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| Una voz para Strauss Leonie Rysanek |
En 1978 la radio transmitió una Cavalleria Rusticana registrada en Mónaco: Turiddu era Plácido Domingo. La noticia en si no era sorprendente dado que entonces era uno de sus mejores personajes de su repertorio, pero Santuzza era Leonie Rysanek: eso si que sorprendió, y bastante. Sorpresa en sí no muy favorable, ya que los «sorprendidos» conocían bien su repertorio: Senta en Der fliegende Holländer y Sieglinde en Die Walküre de Wagner; Ariadne en Ariadne auf Naxos y su Emperatriz en Die Frau ohne Schatten de Strauss, pero lo que algunos no sabían era que seis años antes, a sus 46 años, la Rysanek había cantado su primera Medea de Cherubini, y justo un año antes, la Salome de Strauss. Así pues, después de las esporádicas, y por qué no, arriesgadas actuaciones de la Olivero, la Gencer y la Jones, ¿quién había osado asumir uno de los grandes personajes de la Callas y la Simionato?... Fue una voz wagneriana y straussinana la que asumió el reto. Especializada y educada según el uso germano, no por ello pretendía evitar la experimentación, la novedad, la investigación de otros repertorios cercanos y a la vez tan lejanos en tiempo y espacio,. Y, ¿por qué no?. Aunque de manera ocasional, ¿acaso la Flagstad no había cantado Alceste de Glück? ; ¿la Schwarzkopf no dio una lección magistral con su Alice Ford en Falstaff e incluso se arriesgó con Violetta en La Traviata de Verdi? ; ¿La Jurinac no convirtió a Elisabetta de Don Carlo en una de sus más memorables intervenciones? ; ¿quién dudo del arte de la Nilsson cuando se enfrentó a heroínas como Tosca y Minnie en La Fanciulla del West de Puccini?. Y sin embargo, es un hecho incontestable que en los teatros de todo el mundo eran Isolda o Fiordiligi, Brunilda o doña Elvira. No obstante, Leonie Rysanek, nacida en Viena el 14 de noviembre de 1926, había demostrado más de una vez su antipatía hacia los papeles mozartianos, pero Verdi y Puccini eran incluidos frecuentemente en su repertorio como justa alternativa estilística y vocal a Wagner y a Strauss. Debutó en 1949 en el papel de Agathe en Der Freischütz de Weber (antes que Elisabeth Grümmer inmortalizara el personaje en los años cincuenta), y ya en 1951 conforma una de las personificaciones más sensibles de la Sieglinde en Die Walküre, afortunadamente conservada, y que forma parte de una de sus primeras grabaciones: un recital, o mejor dicho, un acto III de Die Walküre grabado en Bayreuth bajo la dirección de Karajan. 1952 fue un año fecundo para la joven Leonie: Siegliende en el San Carlo de Nápoles, Arabella de Strauss en París, Le nozze di Figaro de Mozart en Aix-en-Provence, y debuts en teatros que después frecuentaría asiduamente como la Opera de Mónaco y la Opera de Viena. Cerca estaba ya su debut en la Scala. Este se produjo en 1954 en el papel de Crisotemis en la Elektra de Strauss. Y lo cantó, ¡vaya si lo cantó!. Pero con la particularidad que a continuación la Rysanek encarnó el papel protagonista con el mismo éxito y, por si esto no fuera poco, acto seguido abordó el rol de Klitemnestra con la misma rotundidad. Primero dos sopranos y luego una mezzo, tal y como realizó con Lohengrin, donde una lírica y neurótica Elsa se transforma en una Ortrud dramática, furibunda, terrenal e inoxidable. Quizás ahora sería el momento, en medio de su carrera, de intentar entender la índole, la entidad y la importancia de esta voz.Algunos cantantes tienen un repertorio variado y ecléctico porque son intérpretes particulares, superiores, deseosos de escapar de los esquemas impuestos por la naturaleza (o por la praxis escolástica): es el caso de la Callas, que unió Lucia con Tosca y Rosina con Medea, o de la Olivero, de la Crespin o de la Ludwig. Pero otros cantantes consiguen llegar al mismo fenómeno por dotes intrínsecas, gracias conocimientos vocales muy sólidos y seguros, que no toleran definiciones y clasificaciones. Es el caso de la Rysanek, que cuando canta como mezzosoprano ES una mezzosoprano, tanto por el color como por la amplitud. No hay término medio. Su voz es una voz llena, fuerte, redonda, maciza, reconocible por sus notas agudas radiantes, si bien sus particulares cualidades no siempre quedan tan bien plasmadas en las grabaciones como en el teatro donde su presencia escénica acompañaba cada una de las notas. Cierto que su voz no era dulce, como la de la Tebaldi, ni tersa como la de la Janowitz, o luminosa y acerada como la de la Nilsson, pero era perfecta en la continuidad sonora y tímbrica en toda la escala. Y si ya últimamente no tenía el encanto de sus inicios, su bellísimo timbre era siempre apreciable y, sobretodo, era capaz en caso de necesidad, de expresar violencia, aspereza y agresividad. Y estas cualidades humanas, tan bien definidas por la Rysanek en sus amadas heroínas straussianas, surten también el efecto deseado en otros papeles: por ejemplo en Lady Macbeth, en la Kundry de Parsifal, y en la propia Turandot de Puccini. Aunque su Amelia de Un ballo in maschera en el Metropolitan (1962) fue un tanto criticada por su rigidez en ciertos momentos a la Nilsson la acusaron de peores cosas en el mismo papel la Rysanek se involucró permanentemente en obras verdianas: en CD´s registrados (algunos en directo) se la puede escuchar en Aida, Abigaille, Elisabetta y Desdémona, a parte de su especialidad: Lady Macbeth. Con dicho papel la Rysanek borró del universo del Metropolitan de Nueva York a María Callas en 1959. El entusiasmo del público fue tal que la RCA se organizó para grabar la obra de inmediato (Rysanek, Warren, Bergonzi, Hines) bajo la batuta de Mitropoulos, pero éste sufrió una crisis cardiaca y hubo de ser sustituido por un Leindorf magistral y, aún en día, esta grabación es imprescindible para los que buscan la esencia misma del Verdi joven. En relación con dicha interpretación, Howard
Taubman escribió en su columna del The New York Times el 6 de febrero de 1959: De su triunfal etapa en el Metropolitan, es famosa su Senta de Der fliegende Holländer, con George London en el papel principal, bajo la dirección de Thomas Schippers, en la que un publico fuera de sí permaneció sentado durante todo un entreacto para aplaudir. Un ejemplo de la sensación que causó esta
representación la encontramos en la opinión de Miles Kastendieck en un artículo
publicado en el New York Journal American el 11 de enero de 1960: Posteriormente, encarnó a la Emperatriz en Die Frau ohne Schatten durante las semanas que siguieron a la inauguración del nuevo Metropolitan en el Lincoln Center, donde la Rysanek compartió cartel con Christa Ludwig, Irene Dalis, James King y Walter Berry, dirigidos por Karl Böhm, en una serie de representaciones memorables que convirtieron a más de un espectador en incondicional de Strauss. En alusión a una de estas representaciones de 1966,
el cronista Harold C. Schonberg escribió en The New York Times: El mismo cronista juzgaba así su Crisotemis en Elektra
junto a Birgit Nilsson el mismo año: A su repertorio tampoco falta Tosca, ni la Leonore de Beethoven, ni la Brunilda ni la Elisabeth de Wagner. Pero si de verdad se desea apreciar plenamente toda la virtud de esta voz fenomenal, se debe recurrir a Strauss del que incluso llegó a cantar la rara Die Ägyptische Helena contribuyendo así a su recuperación. Y si su Salome parece demasiado impetuosa, su grandiosa Mariscala de Rosenkavalier restablece el equilibrio con creces. Se podría decir mucho más, pero creo que aquí simplemente se puede decir ¡«Gracias Leonie»!. Gracias a una de las más grandes artistas de nuestro tiempo, fallecida hace un par de años, que ha hecho de cada una de sus representaciones un momento excepcional. De manera que se pueden pasar por alto de buen grado las raras ocasiones donde la voz no estaba en la mejor forma, y nombrar solamente las innumerables veladas que contarán ahora y siempre entre las experiencias operísticas más excepcionales que hemos disfrutado. Apuntes discográficos: Der Ring des Nibelungen
Der fliegende Holländer
Lohengrin
Elektra
Die Frau ohne Schatten
Macbeth
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