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Todo un personaje

Hoy, noche de claque. Noche de ópera. Nuevamente me encontré con los demás "claqueros" y el resto de los asistentes. Desde el alto de la escalinata observo los que van llegando, hasta el momento en que se apagan las luces y entonces es cuando nos sentamos en los escalones. Cada uno tiene el suyo asignado y existe la costumbre de respetarlo. Claro está, siempre con el consentimiento de muestro amigo el "personaje". ¿Que hacer mientras tanto? Observar, es interesante y entretenido.
En la primera fila veo una chica veinteañera con su novio, que quizás por primera vez asisten a una ópera. Sus movimientos son lentos y desconfiados, posibles dudas sobre las costumbres. Ella en tono muy bajo y con timidez le ofrece unos caramelos. El ya habla con más energía y sus movimientos son más decididos, sus miradas más que inquisitivas, parecen decir "¿Que pasa tronco, nos has visto nunca gente como nosotros?" A su lado un señor mayor que acompaña sus gestos con el bastón en la mano. Es evidente que es un "habituè", lee tranquilamente su programa. Sus lentes casi sobre la punta de la nariz. No hace mucho caso de lo que ocurre a su alrededor. Mientras la veinteañera, mira todo con sus prismáticos alquilados, a derecha, izquierda, a la platea, los palcos, en fin, demuestra su inmensa curiosidad intentando asimilarlo todo, con admiración, extrañeza, alegría, comentarios que hace a su novio quien con dominio de la situación, escucha sin dejar de leer el programa.
El matrimonio de mediana edad, situados en la fila de atrás demuestran ser melómanos, al menos él, quien tiene en sus manos la partitura y que desde las primeras páginas comenta con su mujer. A su lado una pareja de extranjeros, ingleses o americanos, los que con todo desparpajo hablan en voz alta, él protestando con una cierta ironía, he creído entender sus exclamaciones, el programa estaba solo en italiano, ella con más desparpajo aún, quitándose los zapatos. El melómano de al lado le llama suavemente la atención. A mi derecha terminan de sentarse un joven sacerdote y a su lado dos personas mayores, supuestamente sus padres. La madre toda de negro, posible luto a usanza de los pueblos, el padre sin corbata, pañuelo al cuello y chaqueta y pantalón distintos. La timidez de este matrimonio es manifiesta, hablan muy bajito y mientras el padre mira alucinado por todas partes, atendiendo las explicaciones del joven cura, la madre apenas atina a mirar a su alrededor con mucho apocamiento, apabullada por el ruido de los que entran y hablan simultaneamente. El teatro está casi lleno.
Delante un señor con monocúlo, elegante y distinguido, posiblemente de otra época, con bastón de artística empuñadura, cabeza de léon. Con su binóculo enfocado hacia la serie de palcos, busca algo o a alguien, quizás recordando mejores tiempos. A su lado tres mujeres mayores, emperifolladas como en día de fiesta. La de la izquierda con traje demasiado juvenil para su aspecto, minifaldera, algo más que gordita, que tomó la palabra desde el primer momento sin soltarla aún. Para dirigirse a sus compañeras, da una media vuelta quedando de espaldas al señor del monóculo, pero sus movimientos de acuerdo a su volúmen tocan constantemente el hombro de su compañero de fila. Las tres primeras veces éste se apartó dignamente sin decir nada, pero a la cuarta, con la cabeza de león rozó el brazo de la señora haciéndole observaciones al respecto, que no pude oir desde lejos. Su cara demostraba molestia. La del medio, posiblemente la mayor, vestía traje oscuro de piés a cabeza como si se tratara de una gala especial. Su actitud era más bien la de escuchar que la de hablar. La tercera, la más alta de las tres, se dedicaba, como el del binóculo, a pasar lista a todo el teatro con curiosidad o buscando a alguien. Sus comentarios parecían más bien comparativos sobre la moda femenina, o la vestimenta en general, en función de sus gestos y ademanes.
Desde que aparecen los primeros espectadores veo subir y bajar las susodichas escalerillas a nuestro "personaje". Alto, enguantado como Al Johnson, aquel artista americano que se pintaba de negro, bien plantado pero con un poquito de tripa, mediana edad, su uniforme azul oscuro usado, pero de aspecto impecable, sacando pecho como si estuviera en el escenario representando a Radamés, luciendo botones dorados como recien lustrados y un cordón que partiendo del hombro le llega hasta el pecho. El presuntuoso "personaje", abre pomposamente el cortinaje y extendiendo su mano derecha indica el camino al espectador de turno. Impresiona de verdad a quien no lo conoce. Se asemeja más a un soldado de guardia en un monumento histórico. Gran dominio de sus movimientos estudiados, que acompaña siempre con la mano derecha extendida indicando el asiento, pero sin quitarla y mucho menos cerrarla. Su cara inexpresiva, cual si nada de lo que pasa le importara, posible escudo personal, cambia violentamente en el preciso momento que en su mano derecha no vea la ya acostumbrada moneda de cien liras. Sus facciones se endurecen, sus ojos duros y saltones despiden fuego, su boca esboza una mueca dura, dejando bien claro su sentir. Contrariamente, cuando vislumbra el brillo de la moneda adquiere un gesto casi cinematográfico, complemento de una sonrisa publicitaria de pasta dentífrica. Curioso personaje.
Su apellido es de por sí llamativo, Strambotolini. Más de uno de lo habituès, "patinan" y lo piensan antes de pronunciarlo. Y si se le hace alguna pregunta, su acento totalmente siciliano mezclado con algunas palabras romanas y algo de italiano, son el summun de la situación sainetera. Mientras tanto él no pierde su teatral postura y actitud. Respeta mucho nuestro puesto en la escalerilla, desde luego después de haber visto el brillo de la moneda. Y si uno le aclara estar informado de la prohibición de ocupar esos escalones, entonces es cuando esboza esa sonrisa de superioridad y sacando pecho nos dice "non ti preocupare, tutto é controlato". Con nosotros habla poco, detesta la ópera, pero ese trabajo le da de comer a sus seis hijos. No bien comienza el espectáculo y en medio de la oscuridad, es inútil encontrarlo, ha desaparecido.
Antes de que se apagaran totalmente las luces se "masticaba" algo en el ambiente. Un movimiento generalizado de gente que se movía y hablaba, unas veces con el de adelante, otras con el de atrás, otras con el de al lado, mucha curiosidad por nuestra parte y una pequeña espera, nos dio la pauta. Bien decía Aristóteles, "esperar es soñar despierto". Un espectador observando la ausencia de nuestro "personaje" y conociendo como "habitué" el sitio que le correspondía, queda petrificado, como clavado en el suelo, al encontrarlo ocupado. Y aquí es donde comienza para todos los demás el espectáculo. El ocupante abusivo es americano, no habla nada más que inglés, el italiano no habla más que italiano y comenzaron los gestos típicamente de película. Las manos iban y venían, subían y bajaban pero nadie se entendía. Hasta que el americano se le ocurrió dar dos fuertes palmadas a la columna que tenía a su derecha. Entonces fue cuando nos enteramos. Ese sector de la galería tiene una columna que tapa parciamente la visibilidad a una serie de asientos, concretamente el Nº 3, que va desde la primera fila hasta la séptima. Eso es de sobra conocido, pero en taquilla cuando las venden, lo hacen diciendo -visibilidad parcial-. Es evidente que el americano no se enteró. La discusión fue subiendo de tono y el americano comenzó con su "I now undestand", repetido hasta la saciedad. Fue en este momento que al italiano se le ocurrió pronunciar la palabra "police", quizás la única que sabía, a lo que el americano volvió a golpear la columna y se puso a mirar para otro lado.
El perjudicado sale como una flecha y no se le ocurre otra cosa más que llamar a nuestro "personaje" el que como descanso merecido, estaba fumando un cigarrillo fuera. Este, al que no le gustan los trabajos extras de lo que es su especialidad y obligación, entra pomposamente y creyendo que su autoridad sería respetada por el americano, le pide su billete y le enseña su sitio. El abusivo golpea nuevamente la columna y mira para otro lado. Strambotolini no se complica la vida y sale con la misma prestancia con la que entró, quizás pensaba que el menosprecio de la autoridad es el principio de la revolución. Se abre el cortinaje nuevamente y aparecen dos uniformes relucientes en lugar de uno, con sus botones dorados y cordón incluído. Era el ·"carabiniere" de guardia que acudió al llamado. Cuando el americano oyó la frase del policía "se non e sodisfatto vada in direzzione", parece ser que entendió la palabra "direzzione", por lo que se levantó entre palabras y gestos en su idioma y luego de dar otras dos palmadas a la pobre columna, salió disparado escalerilla hacia arriba. Fin del primer acto del sainete. La figura del pobre Strambotolini daba risa, porque se paseaba povoneándose, pecho afuera, las manos atrás entrecruzadas como quien dice "la autorità sono io".
Segundo acto del sainete. En el primer intervalo, el señor cura observa sus billetes y ve con sorpresa que le corresponde estar sentado dos filas adelante. Observo los movimientos de tres personas que se levantan y reclaman a los supuestos usurpadores. Ahora ya son seis los que se encuentran de pié pidiendo permiso para reubicarse. Esto no fue ningún problema entre los italianos, pero cuando el cambio de asientos tenían que informárselo a un extrangero, la cosa no era ya tan sencilla. Pasan dos o tres minutos y los que están de pié a la caza de su asiento, que componen todo el sector, con más o menos 50 personas, dan colorido a la tediosa espera del comienzo de la ópera. Sonrisas de varios tipos, manifestación de cabreo, también de varios tipos, asombro, perplejidad, hablar fuerte, movimientos nada ortodoxos porque el tercer aviso se está dando en ese momento. El señor de la partitura, muy educado pero con mucho genio, que también fue obligado a salir de su asiento, sube las escalerillas en busca de nuestro "personaje". Nuestro histriónico amigo entra con sus gestos muy estudiados y refleja en su cara el asombro. Unas treinta personas lo están esperando de pié. Las luces comienzan a apagarse. Strambotolini desapareció como por encanto. Pocos segundos y las protestas toman el aire de una rebelión. Aparece otro colega del anterior, el que ya con linterna en la mano velozmente puso orden en los asientos.
¿Que pasó con el "personaje" siciliano? ¿Un mal día? ¿Incapacidad? ¿Relajamiento? ¿Mediocridad? No, sencillamente desapareció exigiendo su sector habitual, que no era otro más que la parte opuesta de la galería y como se encontraba realizando una suplencia, acomodaba a la gente de memoria, confundiendo un sector con el otro. "Se fue, salió, escapó, forzó la huída" (Cicerón)


RECUERDOS DE UNA VIDA
Autor: Roberto Di Nóbile Terré