Rigoletto (Verdi). Jerez, 13 de diciembre de 2006

por Luis Iglesias Cavicchioli

 

Personalmente había acudido a este Rigoletto jerezano para escuchar el debut de Ismael Jordi en el papel de Duca, lo que creó bastante expectación, lógica cuando se trata de un tenor talentoso que incorpora un papel tan lucido. Sin embargo, en este sentido no puedo ocultar mi decepción. Vayamos, no obstante, por partes.

La producción con dirección de escena de Francisco López no incorporaba novedades; de nuevo se trasladaba en el tiempo el libretto, de nuevo se situaba la historia en un contexto turbio y mafioso, en este caso una especie de película de los 50 sobre la Italia fascista. Y de nuevo no terminaba de funcionar, debido a lo difícil que es encajar a un noble calavera y su bufón en las nuevas coordenadas temporales, o en definitiva el escaso interés de la caracterización de los personajes, con la excepción del Duca, jefe de una banda de delincuentes con connotaciones fascistoides. Causó cierta extrañeza que en la fiesta del Acto I se celebrara con trajes de época, ¿una especie de mascarada-bacanal?

Musicalmente se contó con una voz de barítono auténtico, la del mexicano Carlos Almaguer: densa, homogénea, de centro importante y graves sólidos, que sin embargo se quedaba atrás en los agudos, en particular en el monólogo del Acto I. Su imprecación contra los cortesanos fue demasiado lineal, bien que correcta vocalmente (agudos aparte) y sus mejores momentos fueron las bellas medias voces en los dúos con Gilda, que humanizaron al personaje. Notable su “Sì, vendetta”, donde exhibió la bravura requerida, y un pelín frío en el final. Escénicamente algo errático, tampoco la dirección aportaba detalles que reseñar (¿qué buscaba con la linterna en la Escena 2ª?)

Elena de la Merced fue lo mejor de la noche. Con una voz de soprano lírica, sana, timbrada y homogénea, perfectamente emitida de modo que corría sin problemas por la pequeña sala del Villamarta. Su coloratura fue aproximada, pero siempre musical y sin asomo de liviandad o ñonería, dándole carácter al personaje. De todo ello fue buen resumen su aria, con medias voces hermosas, segura de afinación y correctos trinos, muy y merecidamente aplaudida. De nuevo muy bella su interpretación en “Tutte le feste”, aunque el ataque agudo de la cabaletta no fuera muy preciso. Extrañamente su voz tuvo menos presencia de la esperada en el trío del último Acto. La producción no aporta detalles escénicos de interés al personaje, que de la Merced hizo importante por voz y canto.

Ismael Jordi no tiene la voz para el papel. Un tenor lírico ligero sólo tendrá éxito como Duca si su emisión está perfectamente resuelta y el sonido proyectado de tal forma que compense la falta de cuerpo. Sin embargo, desde las localidades de Principal su voz siempre estuvo en un segundo plano frente a las de sus compañeros, afeada además por un vibrato incómodo. El motivo a mi juicio fue una falta de cobertura desde el pasaje, donde abusó de las sonoridades de cabeza, resultando un sonido blando y carente de metal que no corría por la sala. No se le puede negar gusto – medias voces además, donde la emisión mejoraba – y un fraseo efusivo, pero este enfoque de tenor de grazia decimonónico no funcionó sencillamente porque no se le escuchaba lo suficiente. Además contrastaba demasiado con el Duca chulesco y vulgar que se retrató en escena.
Su peor momento fue un intento de re natural en “Possente amor”, en un ridículo falsetto que sólo se escuchó desde las primeras filas. En un teatro grande el naufragio habría sido total. El público fue demasiado generoso con él.

Estéfano Palatchi, algo a la baja, fue un neutro Sparafucile, sin relieve vocal suficiente.
Cristina Faus, de timbre poco adecuado, fue casi inaudible como Maddalena.
El veterano Pedro Farrés no logró impresionar como Monterone.
Los cortesanos y el coro estuvieron muy bien en todo momento, caracterizados con detalle como una alegre panda de fascistillas de camisa negra.

Dirección musical de Enrique Patrón de Rueda, al que cabe atribuir mérito en los mejores matices realizados por barítono y soprano, y que acompañó sin apremiar a sus cantantes. La Orquesta Arsian tuvo su mejor momento en el “Cortigiani, vil razza”, donde los crescendi de la batuta fueron electrizantes.

Notable presentación del programa de mano, donde quizá lo peor fueron las predecibles y repetitivas notas de Pedro González Mira sobre la discografía de Rigoletto.

 

Jerez, Sábado 19 de Noviembre