El maleficio de los jacintos o El Maleficio del Performance

por Mario Marín Del Río*

 

Dentro del marco de las actividades del Festival del Centro Histórico de la Ciudad de México se presentó el pasado 7 de marzo en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, la ópera contemporánea El maleficio de los jacintos, de la cubana Tania León. Basada en la obra del Premio Nobel de Literatura africano Wole Soyinka que versa sobre la historia de un perseguido injustamente acusado y de la vida bajo el totalitarismo desarrollada en un medio fantástico, se llevó a cabo con la participación de la producción y elenco del Gran Teatro de Ginebra, Suiza dirigidos por la propia compositora. Para muchos espectadores no iniciados, la principal barrera para apreciar el género operístico es la preponderancia de la música sobre la acción dramática. Es así como la música es el medio esencial por el cual una ópera transmite a los espectadores los sentimientos y las motivaciones de los personajes, por lo que la actuación, la escenografía y la iluminación son elementos indispensables pero subordinados al fundamental que es la música. Con toda justificación, la ópera contemporánea puede explorar caminos vanguardistas, pero el público deseará que en cualquier espectáculo denominado ópera la música juegue este papel fundamental y se constituya en un elemento de alto valor por sí misma.

La música que se escuchó en El maleficio de los jacintos, no cumplió con este papel. Sin cuestionar su valor artístico, lo cual podría ser muy subjetivo, era evidente que la escenografía la iluminación y el desplazamiento de los actores llevaban la mayor carga simbólica y emocional que se pretendía comunicar al espectador. Incluso, acotaciones fuera del libreto musical que aparecían en el supertitulaje eran indispensables para establecer a algunos personajes y ciertas situaciones. El flujo sonoro fue un símbolo más de una búsqueda de integración artística, pero fue el elemento más débil del conjunto. Esto se debió, principalmente, a su pasmosa uniformidad, rota sólo en parte por la inclusión de ciertos elementos melódicos bastante predecibles, que no contribuyeron mayormente a diferenciar situaciones o estados de ánimo. Por tanto, en ciertos momentos más que una melodía, recordaban la música incidental de una banda sonora o soundtrack cinematográfico.

Llamaron la atención particularmente los exagerados movimientos corporales de los intérpretes y la preocupación plástica del diseño escénico, lo cual era entendible por la necesidad de comunicar efectivamente la trama y los sentimientos de los personajes, pues la música difícilmente hubiera bastado para ello. Pese a su complejidad, los conceptos fundamentales del espectáculo resultaban claros. Los diversos símbolos plásticos, las metáforas de la historia, la importancia del tema y la trama, eran perfectamente comprensibles por el espectador, pero su comprensión no derivó a emoción alguna.

Los personajes no fueron creíbles ni las situaciones interesantes, ya que el conflicto estaba planteado, pero la intensidad dramática fue casi nula. A guisa de performance, todo se redujo a un juego "intelectual" de interpretación simbólica, que exige un interés a priori del espectador. No fueron pues, ni la música ni la trama, los elementos que capturaron la atención del espectador y para muchos asistentes el seguimiento de la puesta se vio reducido a esperar los constantes cambios de escenografía e iluminación, los cuales fueron interesantes y mostraban los grandes recursos técnicos de que disponen los espectáculos en la actualidad. Esto es probablemente lo que pesó en el ánimo de la mayoría de los asistentes que aplaudieron, con poco entusiasmo ¾y por compromiso¾ al final de la presentación. Valorar una obra artística, particularmente de vanguardia, es una cuestión subjetiva y polémica para los críticos y teóricos del arte, pero es mucho más sencillo para el espectador común, el cual probablemente se siente satisfecho con experimentar emoción en la apreciación de la obra y no ansiar desesperadamente su final o la pausa del entreacto, la cual nunca llegó.

Si la obra hablaba de la represión y del deseo de escapar de una situación tortuosa, comunicó su mensaje efectivamente, incluso a aquellos que no la disfrutaron pero que en su desarrollo experimentaron algo similar.

*colaborador de la revista mexicana especializada Pro-Ópera