La Traviata en homenaje a Verdi

por Erick B. Zermeño Morales*

 

Para conmemorar los 100 años del fallecimiento del genio de la ópera italiana Giuseppe Verdi, se presentó en el Teatro del Palacio de Bellas Artes La Traviata (La descarriada). El elenco estuvo encabezado por la española Ángeles Blancas como Violetta Valéry, hija de la soprano Ángeles Gulín a quien se escuchó en México como Abigaile y Leonora de Sesé en 1969. Con una voz que corría bien por el teatro en la prima (estreno) del domingo 11, Ángeles abordó su papel con gran nerviosismo y desafinó en ciertos pasajes, por lo que su actuación la salvó. Gracias a ciertas frases bien resueltas y ya sin nervios, el domingo 18, Blancas afrontó con problemas el primer acto ya que la coloratura no se escuchó libre y después del Si agudo, su voz se forzaba cada vez más, por lo consiguiente, no emitió el no escrito pero sí emocionante Mi bemol del final. Ya para los siguientes actos tuvimos un buen desempeño de la española con un buen centro y matices correctos, aunque con una sobreactuación patente en la última escena.

Como Alfredo en la prima tuvimos a Alfredo Portilla, a quien sienta excelentemente bien el papel aunque fue una lástima que tuviera problemas de salud y que no ofreciera una función de alto rendimiento como él acostumbra. Para las siguientes funciones entró para debutar el tenor Carlos Arturo Galván quien además de alternar, era el cover (suplente) de Portilla. En la función del domingo 18 tuvimos la grata sorpresa de que Rolando Villazón fuera llamado de emergencia de Europa para cantar Alfredo, papel que ya presentó con éxito en diversos escenarios. Fue así como se disfrutó una excelente función gracias a la sentida actuación de Villazón con un Alfredo de tanta carga emotiva que no se había visto en este recinto desde hacía mucho tiempo. Con un canto lleno de matices y adecuada dicción, el tenor hizo que el público le diera al final una sonada ovación muy merecida.

En cambio, el Giorgio Germont del veracruzano Genaro Sulvarán fue sumamente aburrido tanto vocal como histriónicamente, ya que fue nula su emoción y sentimiento durante toda su ejecución. Vocalmente fue constante y digno, pero sabemos que puede dar mucho más. La dirección de escena y coreografía de Lorena Glinz fue básica y sin mayor creatividad en el trazo escénico, en el que incluyó un desnudo que más que representar el desenfreno del París decimonónico, más bien emuló a un burdo table dance. La idea original de la escenografía de Gloria Carrasco fue buena en teoría, aunque se notó la baja calidad en la ejecución de los acabados, que no se justifica por la falta de presupuesto porque bien se puede realizar el mismo diseño pero con calidad y detalles.

En el foso estuvo Guido Maria Guida que dio pocos silencios y respiraciones a los cantantes, matizó adecuadamente y tuvo buen cuidado del sonido de la orquesta. Luis Fernando Luna condujo acertadamente al coro con vigor y buena intención dramática. Estos elementos contribuyeron en gran medida en hacer de esta ejecución muy digna de cualquier teatro importante del mundo, por lo que no se pierda esta ópera y conmemore así a uno de los mejores compositores de ópera de todos los tiempos.

*colaborador de la revista mexicana especializada Pro-Ópera