Aronica fue un ejemplo de lo que se puede hacer cuando alguien tiene un buen instrumento, pero no se tienen ganas de dar una buena función. En cambio los asesinos, Aceto y Novacek, demostraron lo contrario, es decir muchas ganas de dar una buena función pero sin los atributos básicos.

Habré de decir que la producción de Corsaro no me gustó en absoluto. En primer lugar da a entender durante el Preludio que la obra se desarrolla entre locos, pues se muestra a Rigoletto conducido a escena portando una
camisa de fuerza, recurso bastante estúpido al querer tratar un tema como el de Rigoletto, que es un hombre malo, muy malo, que lo único positivo que tiene es el amor por su hija. Rigoletto no está loco, ni lo están el depravado Duque ni sus cortesanos. En todo caso, la única realmente desequilibrada es Gilda quien, pese a todo, sigue amando al Duque hasta el final. Además del recurso del manicomio, Corsaro también nos pinta a un Rigoletto tipo playboy, quien se la pasa metiendo mano a cuanta mujer ve en la primera escena. El nadir de la producción se alcanzó durante el coro de los cortesanos del acto II, en el que se obligó a los coristas a dar unos pasitos de baile totalmente ridículos. La escenografía, aunque minimalista, fue adecuada en mi opinión, ya que refleja adecuadamente tanto el texto como las intenciones de Verdi.

Patrick Summers dirigió con precisión, pero con una falta de pasión exasperante, aunque uno puede preguntarse cómo puede cualquier director sentir pasión con la materia prima que estaba en el escenario.