|
|
| María Callas: el mito de una voz |
|
Nació en Nueva York, en 1923, el 2 de diciembre (Bruno Tosi,
director de la Asociación Internacional María Callas
de Venecia y curador de la muestra de vestuarios y enseres de la cantante,
inaugurada en esta misma semana en el Museo del Palacio de Bellas
Artes, dio a conocer el facsímil del acta de nacimiento, con
lo que se despejan dudas, entre si fue el 3 ó el 4 de ese mes),
de ancestros griegos; su vocación, un lugar común: ser
la Soprano del siglo, o la Divina. Es decir, un mito. Y una fecha
más reciente, 16 de septiembre de 1977: muerte solitaria en
su departamento parisino. Fue un acontecimiento público, María Callas; sigue
a la palestra. Cuando luminarias y figuras del canto operístico
cuentan con limitadas biografías y estudios, la bibliografía
sobre la soprano grecoestadounidense se agiganta día con día,
con estudios profesionales, testimonios cercanos y plenos en sentimentalismo,
nada descartables, por cierto, como la recopilación comentada
que hizo su exmarido veronés, Giovanni Battista Menneghini,
como respuesta a los infundios de la destajista Arianna Stassinoupulos,
autora de un comentado best-seller sobre la soprano, al igual que
recopilaciones boyantes en la "literalidad" de un gesto
imparcial, como la biografía en ascensiones artísticas
de John Ardoin, El arte y la vida, y el peculiar homenaje del, por
entonces, joven admirador Sergio Segalini, Callas Imágenes
de una voz. En fin, los mitos deben reproducirse para conservarse.
Además, testimonios con vida se hallan al alcance de la mano,
como sus recitales en Hamburgo y en París, de 1959 y de 1964,
respectivamente, depurados ahora con técnicas "digitales".
Y no se digan grabaciones, oficiales, de estudio, así como
las "pirata", notable vertedero de joyas irrepetibles, al
lado de descalabros y tristes noches de ocaso. ¿Cómo era la voz de María Callas? Para empezar,
nada bella. Claro, estamos hablando en los referentes y parámetros
de la voz plenamente asumida en cuanto a extensión, timbre,
volumen y musicalidad. Lo cierto es que en Callas la valoración
sufre un vuelco: la fealdad de su timbre constituyó su mayor
virtud, aparte de un registro alto que sufrió casi siempre,
por debilidades y notas inconstantes, sobre todos las situadas entre
el re bemol y el mi bemol, por cierto, la nota no escrita en la "escena
triunfal" de Aida, de Verdi, con el que el público de
la Ciudad de México asumió locuras, en funciones de
1950 y 1951. Aunque, esa es otra historia. Tenemos con María
Callas un ejemplo de profesionalismo (se sabe que no "marcaba"
en ensayos, sino que cantaba en voz plena, lo que la hacía
caer en enemistades y obvios cuchicheos, que fueron vía para
un sector mítico sobre su arrogancia y temperamento) junto
a situaciones que desbordaron los terrenos de la escena lírica,
y ser nota sensacionalista. Un reclamo legal en Chicago, en 1956,
con entreacto furioso de una Madama Butterfly, con Di Stefano, y lo
más sonado: la interrupción de una Norma, el 1 de enero
de 1958, tras alegar estado de salud insatisfactorio, en Roma. Existe
grabación del hecho, de donde se colige la certeza de un malestar
físico de la cantante. ¿Ha sido la más grande soprano? Claro que no. Rodolfo
Celleti, tal vez el especialista en voces más autrorizado,
siempre ha disentido ante ello: "El timbre de la voz de la Callas,
considerado puramente como sonido, era esencialmente feo; era débil,
lo que daba la impresión de sequedad, aridez. Le faltaban esos
elementos que se describen como aterciopelados o barnizados. En compensación,
su timbre era incisivo; diría que ese filo metálico
en su voz ocupó el lugar del barniz. Más aún,
su voz era penetrante". Palabras de Celletti, en la traducción
de un debate radiofónico de 1969, con otros declarantes, como
Gianandrea Gavazzenni, Visconti y Fedele D'Amico, y publicado en la
revista Opera, septiembre-octubre de 1970. Por demás, Rodolfo
Celletti asume, como otros críticos, la "imperfección"
de la técnica vocal de Callas, lo que redundó, junto
a posible desgastes físicos y emotivos, en un declive acelerado
y temprano de sus facultades. El arte de María Callas, influencia sin las que no podrían explicarse las lecturas belcantistas y asumisiones interpretativas de Montserrat Caballé y Joan Sutherland, para hablar de dos muy distinguibles "herederas", fue más allá de esa voz -con sus defectos y virtudes-; no, las respuestas adquieren, por necesidad, la categoría de parteaguas. El nombre por excelencia, sinónimo de un espectáculo donde la voz y el gesto histriónico alcanzaron cimas hoy desvanecidas. Y también los rostros sonoros, coincidentes en drama latente, de Floria Tosca, de Violetta, y de Norma, la druida; junto a la terrenalidad de Carmen, un histrionismo exclusivo del disco, la perversión de Lady Macbeth, por una joven María Callas, y el drama belcantístico redescubierto, el de Anna Bolena y de Amina, en La sonámbula, de Bellini, sin olvidar a Lucia di Lammermoor, de Donizetti. Los registros de una voz inmortal por la integridad de un arte abierto a la polémica y al deleite, nunca al olvido.
Francisco
Arvizu Hugues
|