Fausto (Gounod). Teatro Cervantes (Málaga), 1 de diciembre de 2006

por Luis Iglesias Cavicchioli

 

El pasado día 1 de diciembre, se estrenó Faust en el Teatro Cervantes malagueño, en coproducción escénica de St. Etienne, Niza y Avignon. La dirección de escena de Paul Émile Fortuny traslada en el tiempo la acción, presumiblemente hacia el final de la Guerra del 14, pero sin violentarla ni presentar elementos incoherentes. Mefistófeles es un calavera de los que pululaban en el período de entreguerras, mientras Faust inicia la ópera prácticamente como un mendigo paralítico. Escenarios sencillos pero integrados en la acción, colaboraban a centrar la atención en el movimiento escénico de actores. En general, muy bonita producción, con un estilo cinematográfico fluido al que contribuyeron iluminación y vestuario.

Sin duda la triunfadora de la noche, Ainhoa Arteta lució una voz de soprano lírica bien resuelta y suficiente para el papel. Corre con facilidad y el timbre es rico y homogéneo en toda la tesitura, aunque se achica en el extremo agudo - como pasó en particular al final del Aria de las Joyas. Un instrumento muy agradable de escuchar, sin los problemas del pasado. Además estuvo expresiva desde su primera frase, trasmitiendo la inocencia de Marguerite – una adolescente que juguetea mientras canta la historia del Rey de Thulé – y su progresiva caída moral – melancólica Escena en la Rueca. A esa imagen introvertida del personaje contribuyó un canto que se plegaba con facilidad al pianissimo, como en el dúo del Acto III o su evocación del Acto V. Estuvo especialmente conmovedora en su plegaria del Acto IV y sobresaliente en el Trío final. Su compromiso escénico fue encomiable, en particular en el Acto IV.

El tenor encargado del lucido papel titular fue Grigory Kunde, uno de los más reputados intérpretes rossinianos de los años 90. Con una voz homogénea, suficiente para un papel de lírico pleno, sin embargo su agudo carece de la proyección y el metal precisos para impresionar realmente. En el trío del Acto IV su voz se esfumó, mientras en el Trío final hubo de forzar bastante. No obstante no le faltó gusto, fraseando de forma cálida y con variedad en las dinámicas, particularmente en su gran aria (que cantó a tono) Escénicamente, Faust es un papel inocuo del que no se puede sacar mucho y Kunde transmitió bien la indecisión permanente del personaje.

Burchuladze exhibió el conocido instrumento denso y rotundo, en el que sin embargo se ha instalado un ostensible trémolo bastante molesto. Por otro lado, la subida al agudo es problemática, con una emisión apelotada que no permite que la voz corra como debería. Cantó varias medias voces correctas lo cual es de agradecer en un papel propenso al estruendo vocal y en contra de su fama de vociferante, y fraseó con variedad y sin asomo de monotonía. Estuvo mejor, más irónico y ácido, en la Serenata del Acto III que en la Canción del Becerro de Oro. Su autoridad escénica en el papel es indiscutible.

Jean Luc Chaignaud se encargó de Valentin. La voz es decente en el centro, pero se convierte en un berrido gutural a partir del paso. Su bellísima aria pasó sin pena ni gloria. Muy insuficiente a pesar de la buena disposición escénica.

Con un timbre de mezzo claro, Maite Arruabarrena hizo un agradable Siebel, muy tierno en el Acto IV. A pesar de los roces en el agudo.
Correcto el resto del reparto, con la graciosa Marta de Zubillaga.

El coro estuvo entonado, con algún pero en el agudo. La sección de tenores tuvo problemas en el Acto IV, en el final del famoso coro de soldados.
Dirección musical de Enrique Patrón, que proporcionó un acompañamiento cómodo a los cantantes y exprimió buena parte de la vena melódica de la partitura. Concertó notablemente el Cuarteto del Acto III, mientras pudo sacarle más provecho al apasionado final del mismo. En el Coro que cierra la ópera dio rienda suelta a la orquesta.
El larguísimo ballet del Acto V – se entiende que lo cortaran durante décadas a pesar de la bella música – contó con una coreografía inspirada en el cabaret que rayó – con todos mis respetos – en lo típico de Noche de Fiesta.

Fausto es una ópera prolija cuyos momentos convencionales atenúan el impacto de los más inspirados. El ballet de la Noche de Walpurgis fue el golpe de gracia para parte del público que se hacinaba en el infernal Paraíso del Teatro Cervantes. Este servidor dio por bien pasada la incomodidad, sobre todo por el estupendo desempeño de Ainhoa Arteta.

 

Málaga, 1 de diciembre