|
ROMEO Y JULIETA EN EL TEATRO MUNICIPAL DE SANTIAGO DE CHILE |
|
por Jaime Torres G. |
|
30 de septiembre de 2000 |
|
El último título
de la temporada lírica del Teatro Municipal de Santiago correspondió
a "Romeo y Julieta" de Charles Gounod, única
ópera francesa programada para este año. Gounod representa
lo más genuino del Romanticismo en Francia por las temáticas
abordadas en varias de sus obras, su gran libertad en la forma en
que desarrolla las estructuras musicales, su inconfundible don de
melodista y un verdadero conocedor de todos los géneros musicales;
además, se caracteriza por su magnífica conjugación
de lo intimista y lo grandioso, plasmado en una elegancia estilística
sin igual. Inmortalizado por su "Fausto", podemos
decir con justicia que su segunda obra maestra - desde un punto de
vista de permanencia en el tiempo - es justamente "Romeo y
Julieta", obra cuya complejidad recae en una más que
adecuada representación de la misma, ya que por su gran duración
(la consideramos innecesaria por entrar en ciertas reiteraciones del
texto que sólo se sustentan por la belleza de las melodías)
requiere de artistas de primer nivel. Gran artífice del triunfo de esta producción corresponde a nuestro compatriota Maximiano Valdés, director de orquesta de relevancia mundial y muy conocedor de esta ópera (la dirigió en la Opera de París con el más grande Romeo del siglo 20, Alfredo Kraus). Deslumbrantes los resultados que Valdés obtuvo de los músicos de la Orquesta Filarmónica de Santiago, al recrear la adecuada atmósfera psíquica para los distintos estados de ánimo de los personajes a través de un sonido intimista y envolvente - sin caer en lo voluptuoso ni en lo etéreo - de una empática y equilibrada lectura, y por supuesto siempre al servicio de las voces; gran empaste en las cuerdas, maderas y bronces, marcaciones de tiempos claros, concisos y profundamente sentidos. Después de esto no cabe dudas que debiera requerirse al maestro Valdés para un "Pelléas et Mellisande", "Juana de Arco en la Hoguera", "Manon" (Massenet) y "Thais". En cuanto a la reggie, ésta estuvo magníficamente a cargo del conocido Antonello Madau Diaz, quien logró explotar al máximo las estupendas condiciones de actuación de la pareja de amantes y comprimarios. Interesante la ocupación del espacio, al concebir una suerte de "triangulación" del drama y, en consecuencia, una efectiva disposición de los personajes - los dos amantes por encima de las opuestas familias - anulando cualquier aglomeración que pudiera perjudicar la globalidad del discurso y permitiendo gran libertad de desplazamiento en los primeros planos del escenario. Sin dudas que esta acertada concepción se vio coadyuvada por un amplio, equilibrado y elegante diseño escenográfico de Pablo Núñez, y un vestuario de auténtica historicidad del mismo Núñez. La iluminación de Ricardo Castro, muy efectiva. Acertado el efecto de proyectar sobre un telón semitransparente el texto del coro inicial y el rostro de Tebaldo en la escena de la habitación de Julieta cuando se dispone a beber el filtro. De los comprimarios, se destacaron un convincente Sergio Gómez como Fray Lorenzo, un gran Tebaldo de Luis Olivares, un canchero Richard Byrne como Mercutio, un timbradísimo Copuleto de Rodrigo Navarrete, una estupenda nodriza de Lina Escobedo y una encantadora Stephanie Elliot como Stephano. El Coro Profesional de Santiago, como es costumbre, de primer nivel y bien lograda la coreografía del primer acto a cargo de Jaime Pinto. En suma, quedamos con un gran referente del último título de una errática temporada de ópera que prometía ser mucho más de lo alcanzado. |