Amilcare Ponchielli – LA GIOCONDA
Versión de concierto, Palacio de Festivales, Santander 19 de agosto de 2006

por Rubén (Cappuccilli) y Fany (Suzelle)

 

La representación de esta obra, exigente como pocas tanto en lo vocal como en lo escénico (evitado en esta ocasión) siempre despierta (o al menos debería) el interés de los aficionados a la lírica, por la belleza y complejidad de una partitura única. Y digo debería por la escasa respuesta del público tanto en asistencia como en receptividad hacia lo que se escuchó. El Palacio registraba una entrada próxima a los dos tercios de su aforo, de los que imagino que una buena parte serían invitaciones y regalos pues dos días antes de la función se encontraban disponibles por internet no menos de 900 entradas que descendieron dramática y sospechosamente el día anterior a la representación sólo para seguir dando una imagen bastante desnuda y pobre de la sala.

De un gran nivel se puede calificar la función escuchada el sábado. Hubo fallos, desde luego, pero globalmente se le hizo justicia a la obra de Ponchielli, comenzando con un conjunto de voces solistas adecuadísimas a cada rol y siguiendo por una Orquesta Nacional de Ucrania que, conducida con gran maestría, musicalidad y talento para la concertación por el director romano Antonio Pirolli desplegó una sonoridad ajustada y empastada en la mayor parte de la obra, aunque con intervenciones bastante desafortunadas de algunos solistas de su sección de viento, sin duda la peor de esta formación orquestal, antes conocida como Filarmónica de Kiev.

Mención aparte merece la masa coral integrada por el coro Intermezzo y la Escolanía del Coro Easo para las partes infantiles. Intachables todas y cada una de sus intervenciones, numerosas y comprometidas. Sonoridad compacta, variada, dúctil, matizada, con variada paleta de colores y métrica perfecta, contribuyó de forma decisiva al éxito de la representación. Quizás lo mejor de la noche.

Pasando a analizar las intervenciones solistas comenzaremos con la protagonista de la obra, la veterana soprano nacida en Nápoles Giovanna Casolla. Poseedora de un instrumento de sonoridad demoledora sólo presenta un punto débil, la zona grave, muy descompensada en volumen y armónicos con respecto a sus registros medio y superior. Esto restó redondez a algunas de sus intervenciones, especialmente a su momento estelar, el “Suicidio” del cuarto acto, que exige graves de mezzo, redondos y sonoros, para sacar todo el jugo a la partitura (basta pensar en las lecturas de la Callas o la Tebaldi, insuperables cada una en su propio estilo pero ambas poseedoras de espléndidas notas graves). No obstante, la interpretación de Casolla resultó de un nivel altísimo, con el mérito añadido de mantener intacta una voz de calidad innegable y gran presencia a pesar de lo longevo de su carrera. Tuvo sus momentos de dificultad, como el ataque en “piano” de la frase “Enzo adorato, o come t’amo” que pudo salvar no sin apuros al rompérsele la nota al inicio y mantenerla con una incómoda flema que desdibujó completamente uno de los momentos más esperados de la obra. Tampoco supo sacar partido a frases gloriosas como la del segundo acto “Vedi là, nel canal morto” o en el tercero “o madre mia, nell’isola fatale” que atacó con demasiada “prisa”, sin recrearse en el texto y la música, como si quisiera terminar con ellas cuanto antes. Entre los mejores momentos de la noche cabría citar el dúo con Laura del segundo acto “L’amo come il fulgor del creato” en un mano a mano con Elisabetta Fiorillo en el que saltaron chispas (y decibelios). El cuarto acto la encontró con la voz más fresca de toda la noche. Los recitativos fueron dichos con intención y fuerza y su escena final con Barnaba previa al suicidio resultó soberbia.

Qué decir de Marco Berti, el Enzo Grimaldo de la velada. Voz privilegiada por armónicos, brillo y squillo que sin embargo quedó relegada a un discreto resultado debido a su (en ocasiones alarmante) falta de musicalidad, con desafinaciones clamorosas, pérdida de apoyo, engolamientos, carencia de expresividad… Una verdadera pena, porque la voz es de muchos quilates, pero el uso que hace de ella el señor Berti es, cuanto menos, muy dudoso. Su entrada “Assassini, quel crin venerando” fue espectacular, squillantisima, con un material impresionante. Sin embargo pronto se vio que en cuanto había que frasear, variar las dinámicas, el volumen, apianar, en definitiva, cuando había que cantar, lo que pareció magnífico se quedó en correcto con algunos momentos ciertamente malos como su aria “Cielo e mar” y la escena siguiente con Laura, culminando en un dúo “Laggiù nelle nebbie remote” donde más hubiera valido dejar sola a la Fiorillo ya que cualquier parecido con lo escrito resultó pura coincidencia. Mejoró en el tercer acto, donde estuvo bien en el concertante final y logró también buenas frases en el cuarto y último acto con la despedida de Gioconda. Sin embargo falló en sus grandes momentos y eso lastró el resto de sus intervenciones.

El barítono menorquín Juan Pons impuso su veteranía y logró superar los escollos vocales de una partitura endiablada a costa de una técnica cuanto menos solvente y de un fraseo siempre incisivo, a pesar de no estar demasiado familiarizado con un rol que prácticamente debutaba (sólo lo había cantado en una ocasión anteriormente, en Zürich) y con el que tuvo ciertos problemas de medida y afinación aparte de algún contratiempo con el sol natural de su aria “O monumento” o el la bemol de la cantinella del “pescatore”, nota no escrita y que sin embargo Pons quiso dar. Un lujo en cualquier caso contar con el menorquín en estas funciones.

El reparto femenino de esta Gioconda contaba con la mezzo, también napolitana, Elisabetta Fiorillo en el papel de Laura, esposa de Alvise y ex-amante de Enzo. Elisabetta es un volcán en erupción, su canto siempre apasionado enfatiza cada frase, cada palabra. Su instrumento es cálido, fresco, joven (el timbre recuerda en ciertos pasajes a la Simionato), graves espectaculares y agudos vibrantes. Sólo se le puede reprochar cierto exceso de apasionamiento en algunos momentos que ponen en peligro la afinación (no calando sino elevándose por encima de la nota escrita). Tuvo un titubeo al inicio del dúo con Gioconda en el segundo acto al comenzarlo subida de tono, percance que, afortunadamente, fue solventado con rapidez gracias al buen hacer del maestro Pirolli. Extraordinaria su aria “Stella del marinar” así como su dúo con Alvise en el tercer acto. Otro lujo.

Roberto Scandiuzzi encarnó el rol de Alvise. Aunque su voz ya no posee el esmalte de antaño y en ciertos momentos resulta un tanto áspera y ajada, no se puede negar que, en el panorama actual de su cuerda, es una de las mejores (sino la mejor) alternativas para el repertorio de bajo verdiano y de otros roles como este Alvise, patrimonio en décadas pasadas, de los Siepi y Ghiaurov que inundaban con sus impresionantes voces los escenarios de medio mundo. Scandiuzzi lleva la música y el teatro en sus venas y eso se nota. Sólo sus entradas en escena, sin necesidad de abrir la boca, atraían las miradas de los espectadores hacia su atril (por cierto, fue el único que cantó su parte sin hacer prácticamente ningún uso de la partitura). No es este un rol especialmente agradecido ni cuenta con arias u otras intervenciones de gran belleza o conocidas del gran público. Sin embargo dotó a su personaje de credibilidad y gran presencia, tanto escénica como vocal. Sus graves, redondos, sonoros y aterciopelados, siempre segurísimos, son su mejor baza y no duda en lucirlos. El registro agudo acusa un cierto desgaste y hubo momentos de sufrimiento al coronar arriba su aria de entrada en el tercer acto. Soberbio en la escena siguiente con Laura, cerró su interpretación de forma sobresaliente en el concertante con el que concluye el acto.

Grata sorpresa fue la mezzo moldava Elena Cassian en el breve pero intenso rol de “la Cieca”, madre de Gioconda. Suya es una de las páginas más bellas de la obra, “voce di donna o d’angelo”, cuya melodía aparece como leit-motiv en otros momentos de la ópera, y que fue cantada con dulzura y suma elegancia. El instrumento es cálido y homogéneo y salvo ciertas impurezas en la zona aguda compuso una “Cieca” intachable. Brava.

El bajo Elia Todisco asumió los roles menores de Zuane-gondolero-cantor y barnabotto. Voz oscura, muy bien colocada, dotó a sus intervenciones de una autoridad superior a lo que suele ser habitual para este tipo de papeles. Lo mismo cabe decir del tenor Jon Plazaola como Isepo, papel excesivamente breve como para lucir sus medios pero al que sirvió a la perfección en sus contadas apariciones.

Cappu & Suzelle