| Personalmente había
acudido a este Rigoletto jerezano para escuchar el debut de Ismael
Jordi en el papel de Duca, lo que creó bastante expectación,
lógica cuando se trata de un tenor talentoso que incorpora
un papel tan lucido. Sin embargo, en este sentido no puedo ocultar
mi decepción. Vayamos, no obstante, por partes.
La producción con dirección de escena de Francisco
López no incorporaba novedades; de nuevo se trasladaba en
el tiempo el libretto, de nuevo se situaba la historia en un contexto
turbio y mafioso, en este caso una especie de película de
los 50 sobre la Italia fascista. Y de nuevo no terminaba de funcionar,
debido a lo difícil que es encajar a un noble calavera y su
bufón en las nuevas coordenadas temporales, o en definitiva
el escaso interés de la caracterización de los personajes,
con la excepción del Duca, jefe de una banda de delincuentes
con connotaciones fascistoides. Causó cierta extrañeza
que en la fiesta del Acto I se celebrara con trajes de época, ¿una
especie de mascarada-bacanal?
Musicalmente se contó con una voz de barítono auténtico,
la del mexicano Carlos Almaguer: densa, homogénea, de centro
importante y graves sólidos, que sin embargo se quedaba atrás
en los agudos, en particular en el monólogo del Acto I. Su
imprecación contra los cortesanos fue demasiado lineal, bien
que correcta vocalmente (agudos aparte) y sus mejores momentos fueron
las bellas medias voces en los dúos con Gilda, que humanizaron
al personaje. Notable su “Sì, vendetta”, donde
exhibió la bravura requerida, y un pelín frío
en el final. Escénicamente algo errático, tampoco la
dirección aportaba detalles que reseñar (¿qué buscaba
con la linterna en la Escena 2ª?)
Elena de la Merced fue lo mejor de la noche. Con una voz de soprano
lírica, sana, timbrada y homogénea, perfectamente emitida
de modo que corría sin problemas por la pequeña sala
del Villamarta. Su coloratura fue aproximada, pero siempre musical
y sin asomo de liviandad o ñonería, dándole
carácter al personaje. De todo ello fue buen resumen su aria,
con medias voces hermosas, segura de afinación y correctos
trinos, muy y merecidamente aplaudida. De nuevo muy bella su interpretación
en “Tutte le feste”, aunque el ataque agudo de la cabaletta
no fuera muy preciso. Extrañamente su voz tuvo menos presencia
de la esperada en el trío del último Acto. La producción
no aporta detalles escénicos de interés al personaje,
que de la Merced hizo importante por voz y canto.
Ismael Jordi no tiene la voz para el papel. Un tenor lírico
ligero sólo tendrá éxito como Duca si su emisión
está perfectamente resuelta y el sonido proyectado de tal
forma que compense la falta de cuerpo. Sin embargo, desde las localidades
de Principal su voz siempre estuvo en un segundo plano frente a las
de sus compañeros, afeada además por un vibrato incómodo.
El motivo a mi juicio fue una falta de cobertura desde el pasaje,
donde abusó de las sonoridades de cabeza, resultando un sonido
blando y carente de metal que no corría por la sala. No se
le puede negar gusto – medias voces además, donde la
emisión mejoraba – y un fraseo efusivo, pero este enfoque
de tenor de grazia decimonónico no funcionó sencillamente
porque no se le escuchaba lo suficiente. Además contrastaba
demasiado con el Duca chulesco y vulgar que se retrató en
escena.
Su peor momento fue un intento de re natural en “Possente amor”,
en un ridículo falsetto que sólo se escuchó desde
las primeras filas. En un teatro grande el naufragio habría
sido total. El público fue demasiado generoso con él.
Estéfano Palatchi, algo a la baja, fue un neutro Sparafucile,
sin relieve vocal suficiente.
Cristina Faus, de timbre poco adecuado, fue casi inaudible como Maddalena.
El veterano Pedro Farrés no logró impresionar como
Monterone.
Los cortesanos y el coro estuvieron muy bien en todo momento, caracterizados
con detalle como una alegre panda de fascistillas de camisa negra.
Dirección musical de Enrique Patrón de Rueda, al que
cabe atribuir mérito en los mejores matices realizados por
barítono y soprano, y que acompañó sin apremiar
a sus cantantes. La Orquesta Arsian tuvo su mejor momento en el “Cortigiani,
vil razza”, donde los crescendi de la batuta fueron electrizantes.
Notable presentación del programa de mano, donde quizá lo
peor fueron las predecibles y repetitivas notas de Pedro González
Mira sobre la discografía de Rigoletto.
Jerez, Sábado 19 de Noviembre |