Cavalleria Rusticana (Pietro Mascagni) I Pagliacci (Ruggero Leoncavallo) Teatro Real, Madrid. 2-marzo-2007

por NICO

 

Cavalleria Rusticana: Santuzza: Violeta Urmana / Turiddu: Vincenzo La Scola / Mamma Lucia: Viorica Cortez / Alfio: Marco Di Felice / Lola: Dragana Jugovic
I Pagliacci: Canio: Vladimir Galouzine / Nedda: María Bayo / Tonio: Carlo Guelfi / Beppe: Antonio Gandía / Silvio: Ángel Ódena
Dirección musical: Jesús López Cobos / Dirección de escena: Giancarlo del Monaco / Escenografía: Johannes Leiacker / Produccón nueva del Teatro Real / Orquesta & Coro Titular del Teatro Real

No debiéramos hablar nunca de varios lustros para referirnos al montante de años que lleve un teatro lírico de cierta relevancia sin programar determinados títulos operísticos sin los cuales ni la música, ni la historia del género, ni por supuesto el disfrute del asistente que paga sería o hubiese sido lo mismo. Por desgracia, se acumulan bastantes ejemplos en este sentido tras diez años de Teatro Real como recinto lírico y ya sabiendo el esquema de lo que vendrá en la próxima temporada, el problema persiste a medio plazo. Títulos por los que el tiempo no pasa, y ni su gran popularidad ni su habitual uso los ha erosionado. “I Pagliacci” fue la primera ópera completa que escuchó quien escribe, casi veinte años hace de ello (era una versión grabada en cinta audio de ferro TDK, qué tiempos aquellos…), ha llovido más que de sobra para haberlo reemplazado por otros muchos de cientos en las preferencias de uno, pero no ha sido así ni mucho menos. Joyas como ésta o su prima hermana y más habitual compañera para una noche lírica desde tiempos inmemoriales, “Cavalleria Rusticana”, son de auténtica e impertérrita referencia para todo aficionado a la ópera, que los pide a gritos aun cuando la materia prima interpretativa requerida para los mismos a día de hoy tiene escasos o inexistentes proveedores.

Varias funciones e incluso una retransmisión directa (precisamente fue la del día 2 la que se pudo ver en riguroso directo en La2) no han sido suficientes para encontrar dos opiniones iguales o siquiera parecidas sobre los resultados artísticos de la nueva producción de la casa de este emblemático programa doble en el Teatro Real. En el fondo, tanta disparidad para bien o para mal entre los más exigentes aficionados con solera, no es más que otra prueba de la riqueza de estas obras maestras en las que hay tanto jugo que extractar a su largo y ancho, de abajo a arriba y de izquierda a derecha. La mía no va a ser menos y por supuesto tampoco coincide con la de nadie… o con la d todos a la vez, según se mire.

Definitivamente Giancarlo del Monaco, el hijo del mítico tenor Mario, (uno de los mejores “Cannio” y/o “Turiddu” de la historia) se ha pasado al “lado oscuro” de los registas y directores de escena. El problema es que alguien que por mentalidad, maneras y gusto es un clásico no le pega ni con cola la tendencia innovadora o moderna… es como vestir a Matias Prats a lo David Beckham. Muy lejos queda aquella “Boheme” cuyo ejemplar acto segundo está en la retina de todos, y si bien el resultado escénico de esta “Caballería” & “Pagliacci” supera con creces aquel penoso “Simone Boccanegra” de hace un par de años, del Monaco se equivoca tomando este rumbo donde otros le sacan muchos enteros, comparativa que evidentemente resulta un completo absurdo para el más riguroso purista, pero no es el caso de menda. Lo cierto es que la “Cavalleria” goza de un trato teatral en esta producción favorable, resultan creíbles y naturales los movimientos corales y de solistas y parece muy lógico el “escondite” de la “Santuzza” desde el que todo se ve sin ser vista. El ambiente que crea es austero y triste, algo de lo que participa una procesión de nazarenos previa a la misa de Pascua, una falta de rigurosidad pero no demasiado grave. El mensaje al final es claro y sencillo, va demasiado al grano del asunto y quizás sea este su principal pecado. “Pagliacci”  en cambio resultó más pretencioso y todo el primer acto peca de falta de naturalidad, demasiado correteo, demasiado ruido y movimientos muy forzados. Para colmo, decorados incomprensibles y unos segundos iniciales de lo más absurdo cuando delante de todo el populacho pasea un coche el cadáver de “Turiddu”: la bobada es como para quedarse boquiabierto. Extenuantes los aplausitos que realiza el coro en demasiados momentos: eran molestos cuando no sobraban o no venían a cuento. Afortunadamente, se recupera el sentido en el acto de la representación, donde todo parece estar bien en su sitio. Un aprobado raspadito para “Pagliacci” y un notable “pelao” para “Cavalleria”, siendo generoso en ambos casos, es un bagaje demasiado escaso para Giancarlo del Monaco, que debiera replantearse seguir por aquí donde parecen augurarle pocos éxitos.

Si las geniales innovaciones desde ese “lado oscuro” Giancarlo del Monaco son del tipo de poner el “prologo” de la obra de Leoncavallo a la de Mascagni, mal vamos. Ya de por sí un completo absurdo, el catálogo de despropósitos de este inicio queda colmado con la irrupción de Carlo Guelfi atravesando el pasillo de platea para vomitar dicho prólogo. El supuesto barítono retornará a escena como el payaso “Tonio” tras el descanso de “Cavalleria Rusticana” en la que Violeta Urmana, “Santuzza”, marcó las diferencias que eran de esperar como intérprete con una actuación que rozó lo perfecto por su precisión, acentuación y dominio del papel al que dotó de carácter con un instrumento vocal poderoso, colorido y soleado con el que impresiona en mucho repertorio, la “Kundry” incluida. El portento vocal de la cantante lituana se ve multiplicado por tres cuando tiene como gregaria en sus principales intervenciones a Viorica Cortez, todo un mito en la historia de la voz de mezzo, y que tiene una casta, saber estar y seguridad que dejan a un lado un desgaste vocal no decisivo. “Mama Lucia” sobresaliente. Hubo una tercera voz femenina, también de tinte grave (primer error y más leve) para traducir a “Lola”, Dragana Jugovic es su nombre y sea probablemente la suya una de las voces más esperpénticas que jamás he escuchado en vivo. Lo mejor que aportó es cuando terminó y a su favor que su papel es el más corto de la ópera. Sí fue un gran baluarte Marco di Felipe, un barítono que me era desconocido (o si le he visto, no me acuerdo) y que hizo un “Alfio” estupendamente cantado, cosa no de extrañar con esa voz de pura pátina baritonil, amplia de registro; sumemos dicción y carácter intachables, resultado, un “Alfio” de altos vuelos. Vincenzo La Scola se emplea con profesionalidad, esfuerzo y pasión con la partitura de “Turiddu”, un rol que le desborda vocalmente por todos los lados y con el que sufre mucho de principio a fin. Su voz se proyectada pero al encontrarse con el papelón de marras, nunca termina de liberarse por el recinto ofreciéndose leñosa y perdiendo una brillantez que La Scola sí ha dejado latente en papeles líricos de los que nunca debería salir. No obstante es de agradecer su trabajo, apoyado también en un equipo de solistas que salvedad hecha de la “Lola”, funciona en su globalidad habiendo complicidad y sinergia entre ellos. Desde el foso Lopez Cobos colabora a tal entusiasmo con su dirección de garra aunque se aleja de él mismo justo en el momento más lucido, el famoso Intermezzo, donde falta mística e intimismo. La orquesta participativa, y muy destacable la impecable labor del coro donde brilló en especial la cuerda de tenores, muy colorida, poderosa y empastada; auténtico lujo coral en ambas óperas.

En “Pagliacci” se crece algo más el director musical, el ritmo más vivo de la obra le viene mejor, y fue más sentido el correspondiente “Intermezzo”, pero no ayudó mucho el elenco solista al que lo primero que hay que reprochar es precisamente es que no funciona como equipo, no están bien trabajados los dúos y escenas a varias voces y esto merma mucho el resultado. Al igual que en “Cavallería” cinco son los protagonistas, y antes habíamos tenido su punto más flaco en Dragana Jugovic, ya hemos anticipado cuál fue el de “Pagliacci”: Carlo Guefi, que ya había dejado impronta de su horrible calidad en el prólogo y continuó del mismo modo como un “Tonio” del que habrá que esperar muchos años para bajarlo de listón. Increíble que tras la larguísima y legendaria lista de barítonos italianos, tengamos a este sujeto como uno de los más prolíficos en el mundo a fecha de hoy. A años luz se sitúa el otro barítono requerido en el cartel para hacer de “Silvio”, un Angel Odena efectivo, solvente, timbre agradable aún sin gran torrente vocal qué duda cabe que estamos ante un cantante más que digno. Bellísima canzionetta la de “Beppe”, Antonio Gandía aprovechó la oportunidad para aleccionar sobre frase y legato a lo más lírico siendo este corto porte uno de los más interesantes de toda la noche. El protagonista de la ópera, “Canio”, con ese auténtico himno de la lírica italiana, ese “Vesti la giubba”, fue encarnado por el ruso Vladimir Galouzine quien fue el más aplaudido pero no comparto tal entusiasmo. Todo lo que tiene como caudal, que es muchísmo, sale emitido guturalmente y suena siempre mate, cubierto, sin harmónico alguno. Técnicamente muy flojo, se sabe poderoso en el agudo donde también cabe reprocharle falta de generosidad al quitárselos de encima demasiado pronto, aunque tan desprovistos de squillo tampoco iban a impresionar demasiado. Canto tosco y poco estiloso, no convincente como intérprete y poco implicado con sus partenaires, además de admirar sólo y exclusivamente un alto volumen, se me acaba el repertorio de haberes en el balance del tenor, que por cierto de esmalte tenoril puro, tiene bien poco. Escaso saldo para un “Canio” a recordar. Lo más destacable vocalmente de este “Pagliacci” lo aportó María Bayo, quien ha cometido el pecado de ser popular y paisana para muchos de los más exigentes, y que efectivamente había dejado excesivas maneras relamidas en otros portes previos en el Real. La “Nedda” de “Pagliacci” es un papel con un texto a veces infumable con el que se hace difícil crecerse en escena, pero la soprano navarra arranca con una ballatella algo en su habitual línea cursilona pero rápidamente en las escenas con “Tonio” y “Silvio” y sobre todo al final, se abandona de sí misma, y con un empuje y ganas muy de profesión saca adelante con sorprendente facilidad el role al que no dejó de imprimir carácter, léase la frase “Tu sei svelato ormai, Tonio, lo scemo”, donde a veces los excesos conllevan a una cierta sobreactuación. Bayo respeta el equilibrio y deja en manos de la acentuación el debido y suficiente carácter del asunto. La afinación se le fue en un par de ocasiones, pero el ir en plan “Sixtus Beckmesser” al teatro no es lo mío. Prefiero liberar mis manos de diapasones y libretas, y usarlas para coger la de mi señora en los momentos más melosos o bien estrujar con fuerza el programa de mano en los más sobrecogedores o estremecedores. De hecho uno de los síntomas más claros para ver si servidor ha disfrutado o no de una representación es ver cómo queda el programa de mano al final: cuando está como nuevo, mal asunto, cuando está como si se lo hubiese comido el monstruo de las galletas, la cosa fue buena. Felizmente, y sin “Tricky” en el aforo, mi programa terminó vilipendiado. Y eso en el contexto de voces de hoy… así es el poder de estos títulos.