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Director concertador: James Levine
Producción original: Elijah Moshinsky
Dirección de escena: Laurie Feldman
Escenografía y vestuario: Michael Yeargan
Iluminación: Gil Wechsler
El maestro de música: Wolfgang Brendel
El mayordomo: Waldemar Kmentt
Un lacayo: Patrick Carfizzi
Un oficial: Mark Schowalter
El compositor: Susanne Mentzer
Bacchus/ tenor: Richard Margison
El fabricante de pelucas: John Fiorito
Zerbinetta: Lyubov Petrova
Ariadne/ la prima donna: Deborah Voigt
El maestro de danza: Graham Clark
Arlequín: Mark Oswald
Brighella: Gregory Turay
Scaramuccio: Eric Cutler
Tufaldino: Paul Plishka
Najade: Joyce Guyer
Dryad:e Jane Bunnell
Echo: Korliss Uecker
Dicen que Richard Strauss fue un compositor que continuó la
tradición inaugurada por Richard Wagner, pero que siempre mantuvo
una admiración ferviente por la obra operística de un
tal Wolfgang Amadeus Mozart. Esto es patente en Ariadne auf Naxos,
ópera que en su primera versión siguió a Der
Rosenkavlier y que alcanzó su forma final después de
Die Frau ohne Schatten.
Fui la noche en cuestión al Met con dos grandes ilusiones:
escuchar por primera vez esta ópera y, también por primera
vez, tener la oportunidad de presenciar la actuación de una
de las estrellas más brillantes del universo operístico
actual, Natalie Dessay. Desgraciadamente, la soprano francesa canceló
sus cuatro funciones por problemas de salud, pero fui recompensado
no solo con una representación estupenda de la ópera,
sino también pude admirar el canto y actuación de la
joven soprano coloratura Lyubov Petrova, quién seguramente
llegará a ser muy importante en un futuro no muy lejano.
La joven cantante rusa exhibió un dominio sorprendente sobre
la coloratura legendaria que demanda el papel de Zerbinetta, alcanzando
in dificultad el fa sobreagudo, sin que en ningún momento se
pudiese sentir tensión en su voz. Su actuación también
fue sobresaliente, especialmente dada su juventud, ante un auditorio
totalmente lleno que la premió generosamente al final del Prólogo
y de la ópera, así como interrumpiendo con sus ovaciones
(¡horror
wagneriano!) al terminar su gran aria. Por cierto, además de
ser estupenda cantante y magnífica actriz, la señorita
Petrova cuenta con un físico muy pero muy atractivo.
Debo de mencionar que existe una cantante norteamericana, mezo es
ella, que no cuenta con el aparato publicitario de otras cantantes
como René Fleming o Susan Graham. Me refiero a Susanne Mentzer
quien tuvo una función fenomenal como el compositor, una más
de las funciones sensacionales de las que he sido testigo. El compositor
de Ariadne es una parte muy breve, originalmente escrita para soprano,
pero cualquier mezo con buenas altas desea interpretarlo. La Mentzer
estuvo grandiosa cantando el himno la música que corona la
particella de este personaje.
Pero lo bueno no acabó con las dos damas mencionadas. Deborah
Voigt es hoy en día la "dueña" del papel Ariadne.
Lo cantó con su acostumbrada potencia vocal y con una belleza
de tono tal que me hicieron emocionarme como hacía mucho no
me pasaba. Richard Margison como Bacchus no se quedó atrás
y logró una gran empatía tanto con Ariadne como con
James Levine y, sobre todo, con el público.
Para completar esta magnífica noche de ópera, el veterano
Wolfgang Brendel logró redondear un gran maestro de música,
que en realidad es el director de la orquesta de la ópera a
presentarse en la casa "del hombre más rico de Viena".
La última joya de la noche fue la presentación del veteranísimo
Waldemar Kmentt, quien debutó en el Met este año no
cantando pero actuando un excelente mayordomo. En realidad es una
lástima que el Met nunca haya presentado a este gran cantante
haciendo eso: cantar.
El reparto fue completado con un gran equipo de cantantes en papeles
de apoyo, como los atores de la compañía de la commedia
dell'arte y las tres deidades de la opera seria. En este rubro destacó
la maravillosa Echo de Korliss Uecker.
La producción de Moshinsky, de 1992, es una de las más
bellas e inteligentes que he vito recientemente en el Metropolitan,
entendiendo cabalmente tanto la presentación de una opera seria,
con esas diosas colocadas a gran altura, como el ambiente dieciochesco
en el que se desarrolla esta obra.
James Levine y la orquesta del Met tuvieron una actuación de
aquellas que hace decir a mucha gente que este instrumento, la orquesta,
es uno de los mejores del mundo en cuanto a ópera se refiere.
En resumen, asistí a una maravillosa interpretación
de una ópera muy bella.
Esta función me hizo decir "por algo el Met es el Met".
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