Il Trovatore (Giuseppe Verdi) Teatro Real, Madrid. 7 & 15 de junio de 2007

por NICO

 

Leonora: Fiorenza Cedolins / Azucena: Dolora Zajick / Manrico: Francisco Casanova /  Luna: Anthony Michaels-Moore / Ferrando: Raymond Aceto / Inés: Amparo Navarro / Ruiz: Francisco Corujo. Dirección musical: Nicola Luisotti. Dirección de escena: Elijah Moshinsky. Producción del Teatro Real, en coproducción con la R.O.H. Covent Garden (año 2000) / Orquesta & Coro Titular del Teatro Real.
Vuelve al Teatro Real su coproducción de “Il Trovatore” con el Covent Garden, y al igual que sucedió hace siete años ha pasado desapercibida. La dificultad impuesta por el propio libreto a Elijah Moshinsky, director escénico, y Dante Ferretti, escenógrafo, una vez más no ha sido superada. La gran producción del que es uno de los mejores verdi’s, y una de las joyas de la historia de la ópera, está aún por llegar. Y lo hará el día en que se venza la propia estructura del texto, constituido en su gran mayoría por raccontos referidos a hechos ya pasados, narrados en escenas nocturnas, dando siempre impresión de iluminación lúgubre. La pasada temporada, la producción de “Luisa Miller” dio en el clavo en lo que podría ser la solución a tales trabas, en la escena en la que se cuenta el asesinato del conde, al representarla figurantes a modo de flash-back en un cuadro aparte dentro de la caja escénica. La idea podría funcionar aún mejor y más brillante y espectacularmente en este título, cuyas narrativas pasadas refieren a brujerías de dramáticas consecuencias, funestas piras, torneos de caballeros o trovadores encandiladores. Amén de esta propuesta, y por la que yo debiera cobrar si algún día alguien se le ocurre plasmarla en escena, poco hay que comentar sobre la producción que nos ocupa. Un atrezzo gustoso, algún cuadro sugerente (entrada al convento de “Leonora”) o sorprendente (altos hornos en el campamento de gitanos) que no van a impedir dejar otra vez en el olvido este montaje por lo baladí de su intención. Consecuencias que tampoco va  a poder evitar la última moda de hacer aparecer al primer cantante por entre la platea: esto ya no sólo no sorprende a nadie, si no que llega a molestar1.

Otra cosa ha sido el nivel de los intérpretes en esta ocasión, mucho más notable que el del año 2000, del que no se recuerda nada salvo el affaire Cura, algo que encima pasó tras los acordes finales. No es nada fácil hoy día reunir las cinco voces que implica la partitura verdiana, hasta el punto de dar por bueno todo aquel balance que logre reunir al menos dos, como así sucedió en Madrid. El primer problema ya se tiene en la mesa cuando se minusvalora la labor del bajo, “Ferrando”, quien al inicio de la ópera ha de afrontar una larga y complicadísima escena, temible sobre todo por los planteamientos de agilidades y trabas en la respiración que implica el “Abbietta zingara”. Raymond Aceto no posee ni la voz ni el carácter requerido y sufre de lo lindo con aria y cabaletta. Un cantante de segunda o tercera fila con medios poco apreciables que deja claro en su escucha que se menosprecia la labor de este importante papel, lo que corrobora el hecho de ser el único del quinteto protagonista que no ha tenido descanso en ninguna de las muchas funciones programadas, es decir, aquella dinámica de trabajo propia de particinos. Conviene subrayar en ese campo la labor de Amparo Navarro como “Ines” y sobre todo, apuntarse bien el nombre de Francisco Corrujo, “Ruiz”, quien aprovecha ese arioso inicial del último acto para dejarnos bien claramente apuntada lo que es una voz de tenor dorada, rica y de delicado trazado. Sin salir de cuerda, pero ampliando el contexto, llegamos al tenor protagonista, “Manrico”, para quien el Real tenía revisto el debút en sus instalaciones del francés Alagna que causó baja por enfermedad. Siendo así, el teórico segundo Francesco Casanova pasó a primera fila completando la organización el resto de funciones con otros dos nombres no previstos en la convocatoria inicial. Si llega, Casanova podría ser en sus mejores noches un lírico válido y según para qué empresas, hasta ni eso. Es cierto que ese mismo pecado lo tienen Marcelo Alvarez y el propio Roberto Alagna, los dos “Manrico” más convincentes de la actualidad y en ambos casos recicles al spinto procedentes del campo lírico. Pero si tal reciclaje cobra sentido en estos, a juzgar por los resultados, en el caso de Casanova no tiene ni pies ni cabeza. Sin rotundidad en el centro, ausencia total de agudo que sale estrangulado, herido y casi cero audible, dotes interpretativas bajo mínimos, el de Francesco Casanova resultó ser las antípodas de un “Manrico”. Huella de cantante dejaron algunas frases en el aria “A si ben mio” y sobre todo el inicio del duo “Madre, non dormi”, escena que completó hasta llegar a morir dignamente: escasísimo bagaje para un papel que hace enloquecer hasta al más agradecido espectador, al que siempre se le suele ir la mano tras la “pira” y que tanto el día del estreno como una semana después, cuando parecía estar en mejor estado físico, conllevó apenas unas escasas, tímidas y desganadas palmas de desagravio. Tremenda sensación. Sin duda, tal reacción por parte del público tras ese mítico fragmento es un durísimo castigo, que por naturaleza y espontaneidad es mucho mayor incluso que el directo otorgado a José Cura en 2000 vía bronca final: al menos, al argentino le tocó lo suyo con el telón bajado, sus números durante la ópera fueron ovacionados con normalidad. Anthony Michaels Moore fue la mejor baza de los tres protagonistas varones, sin que ello signifique gran cosa. De hecho es el suyo un “Luna” diccionado a base de escupitajos, y con un rigor interpretativo de incomprensible seguimiento. Pero hay casta de cantante, hay mucha voz y aún cuando tengamos que soportar una emisión cien por cien gutural de consecuencias cavernosas, son admirables algunas barridas de sonido debidas a la amplia capacidad de un instrumento que creemos podría tener mejores resultas si estuviera debidamente explotado. Un caso bien distinto pues a los anteriores partenaires descritos, ya que es el único que posee cimientos para poder hacer Verdi como mandan los cánones, algo palpable en su presentación o en el recitativo “In braccio al mio rival!”, aunque también el sentido del aria de “Il balen” denota la mentada falta de compromiso interpretativo.

Son pues las dos féminas las que no sólo salvan la función si no que la elevan a la exquisitez por momentos. Los amantes de la pasión, del canto estremecedor, de la entrega, de la emisión totalmente externa y brillante, de la frase aterciopelada pero penetrante, en definitiva: del canto, tienen en Fiorenza Cedolins su mejor y más emblemático estandarte. Una delicadeza e inocencia en su canto que no debe llevar al error de tachar cierto lack de forza para afrontar la “Leonora”, si no más bien lo contrario, se sirve de sus poco comparables dotes interpretativas para acariciar al role de esa manera. Cedolins ha entendido a “Leonora” como una quinceañera de fácil y adolescente madurar, y no como un monstruo fiero e implacable fémina como a veces es pintada, craso error. Deja para el frasco de lo inolvidable nuevos filados en “D'amor sull'ali rosee”, parte que borda, gusta y en donde se crea un clima de complicidad con la dirección musical de esos que son de auténtico y continuo goce. La auditoría de la afinación estuvo de enhorabuena el día del estreno donde no cayó en el acorde su cadencia final en dicho solo del cuarto acto, pero como siempre, el acervo de pros de Cedolins es tal que hace olvidar estos puntuales y escasos tropiezos que otrora eran también baladíes en el caso de las mejores del siglo, la mismísima Callas para empezar. Esperábamos como suele hacer los sobreagudos en la repetición del “Miserere” a lo Leontyne Price, pero al parecer ha llegado tocada a Madrid, habiendo cancelado funciones, pero que desde luego ha sabido ocultar bien en los días que la escuché. Físicamente no sólo no se nota nada si no que es increíble el paso que ha dado esta joven soprano en los dos últimos años, de ser una chica más bien regordita y con cara de pan a tener hoy día un cuerpazo de modelo y un rostro fino, sonriente y bello. En definitiva, otro triunfo más, y van todos, para la buena de Cedolins.

Aunque parezca increíble, fue aún más impactante que la de Fiorenza fue la “Azucena” cortesía de Dolora Zajick, con ya decenios de carrera en sus espaldas pero que ha llegad a Madrid en plena forma. Por momentos las oleadas de sonido, en forma de esplendorosos agudos de aleccionadora imposta y graves registrados en el pecho, hacían peligrar la estructura del recinto que parecía venirse abajo, pero no fue así ya que la magistral mezzo es también capaz de plegarse vía canto spianato de trazo especial y personal. No exageraré si afirmo la de Zajick como la voz más colosal que ha pasado hasta ahora por el Real, al menos el restallante sonido, pleno de sol y brillantez así lo demuestran. Gran alegría además haberla podido disfrutar así; en el “Don Carlo” como “Eboli” hace pocos años no fue para nada lo mismo. Queden, entre muchas, para el recuerdo del rigor interpretativo toda la escena “Dell'ava il fine acerbo”, y cómo no, para los amantes del riesgo, la alta velocidad y tensión, el fabuloso exabrupto final “Sei vendicata, o madre!” con el que estuvo a punto de de derribar el aforo. Maravillosas ambas.
Ninguno de los momentos para lo memorable hubiese sido lo mismo sin la labor de la dirección musical. Nicola Luisotti avisó que íbamos a notar el trabajo en equipo que se había hecho para este “Trovatore” y cuando todos creíamos haber visto y escuchado de todo con tan popular y trillada partitura, llega este señor y marca un antes y un después con su revolucionaria, arriesgada y hasta cabe calificar, en el mejor sentido, como irreverente su versión. Puristas y fidedignos puntillosos, apártense de Luisotti. Amantes del disfrute, pasión y sentido de la interpretación, no se pierdan a este joven genio, del que servidor desconocía existencia. Crea, inventar matices, sorprende con contrastes inusitados en la dinámica, léase el concertante final del acto segundo a ritmo de frenético scherzo, sin obviar crecendos marcados con debida gracia por los contrabajos para dar paso a canto concertado de todas las voces en medio piano, que tras la luz verde de las cuerdas pasa a medio forte, …. Jamás vimos creatividad tal en el Real con la ópera italiana, empezábamos a acostumbrarnos a comulgar con una correcta y digna participación o fiel acompañamiento, y nos habíamos olvidado de la posibilidad de arrullarnos con lecturas únicas, sorprendentes y personales. Por si fuera poco, tiene tiempo para ayudar hasta la saciedad a los cantantes, siendo de matrícula de honor el trabajo realizado con Fiorenza Cedolins con la que se notó especial empatía. Inspiradísima orquesta bajo su tutela, limpio y redondeado sonido y de brillante pátina en las cuerdas. El coro masculino aprovecha mejor sus oportunidades por separado que las féminas, un tanto despistadas en su desfile de monjas; juntas las cuatro cuerdas mixtas ofrecen sus mejores resultados que sin para nada dejarse llevar por lo fácil de la popular melodía, tuvieron lugar en el famoso coro del yunque. Vengan muchas así.

Saludos,
NICO

* El día 15 alguien protestó tras el “Stride la vampa” cantado por Dolora Zajick íntegramente en el lateral zurdo del foso orquestal al no haber sido vista por más de la mitad del respetable. La propia constitución del aforo es la que hace que para que todos los asistentes tuvieran visión íntegra, todo debiera tener lugar en un único punto: el centro y en la parte más frontal del mismo, lo cual, obviamente,  es imposible. La arquitectura del foso a la antigua en forma de pronunciada herradura llena de palcos, anfiteatros, y recovecos como se hacía hace siglos y no un aforo abierto y frontal como se hacen ahora teatros y auditorios, es la clave del asunto. El director de escena no puede, ni se le debe exigir arreglar el desliz arquitectónico por el que se apostó, y por ello creo que está fuera de lugar toda protesta al respecto de la explotación de la caja escénica en su integridad.