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DON CARLO en la Ópera de París (Bastille), 3 de abril de 2001 |
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por Luis Gutiérrez |
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Director concertador: James Conlon Tuve la suerte de presenciar esta función de "Don Carlo", ópera que, por alguna razón que se me escapa, algunos exquisitos definen como la obra maestra fallida del Oso de Busseto. "Don Carlo", es sabido, tiene por lo menos cinco versiones. La compuesta originalmente por Verdi que tuvo que ser cortada aún antes del estreno, la que se estrenó en París el 11 de marzo de 1867, en francés y cinco actos con ballet, la estrenada en Nápoles en 1872, idéntica a la de París aunque traducida al italiano y con adiciones en los duetos de Filippo y Posa y de Carlo y Elisabetta, la versión estrenada en 1884 en La Scala, reducida a cuatro actos, y la conocida como versión de Modena de 1886, publicada por Ricordi como "una nueva edición en cinco actos sin ballet". Las versiones que se oyen actualmente, aún en París, son la de 1884 y la de 1886. La versión interpretada en esta ocasión fue la de 1884 que, en mi opinión, tiene el grave defecto de omitir el llamado acto de Fontainebleu que incluye la mejor aria de Don Carlo y uno de los duetos de amor más bellos compuestos por Verdi y cuyo tema musical se oye muchas veces en la obra. Afortunadamente este tema recurre varias veces en la ópera, pero los no iniciados no entienden por qué. Otro defecto de esta versión es que la aparición del retrato de Don Carlo en el cofre de joyas de Elisabetta en el acto III no tiene explicación lógica. Tenemos que recordar que el retrato fue obsequiado por el infante a la reina durante el dueto omitido. Ambas versiones tampoco explican la confusión de identidades entre la reina y Eboli al principio del acto II, motivada por la entrega de la máscara de Elisabetta a la princesa al empezar el ballet omitido en ambas ocasiones. Pero lo anterior no impidió en forma alguna una función inolvidable. Aunque el protagonista es un tenor, el antecedente directo de Radamés, Verdi compuso esta obra principalmente para voces masculinas graves, tres bajos y un barítono. El joven bajo alemán René Pape tuvo una magnífica interpretación de Filippo II. Las confrontaciones con el Marqués de Posa y el Gran Inquisidor fueron dos escenas que tuvo a todo el auditorio al borde de sus asientos y el público explotó en un larguísimo aplauso al final de su gran escena y aria, "Ella giammai m'amò!". No me extrañaría que René Pape fuera considerado en un no tan lejano futuro un bajo de la talla de Chaliapin, Christoff o Siepi. Los otros dos bajos estuvieron a la altura de las circunstancias. El islandés Kristinn Sigmundsson interpretó a un autoritario y siniestro Gran Inquisidor, lleno de poder y cuya intervención para finalizar la revuelta al terminar el acto III fue realmente impresionante. El italiano Mario Luperi, limitado alas intervenciones del fraile en que Carlos V se convirtió mostró una voz potente y precisa, perfecta para el papel. El papel de uno de los papeles más simpáticos de la historia de la ópera, Rodrigo Marqués de Posa, fue cantado magistralmente por el barítono español Carlos Álvarez, quien dio un mentís absoluto a aquellos que afirman que ya no existen barítonos verdianos. El dueto de amistad con Don Carlo tuvo una ternura y una verdad insuperables, así como su dueto con la princesa Éboli estuvo cargado de galantería e intención. En la escena con Filippo, Álvarez y Pape lograron una confrontación tal que ambos tomaban la mano superior alternativamente sin que el otro se viera disminuido. Su muerte fue también interpretada magistralmente, tanto musical como dramáticamente. Puedo afirmar que tenemos barítono verdiano para rato. Esta ópera es una de aquellas en las que el papel titular no cuenta con la mejor parte. Especialmente al omitir el primer acto. Sin embargo, el tenor ruso Sergei Larin impartió belleza y profundidad tanto a sus intervenciones en números de conjunto como a su aria. En la escena del auto de fe, tuvo una destacada intervención. La mezzo americana Dolora Zajick tuvo una actuación a la altura de la de sus contrapartes masculinas. Sus dos intervenciones, la canción del velo y la mejor aria verdiana para mezzo, "O don fatale" también lograron arrancar estruendosos aplausos del respetable. Desgraciadamente el vestuario que le asignaron al final del acto III, en el que ella incita a la rebelión, la hizo aparecer un poco ridícula, sobre todo por el uso de un sombrerito cordobés que la hacía verse como tachuela. De los personajes principales el único que no estuvo perfecto fue el de Elisabetta, interpretado por la soprano rusa Marina Mescheriakova, quien posee unos agudos muy bellos y muy potentes, pero que carece de buenos registros bajo y medio y, sobre todo, de la capacidad de cantar no ya pianissimo, sino aún piano. Tebaldo, la voz del cielo y los diputados flamencos tuvieron una participación adecuada. Una escena clave, por espectacular, es la escena de la coronación de Filippo y el subsiguiente auto de fe. La presentación de esta escena fue maravillosa, destacando la actuación del coro de la Opéra de Paris que me demostró que todavía hay excelentes coros de ópera. Sugeriría a los coristas del Met se dieran una vueltita por París donde, por cierto, no creo que los problemas sindicales sean inferiores a los de New York. La producción de Graham Vick es bastante soportable, aunque el inglés no deja de enviar sus mensajes extraños, como la omnipresencia de una cruz de luz que alude claramente a la Inquisición o a la famosa Leyenda Negra tan en boga el siglo 19. Su mejor cualidad fue su parquedad que causó que los intérpretes tuvieran la libertad necesaria para poder expresar el drama original de Schiller a través de la maravillosa música de Verdi. En resumen, asistí a una de esas funciones que me explican por qué amo tanto la ópera. Ojalá que este tipo de espectáculos se repitiese más a menudo. Luis Gutierrez |