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MANON (MASSENET) |
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por Bong |
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Manon, de Massenet. Otra ópera con la que hay que tener muchísimo cuidado, porque está en el borde del precipicio del aburrimiento, la sosez y cursilería, y la manera de enfocarla artísticamente hará que la función sea un éxito o una lata insoportable. Manon es una ópera muy larga que tiene mucho relleno y algunas escenas bastante absurdas, pero también momentos mágicos llenos de fuerza, sobre todo los finales de acto. Como es habitual, los dos primeros actos se dieron juntos, en una hora. El panorama no era muy alentador: unos decorados del estilo simple-horroroso, una dirección musical nada apasionada, un tenor muy flojo y María Bayo, la estrella, siendo simplemente correcta, escatimando agudos y agilidades y dándonos una petite table de lo más normalita. Todo hacía presagiar una larga velada de las aburriditas. Pero no, la Bayo es una mujer muy inteligente, sabe dosificarse y lucirse donde mejor puede, y sobre todo sabe ganarse al público. El acto del Patio de la Reina siempre me había parecido un tostón, un mero pretexto para el lucimiento de la soprano, y la gavota un aria perfectamente eliminable. Pues bien, creo que la interpretación de Bayo es la mejor de todas las gavotas que he escuchado. No fue cursi (al estilo de muchas), ni zalamera, ni elegante, no. Fue una cortesana con garra, casi ordinaria. Le dio a la gavota una rabia, una fuerza increíbles. No necesitó sobreagudos ni florituras extras, sólo con su enfoque novedoso y su potencia vocal hizo que el teatro entero se viniera abajo en aplausos. Y, por primera vez para mí, este absurdo cuadro tuvo sentido: es de lucimiento de la soprano, y punto. Inmediatamente después venía el cuadro de Saint Sulpice. El tenor hizo lo que pudo (poquito, pero dio la talla) y luego ya en el maravilloso dúo final, María Bayo, encendida y con la inercia de unos minutos antes, se lo comió con patatas, a él y a todo el teatro. Realmente fue un tercer acto fantástico. La tercera y última parte unió los actos IV y V y fue ya la culminación de la velada. bayo se volvió a erigir en la reina de la escena y todo giraba a su alrededor: brillante cuando hizo falta y frágil en los momentos finales. Quizás en esta parte le falta algo de redondez a la voz, pero desde luego ha ido evolucionando y cogiendo cuerpo. De hecho, ya está abordando otros papeles menos ligeros. Del resto del reparto hay que destacar a Manuel Lanza, un buen Lescaut, aunque comenzó algo titubeante. La orquesta parece que también se creció a la vez que la Bayo y logró unos efectos sorprendentes en los actos tercero y cuarto. El punto negativo ya lo he dicho: unos decorados horrendos. Dos arcos y unas cuantas columnas de un blanco inmaculado se movían y lo mismo servían para casa de postas, para apartamento en París, para iglesia o para Hotel de Transilvania. El fondo estaba ilustrado unos telones con dibujos de edificios y los elementos de atrezzo eran mínimos y simples. La casita de París parecía una ilustración del catálogo de muebles Ikea. Un cursilísimo falso telón con pliegues y cordones abría y cerraba las escenas. Y el quinto acto, con un decorado bastante realista de lo que parecía el dique de un puerto, no tenía nada que ver con el resto. Mucho teatro de la Scala pero para mí ni pies ni cabeza. Pero qué más da la producción si se ha asistido a una gran función, y qué lista es la Bayo, caramba.
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