REQUIEM de G. Verdi

por Jaime Torres Gómez

 

El viernes 13 de julio, en el Teatro de la Universidad de Chile, se dio inicio a la Temporada Internacional de la orquesta Sinfónica de Chile, después de un disparejo Festival Italiano y una acertada Temporada del Descubrimiento.

Bajo la firme dirección del maestro David del Pino Klinge, la Misa de Requiem de Giuseppe Verdi fue la obra escogida para inaugurar esta nueva temporada internacional, y como tributo al centenario de la muerte de este compositor.

En los últimos años se ha tenido la suerte de presenciar buenas versiones de esta importante, aunque polémica obra, que sin dudas evidencia una increíble sinceridad. En esta segunda versión del maestro Del Pino Klinge nos ofreció una renovada concepción, y por cierto, de muchos hallazgos.

Así, el director titular del conjunto sinfónico obtuvo absoluto dramatismo, pero sin caer en lo trágico, tentación por cierto muy grande, por tratarse de una música compuesta por quien trabajó esencialmente para la escena. De esta forma, las velocidades arrancadas del Dies Irae llegan al umbral de lo desafiante y peligroso, pero a la larga con adecuada contextualización. El Lacrymosa obtuvo un empaste de profundo llanto contenido, realzado por los toques del timbal y el bombo, de envolventes timbres. En el Sanctus, realmente se logró transmitir el júbilo para la mayor alabanza al Creador, sacando a relucir de una manera fresca y transparente todas las voces del coro en la magistral doble fuga. Y en el Liberame, Del Pino hace una extensión de tempis hacia el final fuera de lo común, logrando dar una notable solución al puente de la angustiante plegaria a la ulterior conformidad mística.

En cuanto a los solistas, hay que destacar la probada musicalidad de cada cantante, no obstante considerar que la elección del importante barítono argentino, Luis Gaeta, no fue la más afortunada, ya que simplemente la tesitura que se requiere es de un bajo-barítono, y no de barítono puro; a pesar de este grave error, Gaeta cantó con absoluto profesionalismo. La mezzosoprano, Pilar Díaz, sin dudas que posee una voz privilegiada y un bello timbre, pero no adecuado para afrontar, en una sala de conciertos, esta obra ya que las exigencias de volumen no son las precisas para el material aquí disponible. En todo caso, demostró con creces su profundo conocimiento de la obra, servido con una línea de canto extraordinario. De gran recuerdo será su importante intervención en el Agnus Dei y Lux Aeterna. El tenor Gonzalo Tomckowiack, nuevamente sorprendió por su acabada musicalidad y buenas condiciones vocales, entregando un Ingemisco de primera calidad. La soprano Miryam Singer deslumbró en el arrebatador Liberame, entregando una galería de colores de ágil dinámica, amén de una emocionante compenetración del texto.

El Coro Sinfónico, preparado por su titular Guido Minolletti y el maestro adjunto Hugo Villarroel Garay, sin dudas tuvo una destacada participación, obteniéndose buena claridad de timbres y fluida amalgama al tejido orquestal. Muy destacable las voces de las mezzosopranos y contraltos en el Liberame, que proyectaron una envolvente textura.

En suma, un auspicioso debut de temporada, y lo mejor, un gran tributo a Giuseppe Verdi.