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| Tenor de un siglo: Franco Corelli |
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Durante los tres primeros domingos de este año,
el poeta Eduardo Lizalde dedicó, al interior de su programa televisivo de
Canal 22, sobre temas líricos, la transmisión casi integral de un viejo
documento de la Radio y Televisión Italiana (RAI), originado en 1954, de la
ópera verista de Ruggero Leoncavallo, Pagliacci (1894), con el, por
entonces, joven tenor Franco Corelli, el barítono Tito Gobbi y la soprano
Mafalda Michelluzi, con las huestes milanesas del consorcio electrónico y
la dirección de Alfredo Simonetto. Eran los tiempos “silvestres” de la
difusión por medio del naciente medio audiovisual, de piezas operísiticas
más o menos escenificadas en estudios y con el recurso del play-back.
No es posible hacer un parangón respecto los recursos actuales; donde sí
la lontananza nos gana es en verificar el hecho de una generación vocal
gloriosa, la de los cincuenta y todos los años sesenta. En ese documento,
Franco Corelli es el dueño absoluto del drama, de la escena, por medio de
una apostura caracterológica de impacto y una voz de tintes baritonales,
aunque marcada por esa “levedad” de sus primeros años: la emisión
capretina -como el sonido de una cabra- que tantos detractores le dio, pero
que al superar el escollo (presumiblemente por una técnica de respiración
abdominal deficiente) se convirtió en un vibrato peculiar, sólido aun en
el centro de la voz y configurante de su squillo (brillantez de
campanada) en los agudos. Pero, ante la reciente masificación de
figuras del mundo lírico, ¿quién es Franco Corelli para el gran público? Franco Corelli (su verdadero nombre es “Darío”)
nació el 8 de abril de 1921, en Ancona, puerto del Adriático, en la región
conocida como Las Marcas. Fuera de los círculos de la lírica, era un
estudiante de ingeniería cuando descubrió, en forma accidental, que
contaba con una voz digna de tomarse en cuenta. Abandona sus estudios
universitarios y toma clases en el conservatorio de Pesaro, a una edad tardía,
23 años; tiempo después pierde la voz y pasa por varias crisis
vocales, en las que piensa dedicarse a la tesitura de barítono. Debuta, en
1951, en la ópera Carmen, de Bizet, misma que sería uno de sus títulos
emblemáticos por mucho tiempo. Al principio, restringido por un repertorio
limitado, algo que no le evade abordar título insólitos, como Enea,
una obra moderna de Guido Guerrini, o el casi episódico Pierre Bezukov, de La
guerra y la paz, de Serguei Prokofiev, en el Maggio Musical Fiorentino
de 1953, y con importantes teatros de Italia recorridos, en 1954, con la
apertura de la temporada, el 7 de diciembre, debuta como Licino, en La
Vestale, de Gasparo Spontini, en el Teatro alla Scala de Milán,
secundando a María Callas, una función que ha quedado preservada. Luego,
suple a Mario del Monaco en Aida, hacia 1955, en el Teatro San Carlo
de Nápoles, plaza donde obtendría grandes éxitos posteriores, con La
fanciulla del West, de Puccini, al lado de Maria Caniglia, en 1956, La
forza del destino, de Verdi, en 1958, con Renata Tebaldi y Ettore
Bastianiani, de la que no sólo hay registros auditivos sino una filmación
rudimentaria, pero efectiva; y, especialmente, en noviembre de 1959, con
Maurizio conte di Sassonia, en Adriana Lecouvreur, de Francesco Cilea,
con Magda Olivero, Giulietta Simionato y Bastianini, en dirección de Mario
Rossi. Al tanto, de nuevo colaboraciones con Callas, en Il pirata, de
Bellini, y una Fedora, de Giordano, histórica, en 1956, de la que al
parecer no hay grabación alguna de la función, y una serie de roles
definitivos (Canio, Ernani, Andrea Chénier) confirmarían su sitio dentro
del famoso teatro milanés, aunque sin haber obtenido aún la consagración
definitiva, que vendría con el rol titular de Poliuto, de Donizetti,
el 7 de diciembre de 1960, un acontecimiento en los anales de la Scala, y
que ahora es posible obtener, aparte de multiplicadas ediciones
“pirata”, en el sello discográfico para el que Corelli hizo sus más
importantes grabaciones. Además, durante esos “años de galera”,
nuestro tenor mostró apertura al abordar estilos vocales disímbolos, como
en Hércules y Giulio Cesar, de G. F. Haendel, e Ifigenia
en Aulide, de Gluck, y Agnese di Hohenstaufen, de Spontini,
“escollos” de los que salió airoso. El 27 de enero de 1961, en el sesenta
aniversario de la muerte de Giuseppe Verdi, hace, por fin, se debut en el
Metropolitan Opera House, como Manrico, en Il trovatore, fecha que
signaría también el retardado ingreso de Leontyne Price a los elencos del
célebre teatro neoyorkino. Fue una noche triunfal, que abrió un lapso de
reinado absoluto en el escenario del Met, y que se extendería hasta los
primeros años de la década siguiente. Mes y medio después encarna a Calaf,
en Turandot, de Puccini, al lado de Birgit Nilsson y de Anna Moffo,
en una serie de representaciones que llevaron la marca de la dirección
orquestal de Leopold Stokowsky, escenografía y decorados de Cecil Beaton,
así como las miradas escrutadoras de los críticos. Al año siguiente acude
al llamado de Herbert von Karajan para hacer Il trovatore en
Salzburgo, con Price, Bastianini y Simionato; mientras, en la Scala se le
monta una reposición, cortada y en italiano, de Les Huguenots, de
Meyerbeer, acontecimiento que ha sido uno de los “hits” de lo sellos
“pirata”, y que vino a descubrir ante el público de la época una
relectura de un clásico del siglo XIX en vestidura heroica y verista; las
audacias vocales de Corelli son ya históricas y su gran dueto, del acto
cuarto, con Simionato, ha sido considerado el punto climático de la ópera
grabada “en vivo”. Con todos los cosos líricos en su haber (el Bolshoi
siempre se le negó, lo que no dejó de ser una lástima, dados los
potenciales sonoros del tenor), el resto de la década de los años sesenta
fue la gran época de Franco Corelli, ya con el consenso de ser el primerísimo
tenor operístico del mundo, ante la creciente declinación de Del Monaco,
su más cercano “rival”, y el que Giuseppe di Stefano –tenor lírico,
aunque siempre atractivo para los aficionados- haya cortado de tajo su
estrella, a raíz de una muy prematura pérdida de cualidades vocales, hacia
la segunda mitad de los cincuenta; los otros tenores en la palestra (Carlo
Bergonzi, Richard Tucker), dentro de los repertorios de Corelli, no
representaban sombra alguna para el protagonismo spinto-heroico del
cantante de Ancona. Curiosamente, lo que no ha dejado de extrañar
a críticos por ya varias generaciones, Franco Corelli reunió un hecho insólito
en la historia de la ópera, dado que con una voz de fuerte catadura, un
centro denso y baritonal, una solidez en los agudos y un volumen fuera de
serie, al momento de superar los cuarenta años de edad, lejos de adentrarse
en terrenos más adecuados para su desenvolvimiento vocal, con óperas
densas como Otello, de Verdi, Samson et Dalila, de Saint-Saëns,
o el rol de Luigi, en Il tabarro, de Puccini, el tipo de papeles que
fue incorporando a su repertorio se ciñeron a terrenos líricos y
belcantistas, como Rodolfo, en La bohème, de Puccini, o Romeo, en Roméo
et Juliette, de Charles Gounod, en 1964; inclusive, en parte por motivos
mercadotécnicos, ya que no había un tenor lírico de gran prestigio en el
sello London, grabó Faust, de Gounod, en 1966, con resultados que
siempre han estado en el limbo de la polarización: para algunos aquello fue
una traición a la lírica francesa, y no sólo idiomáticamente; o la
primera ocasión en que Fausto tuvo un constituyente terrenal, de verdadero
héroe. Además, sus proverbiales nervios, que le configuraron todo un
cuadro de “pánico escénico”, ya empezaban a contrarrestar proyectos
fonográficos, como una Aida, dirigida por Karajan, y con Price, que
no pasó de sesiones iniciales, así como la suspensión de La forza del
destino, de Verdi, en 1964, para RCA, que a final de cuentas hizo
Richard Tucker; esta misma ópera estaba lista para ser grabada por EMI-Angel,
en 1969, pero de nuevo Corelli abandonó el proyecto, siendo reemplazado por
Carlo Bergonzi. Los testimonios ante el micrófono, en
estudio, de Corelli (aparte de una primera Aida completa, en 1956, en
Cetra, al igual que múltiples recitales de arias y de canciones de época
de Navidad) constituyen planteamientos de derroteros y paradigmas, en varios
títulos clave, difíciles de superar. Para empezar, su Manrico, de Il
trovatore, de Verdi, grabado a mediados de 1964 por EMI, un protagonismo
que raya en la efusión de un sonido imponente, brillante, al lado de un
timbre de gran belleza, no exento de toques emotivos; su Calaf, en Turandot,
con Nilsson, y la dirección de Francesco Mollinari-Pradelli, ha quedado
como la identidad del héroe, en voz y caracterología; tanto Pagliacci
como Cavalleria Rusticana, de Mascagni, impusieron parteaguas en
cuanto a cantar de frente y sin recovecos, verista, pero sin demérito en
calidad tímbrica y de línea de canto; Andrea Chénier, de Umberto
Giordano, grabada en 1963, representa una de las culminaciones de la carrera
de Corelli y, tal vez, el más grande Chénier del siglo XX, un rol que
siempre consideró como su favorito, de acuerdo con entrevistas ofrecidas en
diferentes épocas. Polémico fue su don José, de Carmen, de Bizet,
dirigida por Karajan, a raíz de no ceñirse a líneas vocales, en cuanto a
estilo, y al mismo peso de su torrente sonoro, amén de su característico
mal idioma francés. Con sus cada vez más frecuentes expresiones
de “pánico escénico”, evidencia de que se acercaba a los cincuenta años
de edad, una edad que es capital para cualquier cantante, que lo marcaron
como un especialista en cancelar a última hora –de hecho, Plácido
Domingo adelantró su debut en el Met, en 1968, por un repentino abandono de
la escena de Corelli-, se acercaba a los tiempos de recapitular su carrera y
el ¿qué es lo que sigue? Tras una fuerte actividad en Europa, en 1970, con
ese cenit que fue Don Carlo, de Verdi, en la Opera de Viena, Franco
Corelli sufre su primera y única derrota en escena, con Edgardo, en Lucia
di Lammermoor, de Donizetti, con una función y el primer acto de la
siguiente; mas se repone y hace de Werther, de Jules Massenet, un
triunfo, de nuevo, una voz de gran tonelaje en el corsé de la línea lírica.
Aficionados y críticos avistaron que por fin pudo haberse decidido por
abordar Otello, en la ópera verdiana, por causa de la interpretación,
magistral, del dúo “Gia nella note densa”, junto a Teresa Zylis-Gara,
en el concierto de despedida a Rudolf Bing, del 22 de abril de 1972, con
Karl Böhm en el foso, que fue grabado por Deutsche Grammophon Gesellschaft;
pero no, nunca se dio tal hecho. Los últimos tres o cuatro años de su
carrera estuvieron marcados por la reducción de funciones y de títulos;
para 1975 y 1976, año de su retiro, solamente interpretaba La bohème
y Roméo et Juliette. El 17 de mayo de 1974 visitó México, en una
suplencia a Renata Tebaldi, en un recital a piano en el, por entonces, cine
Metropolitan, ahora escenario multiusos, pues no hubo fecha para él en
Bellas Artes. Valga lo anterior como una apretada síntesis
de la personalidad vocal de Franco Corelli (hace algunos años salió el
libro Franco Corelli: A man, a voice, de Marina Boagno, que ha sido
deturpado por no brindar un retrato humano, a fondo e íntimo del célebre
tenor), una leyenda viviente, quien se ha dedicado a la docencia durante los
últimos quince años, como siempre, al margen de los oropeles de la vida pública,
y a quien de vez en cuando se le otorgan reconocimientos, como el Premio
Bellini d’Oro, en 1996, o el concierto-homenaje de diciembre de 1997, en
Viena, con José Cura, Vladimir Galouzine, Peter Seiffert y el contemporáneo
de Corelli, Nicolai Gedda. Para colmo de la paradoja, el nombre de Franco
Corelli ha sido mencionado recientemente, pero ligado a Andrea Bocelli, el
tenor ciego, quien tomó un master-class con el famoso tenor de
Ancona hace varios años. Una labor vigente es el encabezar el Concurso
Internacional Franco Corelli, como presidente del jurado, que desde hace dos
años se efectúa en Ancona y que en junio de este año 2000 tendrá su
tercera edición. Esperamos que esa “moda Corelli” de la que habla
Eduardo Lizalde, en sus emisiones televisivas, aporten algo para el
redescubrimiento de la valía de un artista de la talla de Franco Corelli. Francisco Arvizu Hugues |