TEATRO REGIO DI PARMA, 13-05-2006 “IL TROVATORE” de Giuseppe Verdi

por Rubén (Cappuccilli) y Fany (Suzelle)

 

Álvarez, Raspagliosi, Frontali, Cornetti, Bou. Dirección musical: Renato Palumbo., Dirección escénica: Elijah Moshinsky

Enmarcadas en el Festival Verdi que se viene celebrando en Parma desde el año 2001, en el que se conmemoró el centenario de la muerte del maestro de Busetto, se han elegido para la presente temporada dos de sus obras más emblemáticas, “Il Trovatore” y “Macbeth”.

Especial expectación ha suscitado este Trovatore, no sólo por tratarse de una de las obras que más pasiones despiertan entre los aficionados, sino también por tener lugar en la cuna del canto verdiano y contar con el debut en el rol de Manrico de uno de los cantantes más valorados del actual panorama operístico, el argentino Marcelo Álvarez

Afincado en Italia desde que decidió dedicarse profesionalmente al canto y abandonar su Argentina natal, Álvarez es un cantante inteligente que, aprovechando las cualidades de un instrumento dúctil y cálido, ha sabido dar sus primeros pasos profesionales en papeles líricos (Edgardo, Alfredo, Romeo, Duca, Gennaro) a los que, sin embargo, siempre dotó de una energía y relevancia particulares, con un fraseo incisivo y original, desbordante de pasión e intención en cada frase que le ha hecho ganarse el cariño y el respeto de público y crítica. Su debut como Trovatore, prematuro para muchos y sobre el que existían serias dudas, se ha saldado con un éxito rotundo, no sólo por parte del exigente público de Parma sino también por la crítica internacional.

La aproximación que Álvarez hace al personaje no puede ser otra que la que emana de las características de su instrumento vocal: lirismo, juventud y pasión. En los últimos años Álvarez ha ganado en consistencia vocal y sus registros central y grave se han ensanchado adquiriendo una densidad y un color que, sin sacrificar su condición de lírico, le permiten abordar con éxito roles tradicionalmente asociados a intérpretes del pasado poseedores de voces más oscuras y spinto (del Monaco, Corelli, Tucker, Giacomini). Sin embargo tampoco faltan ejemplos en el pasado de voces líricas que han hecho del Manrico uno de sus roles emblemáticos (Bergonzi, Domingo).

Es este pues el Manrico perfilado por Álvarez, apasionado ya desde su “Deserto sulla terra” y el duelo con su rival, el Conde de Luna. Idealista e inocente en la escena con su madre, excelente su “Mal reggendo” y resolutivo en “Un momento può involarmi”. Su gran escena del tercer acto puso al teatro a sus pies. Ya desde “Il presagio funesto deh sperdi o cara” sabíamos que íbamos a presenciar algo único… y así fue. El “Ah sí, ben mio” fue una sucesión de frases empapadas de belleza, lirismo y emoción. Reguladores por doquier, cada frase era distinta a la anterior, la antítesis de la monotonía. El texto trascendía la música y el mensaje era claro y sobrecogedor. Al final estruendosa y merecida ovación. Tras el aria, la archiconocida cabaletta “ Di quella pira”, abordada a tono, fue presentada con ritmo vivaz por el maestro Palumbo que, lejos de “ahogar” a Álvarez le permitió, si cabe, manifestar con mayor intensidad los momentos de ansiedad y desesperación de su personaje. El primer “do” en “…o teco…” no fue emitido con total limpieza y lo atacó desde la octava baja lo que resultó un tanto extraño. Sin embargo el “…all’armi” fue brillante y mantenido hasta los últimos acordes de la orquesta lo que terminó por exaltar al público asistente. El cuarto acto fue de referencia, ya desde su frase “Madre, non dormi?” dicha con una ternura extrema, hasta el “Se m’ami ancor, se voce di figlio”, verdaderamente apabullante. Los últimos destellos de ira ante lo que cree la traición de su amada “Ha quest’infame l’amor venduto” y su arrepentimiento final ante la prueba evidente de lo ocurrido “Ed io quest’angelo osava maledir” pusieron el broche de oro a una interpretación absolutamente memorable de la que el teatro Regio di Parma ha sido el afortunado testigo. Álvarez llevará próximamente el rol a Londres y Zürich, pero, si cabe, su mérito es doble por haber tenido la valentía y el arrojo de elegir una ciudad italiana emblemática en su amor por Verdi para debutar uno de los papeles verdianos más difíciles y respetados por todos los cantantes. BRAVO MARCELO!!!

Leonora fue interpretada por Annalisa Raspagliosi, que había sido sustituida por Fiorenza Cedolins en las dos primeras funciones con gran éxito. No sabemos si la indisposición que motivó estas sustituciones seguía manteniéndose de alguna forma en la función del sábado. Lo cierto es que su interpretación resultó sumamente irregular, con una entrada muy fría en “Tacea la notte” y “Di tale amor che dirsi”, imprecisiones en la afinación y coronando el terceto final del primer acto con un re bemol desafinado y chillado que mejor hubiera sido no emitir. Sus intenciones eran buenas en cuanto al fraseo pero la voz no acompañaba esas intenciones, entubándose por momentos, resultando en notas fijas y desagradables incluso en el registro central. Estaba incómoda y se notaba. La cosa no mejoró en el cuarto acto aunque ganó en expresividad escénica (hasta entonces inexistente) y resolvió dignamente el “D’amor sull’ali rosee” (sin “puntatura” en el agudo final), pero la escena del “Miserere” y la cabaletta “Tu vedrai che amore in terra” resultaron tensas y faltas de musicalidad con una nota horrenda calada un tono al final de la misma. Su mejor momento fue el dúo con el barítono y la escena final, donde sí logró que su instrumento se plegara a sus deseos, resultando parcialmente conmovedora pero ya era tarde para arreglar la noche. El público fue respetuoso y, salvo alguna manifestación aislada de descontento, fue aplaudida de forma cortés.

Roberto Frontali como de Luna ofreció una interpretación sólida del personaje, quizás demasiado ruda. Frontali es poseedor de un instrumento vibrante, de timbre sumamente incisivo, capaz de traspasar la barrera orquestal sin mayores problemas y haciéndose oír en todo momento. Sin embargo carece de la ductilidad y delicadeza necesarias para abordar “Il balen del suo sorriso” a mezza voce, sintiéndose más cómodo en el forte y privando con ello a esta magnífica aria de mostrar el gran lirismo que contiene. Mucho mejor mostró sus cualidades en la cabaletta posterior, “Per me ora fatale”. Momento especialmente clave por su tesitura endiablada es la escena del primer acto, desde “Tace la notte” hasta “Di geloso amor sfrenato” donde hubo algún momento calante y donde se echó en falta una mayor flexibilidad en su voz. En cualquier caso Frontali es en la actualidad un claro referente para papeles verdianos y un intérprete de gran solvencia y garantía.

La sorpresa de la noche fue la Azucena de Marianne Cornetti. Una Azucena cantada a la antigua por una mezzosoprano (nacida en Pennsylvania) que desbordaba italianidad por los cuatro costados. Voz grande, homogénea, de gran belleza, con un fraseo 100% italiano, una dicción envidiable, unos reguladores perfectos, desbordante de energía en los momentos necesarios “Mio figlio avea bruciato”, “Deh rallenate o barbari”, “Sei vendicata oh madre”, plegando a voluntad sus poderosos medios en otros “Ai nostri monti”. No podemos calificar su interpretación de otro modo que de excepcional, de principio a fin.

Un lujo contar con el bajo Felipe Bou para el papel de Ferrando. Su dificilísima escena inicial, llena de “trampas vocales”, con una coloratura y una tesitura endiabladas fue resuelta magistralmente por Bou, poseedor de una voz oscura pero limpia y elegante, lejos de las cavernosidades leñosas que se suelen asociar a la voz de bajo en nuestros días. Su presencia escénica resultó siempre turbadora y de gran fuerza en todas sus intervenciones.

Digno de mención el tenor Saverio Fiore en su ingrato rol como Ruiz pero que, en la única frase donde puede mostrar sus medios “Siam giunti, ecco la torre…” al principio del cuarto acto, desplegó un material vocal de una calidad innegable y un fraseo que lo hacen digno, sin ninguna duda, de abordar papeles de mayor relevancia. El resto de intérpretes vocales estuvo correcto en sus pequeñas intervenciones.

Y como colchón para los solistas, aparecieron el coro y la orquesta del Regio bajo la hábil batuta del ya mencionado Renato Palumbo, un verdadero “obrero de la ópera” que supo sacar todo el potencial de los cuerpos estables del teatro con una dirección chispeante y briosa, llena de matices, con un sonido extremadamente limpio desde los primeras notas y un asombroso juego de los silencios y pausas orquestales que imprimieron aún más tensión a la que de por sí contiene la partitura en los momentos clave de la acción. En cuanto al coro, si los números de conjunto en Verdi tienen especial relevancia, en esta ocasión no fue menos, ya que los coristas brillaron a gran nivel, exhibiendo empaste, afinación y un envidiable control de las dinámicas en todas y cada una de sus intervenciones. Poco se puede decir de la escena que no se haya dicho anteriormente, puesto que se trataba de la ya famosa co-producción de la Royal Opera House presentada hace unos años en el Teatro Real. Elijah Moshinsky traslada la acción a mediados del siglo XIX y la envuelve en una atmósfera oscura y un tanto opresiva, a través de la iluminación fría, decorados ciertamente austeros y del vestuario creado por Anne Tilby, que juega con los tonos fríos y cálidos para contraponer los dos bandos: nobles contra gitanos. Para quienes recuerdan la puesta en escena que se ofreció en Madrid, decir que los movimientos escénicos se han suavizado y resultan más “políticamente correctos”, pero aún así, no ha perdido un ápice de la fuerza contenida que la caracterizó en su estreno en el año 2000. Un detalle a tener en cuenta: el uso (y abuso) del humo en varias escenas, recurso que incomoda sobremanera a los cantantes, pero que muchos directores de escena se empeñan en seguir empleando para dar un toque “fantasmagórico” a sus creaciones.