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Giuseppe Verdi (1813-1901) Un siglo en los oídos de la memoria

Albor de una centuria; esa imagen cantada que habló en la confluencia de la imagen y el tiempo, la cinematográfica: "Giuseppe Verdi è morto!... Giuseppe Verdi è morto!", a los minutos escasos de la narración de Novecento, de Bernardo Bertolucci, un campesino borracho, trasvestido como el bufón Rigoletto, exime una época y cae abatido por el dolor, dolor de una patria que había llegado a la modernidad política, por medio del Risorgimento, camino en el que el compositor de Un ballo in maschera tuvo mucho que ver. Ahí nació el siglo mediterráneo, con la muerte de Giuseppe Verdi (1813-1901), ese 27 de enero. Trasluz de una nación hermanada a un pueblo que cantó melodías, hizo suyas partituras y sintió un idioma como tránsito de unificación.
En la historia de la ópera, la figura de Giuseppe Verdi ha sido la de un parteaguas. Con otras épocas de la voz teatral, lírica, las languideces de las notas de Vicenzo Bellini, esporádicamente dueñas de una genialidad efusiva, exaltante, tuvieron el sonido humano a la idea y semejanzas de constituirse un medio y un fin: moría con el silencio. Además, el bel canto, como escuela y sonoridad, empezaba a tomar perfiles insólitos. El otro pasaje fue el de Gaetano Donizetti, bajo una pátina de romanticismo avistado, pero donde la voz cantada seguía intrínseca al adorno, la vocalidad y, también, a lo superfluo. Desde ahí se tiende a entender a Verdi, el nativo de Il Roncale. Se dice que el Conservatorio de Pesaro rechazó al joven aspirante, por no dominar la armonía. Su canto del cisne, Falstaff, culmina los silencios verdianos con una intrincada fuga, con un mensaje universal: "Tutto nel mondo è burla... e nato burlone!". El ciclo se cerró.
Pero, ¿quién es Giuseppe Verdi para un extenso sector de la población, dos o tres aficionados y la historia musical estricta? Un autor de una treintena de obras, periodos de aprendizaje al punto del abandono, y sobre todo, haber inaugurado el drama lírico italiano de la mitad del siglo XIX y apuntalador del teatro musical del naciente siglo, revestido de verismo, la corriente proseguidora del dramma per musica verdiano. Esa es otra historia. Una más, reescribible por cada estación productiva de Giuseppe Verdi. Acudamos al esquema:
Esos "años de galera", denominación universal, de los primero años, signados por el tributo al pretérito y a una vena no hallada, o sea, la melodía, eje del canto, rescoldo de Mozart, Rossini y Bellini. Oberto (1839), pieza inicial que apenas hasta hace unos años, con la "resementazición" de partituras "olvidadas", ha subido con relativa frecuencia a escena. Un giorno di regno (1840), infausta incursión en el género buffo. El primer llamado de las candilejas: Nabucco (1842), trasluz de la música verdiana transaparentada en las masas. Refrendo en I lombardi alla prima crociata (1843), recompuesta luego, en francés, como Jerusalem (1847), un sabio encuentro entre el drama y sentimiento, ahora todavía entorpecido por libretos mediocres y versos insulsos. Acude, como será la marca de casa posterior, al texto sancionado en Ernani (1844), sobre la pieza de Victor Hugo; esquema recitativo-aria-cabaletta de singular calidad musical, apunta ya la identidad verdiana. Con I due Foscari (1844), inicia esa predilección por asuntos complicados, tramas nada transparentes, y, sobre todo, en la conformación de las voces "verdianas", tenor y barítono. Vena que decae momentáneamente con Giovanna d'Arco (1845), débil traducción escénica del texto de Schiller, como antesala para un divertimiento apenas grabado hace unos años, Alzira (1845). Attila (1846) evidencia la línea directriz del drama personal en calidad de paradigma histórico, aunque sufre, en general, por la desigualdad musical. El primer contacto con William Shakespeare vino a través de la primera versión de Macbeth (1847; 1865, con un final distinto). De nuevo, Friedrich Schiller fue medianamente justo para la identidad del joven Verdi, con I masnadieri (1847), de la que se recuerda una brillante obertura -muy común en bandas de quiosco- y algunas arias aisladas. El espíritu romántico hace eclosión una vez más, ahora con Lord Byron: Il corsaro (1848), donde se continuó el perfil del héroe por antonomasia de Giuseppe Verdi, es decir, el tenor, que dio comienzo con el rol titular de Ernani. En esta obra, el manejo de los conjuntos adquiere un rasgo de creciente madurez, que se plasmará en su totalidad unos años después. La battaglia di Legnano (1849) fue más un vehículo de promoción política (guerra a Federico Barbarroja, en alusión a la defensa italiana contra el imperio austriaco) que de excelsitudes líricas. Con todo, se ha venido representando en años recientes, en Covent Garden,de Londres, así como en centros operísticos de Estados Unidos de América.
Cierran esta primera etapa de "años de aprendizaje" dos títulos disímbolos: Luisa Miller (1849), otra vez el motivo de Schiller, luego de Kabale und Liebe (Intriga y traición), una pequeña gran obra maestra, olvidada hasta hace unos decenios; y el fracaso total de Stiffelio (1850), un soporífero libreto lleno de personajes que entran y salen, además, con una resolución anticlimática: el pastor luterano del título aliviando con lecturas bíblicas la infidelidad de su esposa. El compositor se dio a la tarea de rehacer su pieza, con el nombre de Aroldo (1857), mas no mejoró sustancialmente.
Un pasaje intermedio, que podríamos denominar de "primera madurez", cubre obras como la "trilogía" Rigoletto (1851), Il trovatore (1853) y La traviata (1853). Ahora sí, el reconocimiento de la estatura de Giuseppe Verdi. Después, Las vísperas sicilianas (1855), Simon Boccanegra (1857, con revisión en 1881) y Un ballo in maschera (1859) culminan una etapa gloriosa y abren otra, donde la identidad verdiana no se discute: el drama en la voz y el texto; abandono del esquema recitativo-aria-cabaletta, que preludia un discurso musical continuo; los sub-textos cazados por los censores: ánimos en vestiduras elípticas, en el asunto de la matanza de franceses por nacionalistas sicilianos, un rey asesinado en escena, transportado a una Boston inverosímil, al igual que rupturas narrativas con prólogos escénicos, dobles personalidades, tanto como reconocimientos tardíos de filiaciones y heroísmos. Es decir, un melodrama repuntando en catadura heroica.
La maestría absoluta (se habla de la producción escénica) está concretada en las cinco óperas postreras: La forza del destino (1862, estrenada en San Petersburgo; edición "definitiva" en 1869), otra trama de sustento español; Don Carlos (1867, versión francesa en cinco actos; cuatro actos, en italiano, Don Carlo, 1884), o el discurso político que es personal, en grandilocuencia prestada de la Grand Opera a la Meyerbeer, con príncipes lánguidos, nobles entre dos reinos, el de la amistad y el de la lucha política, un Felipe II sesgado por el miedo al Gran inqusidor, ópera oscura, de tinieblas dramáticas; Aida (1871), obra por encargo, también en estreno francés, inmediatamente desechado, grandilocuencia íntima, por contradictoria que sea, en las apariencias; Otello (1887), con libreto genial de Arrigo Boito, e inspiración mayor absoluta, para terminar su producción operística también de la mano de Shakespeare: Falstaff (1893), crisol de acciones escénicas en continuidad sin freno, música al servicio del texto y la situación, un lenguaje musical insólito, complejo y chispeante (lo que no se había logrado en Un giorno di regno: la comedia en música), así como una orquesta -caso idéntico a Otello- protagonista, rica y con personaliad propia.
También se dio Verdi a la tarea de la música sin palabras, con su Cuarteto de cuerdas en mi menor (1873), y la obra coral sobre la base del texto litúrgico, con sus Quattro pezzi sacri (1898), y especialmente con su Requiem (1874), donde el drama lírico no deja de palpitar. Como figura pública -Giuseppe Verdi fue diputado-, el compromiso publicístico no le fue ajeno; ahí quedó para la posteridad su Inno della Nazioni (1862). En fin, un resbalón cualquiera lo da en la vida.
Lo imperecedero: Giuseppe Verdi en la memoria, en la tradición, en el sentimiento masivo, tanto como su sitio en la trivialización (usos y destrozos de algunas páginas) y en la ironía de los tiempos: un centenario de su muerte, el primero, al margen de voces "verdianas". Ya no existen en los escenarios los protagonismos de Leonard Warren, Carlo Bergonzi, Boris Christoff, Fedora Barbieri, Leontyne Price, Franco Corelli o Ettore Bastianini. Quedaron los simulacros. Nada más algunas batutas aisladas (tras la muerte de Giuseppe Patané y de Gianandrea Gavazzeni, dos grandes "a la antigüita"). Pero suficientes como para seguir gritando "¡Viva Verdi!". Y acuse a las remembranzas en las voces grabadas, hoy más vivas que nunca.

Francisco Arvizu Hugues