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REGULAR
JUSTICIA PARA GIACOMO PUCCINI |
por
Francisco Arvizu Hugues |
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Con
una modificación en el elenco preparado -la soprano Olivia Gorra por
Marybel Ferrales, en el rol de Musetta- fue representada una vez más en
nuestra ciudad la ópera La bohème (1896), de
Giacomo Puccini (1858-1924), con la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ),
su titular al frente, el Coro del Estado y el coro infantil Xochiquetzal,
dirigidos por Pascual González, así como Francisco Franco en la dirección
escénica, dentro del tercer Festival Cultural de Mayo Jalisco 2000. Eugenia
Garza, en el papel de Mimí, evidenció una voz todavía inmadura, con
problemas graves en el sostenimiento de la línea de canto, un centro
difuso y una cierta disposición a cantar en entonación baja; su aria
inicial, del primer acto, "Sì, mi chiamano Mimì", no obtuvo
brillantez, por su línea de canto inestable y cargada de emisión capretina,
aparte de desacuerdos con al director-concertador. Fue hasta el acto
tercero, en el breve fragmento "Donde lieta uscì", cuando la
joven soprano logró sus mejores instantes vocales e interpretativos. Por
otra parte, compuso un personaje bien trazado en su caracterología física,
pleno en acentos "humanos" y de soltura escénica solvente. A su
lado, el tenor Leonardo Villeda fue la figura vocal más consistente de la
función (aún con la intromisión de un desliz mayúsculo en el do agudo
del aria principal, "Che gelida manina"); todavía mostrando
inseguridades actorales, Villeda posee un sonido fácil y penetrante,
claro, y si bien no hace gala de una musicalidad estricta, sí impone
vigor y personalidad a su trabajo. No es un timbre bello el de Villeda,
mas sus progresos son palpables, respecto su labor como Pinkerton en la Madama
Butterfly del año pasado, sobre todo en lo que respecta a la
consolidación de la zona del passagio de su voz de tenor lírico
brillante, fa-fa sostenido-sol. Jesús
Suaste, en el papel de Marcello, brindó una actuación incolora en lo
vocal y exacerbada en los escénico: mejor controlado su sonido que en
anteriores ocasiones que ha actuado en el Degollado, aunque con el vigor
sonoro en aparente retirada; un comienzo incierto, con líneas
desencajadas y sonido sin foco tonal, fue mejorando a lo largo de la
noche, aunque sin lograr toda la redondez necesaria. Olivia Gorra no tuvo
grandes problemas en la asumisión de la parte de Musetta, por las
agravantes mencionadas arriba, pero su voz ha perdido brillo, impostación
y son frecuentes en ella las notas calantes. Fue evidente su esfuerzo por
hacer una cocotte ligera y desenfadada, pero su integración de última
hora al reparto le restó naturalidad a su trabajo. Rosendo Flores, en
Colline, ya no brilló tanto como en ocasiones anteriores; su peso vocal
-curiosamente- se ha adelgazado, falta esa contundencia sonora de antaño.
Igual, en el plano escénico se notó prudente, parco. El elemento menos
favorecedor del cuarteto de bohemios fue el Schaunard de Martín Luna, con
una tesitura indecisa, musicalidad cuestionable y rigidez actoral. Los
incidentales de Benoit y Alcindoro, sin pena ni gloria, por Arturo López
Castillo; lo mismo para Jorge Arturo García Flores, en Parpignol, y
Carlos Monzón, como el oficial aduanero. El
Coro del Estado, mejor en la sección masculina; escualidez en impacto,
dado su escaso cuerpo sonoro. Cumplió, tan sólo. La agrupación de voces
infantiles se acopló bien al ensamble del acto segundo, sin mayores
problemas. La Orquesta Filarmónica de Jalisco ejecutó su parte con las
anomalías acostumbradas, contando un muy criticable momento de vacío
instrumental en el primer cuadro del acto inicial; cuerdas indisciplinadas
y, por instantes, desniveles en alientos-maderas. La dirección escénica
de Francisco Franco podría calificarse de parca, nada más; no se atrevió
con grandes innovaciones, movió con soltura, pero sin caer en el astracán
absoluto del pasaje jocoso en la apertura del acto final, dio fluidez al
conjunto de las acciones callejeras del segundo acto, aunque con algún
abigarramiento en el manejo del coro; en síntesis, una mesura
generalizada. La iluminación sin grandes sobresaltos y un tono acorde en
vestuario (el director escénico dejó el sombrero de copa en Rodolfo,
cuando las peripecias del café Momus, un detalle poco frecuente en
representaciones mexicanas). Sin
duda, el punto más cuestionable de esta Bohème recae en la
dirección-concertación de Guillermo Salvador: tiempos laxos,
artificiosamente extendidos, contrarios a la eficacia dramática de
Puccini y sus libretistas; verdaderos baches en ritmo y, en contraparte,
abandono total en dinámica, nociones ajenas a la continuidad de las
acciones, además de frecuentes desacuerdos entre el foso y la escena,
como el incidente del primer acto. Así,
con estas representaciones se refrenda la mira en Leonardo Villeda y la
ocasión favorable de contar con un director escénico ecuánime,
enterado, y que no trata de innovar por medio del oropel. Por último, el
supertitulaje, a cargo de Francisco Méndez Padilla y Óscar Tapia, fue
oportuno y sintético.
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