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| Amor en la vida de ADELAIDE SARACENI |
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La palabra amor, rodeó practicamente su vida. Amor por la música desde sus primeros años cuando como solista cantaba en el coro de la iglesia. Amor por el violín porque le dedicó ocho de sus juveniles años. Amor por el canto al dedicarle siete años de su vida para aprender de él todos sus secretos. Pocos escritos sobre su vida nos pueden orientar hacia su intimidad, ya que su vida profesional es más o menos conocida. Nació el 25 de Noviembre de 1895 de padres italianos, establecidos
en la ciudad de Rosario, en Argentina. Desde muy temprana edad tuvo
inclinación por el estudio del violín el que durante
ocho largos años ocupó su niñez. Apenas cumplidos los quince años viajó a Italia con su padre, el que quería comprobar si efectivamente las condiciones vocales de su hija eran tal cual se lo habían pronosticado en su ciudad natal. Desconozco las razones por las cuales su destino en Italia fue la ciudad de Pesaro, donde la maestra Edvige Ghibaudo, fue su ángel guardián durante siete años. Por ello manifestó en una ocasión: "Lo que he llegado a ser se lo debo a Ella, pués fue sensible, enseñándome no sólo una técnica sólida, sino también la disciplina". Sumamente interesante hubiera sido conocer sus pensamientos, podemos
adivinar su nerviosismo, también sus temores, propios de todo
estudiante de canto, nos gustaría conocer sus deseos y sus
esperanzas, imaginamos su seguridad disminuída con respecto
a sus estudios, como el acentuado valor para una prueba, cuando su
profesora le sugiere ir a Milán para realizar una audición.
Los estudios, es de suponer, habían dado sus resultados, aprendió
a respirar, sabía donde colocar los sonidos, su voz estaba
preparada para hacerse oir. Sabía interpretar con desenvoltura.
¿Pero lo estaba Ella para afrontar una audición? Ese
quizás, y sin quizás también, habrá sido
el más grande de sus temores. Por su cabeza habrán pasado
nada más que unos veintitrés años de recuerdos,
de esfuerzos, de fracasos y vuelta a empezar, hasta llegar al momento
de la verdad. Solo un aria para demostrar lo que saldría de
su garganta, "Qui la voce, de I Puritani". El sueño por el que había luchado tanto, se hacía realidad. A partir de ese momento fue aceptada y escriturada, la alegría la invadió por completo. Lo digo aun sin haberla conocido, porque yo también lo he vivido. Luego vienen los peros, todo aquello que se desconoce porque cuando se estudia no se piensa en otra cosa, debutar y se ignora por completo lo que pasa de telón para adentro. El público en general ignora los dramas que se desarrollan detrás del telón. Las campañas entre artistas de ambos sexos.. Ignoran las zalamerías que deben utilizar los empresarios para satisfacer las vanidades de los que ya tienen un nombre, como las exigencias para con los novatos. Es imprescindible tener esa psicología "casera" que le permita nadar entre aguas a veces turbulentas. Como me dijo una vez un periodista, "Para darse una idea de las tragedias del teatro por dentro, es menester haber visto de cerca el alma del artista". Todo es posible pasara por la cabeza de Adelaide cuando se dirigía hacia Milán. El resto de la historia es ya conocida por todos. Brillante debut como Rosina del Barbiere di Siviglia en el Teatro Municipal de Lugo, Ravenna, Italia, el 30 de Abril de 1919. Adelaide Saraceni, como otras similares, "concibieron el canto como lirismo, como dimensión poética, veteada de nostalgias sognantes, de dorados encantamientos" dice Angelo Sguerzi, en su libro "Le stirpe canore". No tiene ningún desperdicio recordar algunas de las palabras
que Rasponi le dedica en su libro "The last primadonnas",
donde realiza una definición de Adelaide, después de
haberla oído personalmente en el "Maggio Musicale Fiorentino",
clara, profunda, sincera, artística, "Adelaide Saraceni
fue una de las figuras más aristocráticas que hayan
agraciado el teatro lírico italiano. Se movía en escena
con infinito encanto, sus rasgos delicados fortalecidos por una nariz
aquilina de gran distinción. Cantaba con la Siempre estuvo rodeada de amor, aunque sin perder su genio y su carácter, en todas sus palabras se sentía el amor.Basta oir sus comentarios sobre los que fueron sus compañeros, desde el principio hasta el fin sus recuerdos son cariñosos. Volvamos a la entrevista que relata Rasponi en su libro: "Hablando de tenores, nunca hubo un colega más agradable y menos egoista que Beniamino Gigli. En la noche inaugural de Manón Lescaut, enloquecida de miedo, salí al escenario en un estado de terror, la había aprendido con el Mº Tulio Serafín en el mismo barco, ya que la que tenía que cantar era la otra Manón, la de Massenet y la dirección del teatro Colón de Buenos Aires la había sustituído. En el segundo acto estaba tan encantada con el canto de Gigli, que me olvidé de todo, a tal punto que me susurró al oído "Eh, idiota, es tu turno..." Me había ipnotizado de tal modo que el pánico escénico me había abandonado. Al salir a saludar al final del segundo acto, el público rugió su aprobación, y antes de que me diera cuenta de lo que ocurría, Gigli me empujó hacia adelante, mientras él abandonaba el escenario. Luego entre bastidores le pregunté porqué había hecho eso y me respondió Te mereces todas las llamadas a saludar solita, y quise demostrarte que el público estaba impresionado por tus propios méritos Bueno, así era él. Y en cada ocasión de las muchas que canté con él, siempre resultaba ser el colega más adorable posible". Del barítono Carlo Galeffi dice: "El Rigoletto de Galeffi era el más soberbiamente cantado, recuerdo la electricidad en el aire cuando la canté con él en La Scala". Y en el Costanzi de Roma quedé sorprendida de que Galeffi, el Don, que tenía la más verdiana de todas las voces de barítono, pudiese reducir su enorme instrumento y ser un verdadero mozartiano". Y del mismo modo habla de todas sus colegas, admitiendo la competencia, con admiración, con mucha honradez en sus palabras, resaltando siempre sus virtudes, nunca empleando comparaciones y menos aún comentarios negativos. De Tito Schipa comenta, "En La Scala tuve todo tipo de momentos
memorables. Canté una larga serie de "L'Elisir d'amore",
con Schipa, cuyo Nemorino era literalmente irresistible". Su bondad era manifiesta pero también sabía llamar al pan, pan y al vino, vino. Como manifiesta la periodista Valeria Pedemonte, en un artículo de la revista "L'Opera" Nº 90, de Septiembre de 1995, basado sobre una entrevista, "era orgullosa profesionalmente y una fiera indómita". La misma periodista nos apunta algunas anécdotas que demuestran su carácter, es la Saraceni quien habla, "en cierta ocasión, un maestro del que no quiero dar el nombre, no me daba los tiempos justos, y al terminar el primer acto lo apostrofé diciéndole Maestro le ruego que esté conmigo, porque Ud. al público le da la espalda, pero yo doy la cara". Otro ejemplo de su carácter fue el que demostró ante una pregunta de Valeria Pedemonte, "¿Conoció Ud. a Benito Mussolini?" "Sí,- contestó- vino a felicitarme al camerino. Hoy nadie tiene el coraje de admitir la admiración por este hombre de estado. Bueno, yo tengo casi cien años y el coraje lo tengo". No puedo admitir que la cronología de sus actuaciones sea completa, por el tiempo transcurrido siempre desaparece algo de documentación, pero la cantidad de ciudades visitadas en su carrera, demuestran una actividad incansable. Lo mismo podemos decir de su repertorio, ya que no sólo se dedicó a las tradicionales óperas para su voz, cantó algunas que no lo eran y otras como "Le nozze di Figaro", y "Don Giovanni", de Mozart, "La campana sommersa", de Respighi, "La vedova scaltra", de Wolf-Ferrari, "Falstaff", de Verdi, "La cena delle beffe", de Giordano, "Il Diavolo nel campanile", de Lualdi, "L'uomo che ride" y "María Magdala", de Pedrollo, "I Capuleti e I Montecchi", de Bellini. El amor vuelve a manifestarse en la vida de Adelaide Saraceni, grande,
profundo, honesto, incluyendo sus sinónimos de cariño
y afecto. Ella misma lo relata a Rasponi cuando fue entrevistada,
"Nunca me casé respondió a la pregunta pertinenete
pero amé intensamente a un hombre durante cuarenta y
siete años. Tenía mujer e hijos, y yo respetaba tanto
su familia que nunca habría aceptado que la abandonara. De
modo que no tenía salida. A veces la vida es así. Uno
está atrapado y tiene que hacer lo que mejor pueda. Murió
hace cuatro años y pronto lo siguió su esposa. Para
mí nunca fue un pecado, porque cuando se ama de esa manera,
uno se transfigura. Su hijo lo entendió tan bien, que cuando
este año no aparecí en el cementerio en el aniversario
de su muerte con mis brazos llenos de flores, me telefoneó
para ver que había ocurrido y parecía muy preocupado.
Le expliqué que estaba con fiebre y en cama y no había
podido viajar". La siguiente definición del amor, es de San Agustín: "Ama y haz lo que quieras; si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Como esté dentro de tí la raíz del amor, ninguna otra cosa sino el bien podrá salir de tal raíz".
Roberto
Di Nóbile Terré |