| El pasado día
1 de diciembre, se estrenó Faust en el Teatro Cervantes malagueño,
en coproducción escénica de St. Etienne, Niza y Avignon.
La dirección de escena de Paul Émile Fortuny traslada
en el tiempo la acción, presumiblemente hacia el final de
la Guerra del 14, pero sin violentarla ni presentar elementos incoherentes.
Mefistófeles es un calavera de los que pululaban en el período
de entreguerras, mientras Faust inicia la ópera prácticamente
como un mendigo paralítico. Escenarios sencillos pero integrados
en la acción, colaboraban a centrar la atención en
el movimiento escénico de actores. En general, muy bonita
producción, con un estilo cinematográfico fluido al
que contribuyeron iluminación y vestuario.
Sin duda la triunfadora de la noche, Ainhoa Arteta lució una
voz de soprano lírica bien resuelta y suficiente para el papel.
Corre con facilidad y el timbre es rico y homogéneo en toda
la tesitura, aunque se achica en el extremo agudo - como pasó en
particular al final del Aria de las Joyas. Un instrumento muy agradable
de escuchar, sin los problemas del pasado. Además estuvo expresiva
desde su primera frase, trasmitiendo la inocencia de Marguerite – una
adolescente que juguetea mientras canta la historia del Rey de Thulé – y
su progresiva caída moral – melancólica Escena
en la Rueca. A esa imagen introvertida del personaje contribuyó un
canto que se plegaba con facilidad al pianissimo, como en el dúo
del Acto III o su evocación del Acto V. Estuvo especialmente
conmovedora en su plegaria del Acto IV y sobresaliente en el Trío
final. Su compromiso escénico fue encomiable, en particular
en el Acto IV.
El tenor encargado del lucido papel titular fue Grigory Kunde,
uno de los más reputados intérpretes rossinianos de
los años 90. Con una voz homogénea, suficiente para
un papel de lírico pleno, sin embargo su agudo carece de la
proyección y el metal precisos para impresionar realmente.
En el trío del Acto IV su voz se esfumó, mientras en
el Trío final hubo de forzar bastante. No obstante no le faltó gusto,
fraseando de forma cálida y con variedad en las dinámicas,
particularmente en su gran aria (que cantó a tono) Escénicamente,
Faust es un papel inocuo del que no se puede sacar mucho y Kunde
transmitió bien la indecisión permanente del personaje.
Burchuladze exhibió el conocido instrumento
denso y rotundo, en el que sin embargo se ha instalado un ostensible
trémolo bastante molesto. Por otro lado, la subida al agudo
es problemática, con una emisión apelotada que no permite
que la voz corra como debería. Cantó varias medias
voces correctas lo cual es de agradecer en un papel propenso al estruendo
vocal y en contra de su fama de vociferante, y fraseó con
variedad y sin asomo de monotonía. Estuvo mejor, más
irónico y ácido, en la Serenata del Acto III que en
la Canción del Becerro de Oro. Su autoridad escénica
en el papel es indiscutible.
Jean Luc Chaignaud se encargó de Valentin. La voz es decente
en el centro, pero se convierte en un berrido gutural a partir del
paso. Su bellísima aria pasó sin pena ni gloria. Muy
insuficiente a pesar de la buena disposición escénica.
Con un timbre de mezzo claro, Maite Arruabarrena hizo un agradable
Siebel, muy tierno en el Acto IV. A pesar de los roces en el agudo.
Correcto el resto del reparto, con la graciosa Marta de Zubillaga.
El coro estuvo entonado, con algún pero en el agudo. La sección
de tenores tuvo problemas en el Acto IV, en el final del famoso coro
de soldados.
Dirección musical de Enrique Patrón, que proporcionó un
acompañamiento cómodo a los cantantes y exprimió buena
parte de la vena melódica de la partitura. Concertó notablemente
el Cuarteto del Acto III, mientras pudo sacarle más provecho
al apasionado final del mismo. En el Coro que cierra la ópera
dio rienda suelta a la orquesta.
El larguísimo ballet del Acto V – se entiende que lo
cortaran durante décadas a pesar de la bella música – contó con
una coreografía inspirada en el cabaret que rayó – con
todos mis respetos – en lo típico de Noche de Fiesta.
Fausto es una ópera prolija cuyos momentos convencionales
atenúan el impacto de los más inspirados. El ballet
de la Noche de Walpurgis fue el golpe de gracia para parte del público
que se hacinaba en el infernal Paraíso del Teatro Cervantes.
Este servidor dio por bien pasada la incomodidad, sobre todo por
el estupendo desempeño de Ainhoa Arteta.
Málaga, 1 de diciembre |